Existen millones de planetas desconocidos en el Universo, pero sólo uno ha sido olvidado. El planeta azul, el planeta mutante, el tercero en el Sistema Solar, el más denso, el único que parece albergar vida, ha caído en el olvido. A pesar del aprecio de muchas culturas por la madre Tierra y el respeto que le profesamos la mayoría de los humanos a título individual, no lo tenemos presente cuando llegan los momentos clave. Las prioridades son otras y las discrepancias entre regiones y países se vuelven insalvables cuando la crisis del actual sistema económico arrecia.
La conferencia de Durban (COP 17, Sudáfrica) sobre cambio climático reunió a mas de 10.000 profesionales y expertos, incluyendo diplomáticos, ministros, científicos, técnicos administrativos, abogados y miembros de ONGs, de un total de 194 países. Todos llegaron bien informados de las consecuencias de un clima globalmente diferente, consecuencias que ya se están experimentando y que algunos países y regiones menos favorecidas sufren de manera muy especial. Hace no mucho, el primer ministro británico David Cameron proclamaba que debíamos apoyar una nueva revolución verde y rescatar el problema del cambio climático de las manos de los pesimistas; y para dar un toque aun más heroico a sus palabras, las dijo atravesando un glaciar con un grupo de hermosos perros de trineo. Sin embargo, las negociaciones se llenaron de pequeñas preocupaciones por lo cotidiano, olvidando el marco global que había juntado allí a todos esos miles de personas.
En 1997 el protocolo de Kioto implicó que los países desarrollados disminuyeran en un 5% las emisiones globales para 2012 en comparación con los niveles de 1990. Tras todos estos años, el plazo se acaba; de hecho termina en dos semanas. Lejos de disminuir, las emisiones han subido mas de un 6%. Nos encontramos ante unos niveles de gases de efecto invernadero muy superiores al peor de los escenarios que barajaban los expertos del clima hace cuatro años cuando se plantearon posibles escenarios climáticos para este siglo en el último informe del panel IPCC. En 2001 el presidente de Estados Unidos George W. Bush rechazó ratificar Kioto argumentando que no había limitaciones para las emisiones de países emergentes como China o India, lo cual era cierto. Pero este argumento reveló la miopía de los dirigentes en cuestiones ambientales, que como niños pequeños no hacen algo si el otro no lo hace también… ¿miopía o intereses distintos? Quizá Bush, como ahora los políticos que influyeron en el desarrollo de la reunión de Durban, tuviera en mente otras cuestiones y había olvidado el planeta en el que vive.
Haciendo inventario y procurando no ser muy pesimista, la conferencia de Durban ha permitido avances en la definición de los niveles de referencia de las emisiones y en cómo medir las reducciones de emisiones, particularmente aquellas derivadas de iniciativas verdes como las forestales. La conferencia ha resultado en unas débiles salvaguardias sociales y ambientales del programa pero no ha dado lugar a ningún acuerdo o progreso en aspectos de financiación a largo plazo del programa ni en compromisos concretos a corto plazo sobre las emisiones. Si no se es capaz de recordar las amenazas que existen sobre el planeta en el que vivimos y lo único que recordamos es la factura del gas o del seguro del coche, entonces ¿ por qué nos gastamos millones de euros en megareuniones como las COPs, que, además, generan importantes emisiones adicionales de CO2 relacionadas con el transporte de todos eso miles de personas hasta la sede? Si lo que se trata es de recortar gastos podemos empezar a recortar en el paripé medioambiental. Quiero pensar que todo ese gasto de tiempo y dinero genera al menos cierta conciencia general de que el cambio climático es algo importante. Pero no puedo evitar pensar que para ese viaje no hacían falta estas alforjas.
La reunión de Durban, la COP 17, no progresa, algo que estamos acostumbrados a oír en todas las negociaciones internacionales de los últimos años que pretenden alcanzar acuerdos para atenuar el cambio climático. A medida que la postura de Europa se debilita, las posibilidades de alcanzar un acuerdo vinculante que limite las emisiones de gases con efecto invernadero se vuelven más remotas. Lo único que parece alcanzable es posponer acuerdos para 2015 (y no para 2020 como se planteaba inicialmente) y encontrar formas de ayudar a los países más vulnerables y necesitados con fondos verdes.
Se alude a la actual crisis económica como explicación de por qué los dirigentes no se atrevan a comprometer reducciones en las emisiones de CO2. Y a todos nos parece razonable que se establezcan prioridades y que lo primero sea atajar el problema monetario y financiero que nos agobia. Sin embargo, resolver la economía sin tener en cuenta el marco ambiental en general y la crisis climática en particular es como intentar explicar los movimientos de la Tierra alrededor del Sol y de sí misma sin tener en cuenta los demás elementos del Sistema Solar. Esta limitación colectiva a la hora de identificar las conexiones entre lo que ocurre en materia económica y nuestra actitud ante el medio ambiente, no por comprensible deja de tener consecuencias menos funestas. Aún en el supuesto de que sorteemos esta crisis con bajas moderadas en lo que concierne a las economías nacionales y regionales, lo habríamos conseguido aumentado la brecha que nos separa de un modelo económico ambientalmente sostenible. El Reino Unido parece haber comprendido esta conexión ya que en medio del escenario general de recortes ha gastado más de 600 millones de libras esterlinas en convencer a otros países para que se tomen el cambio climático en serio. No será casualidad que el informe Stern, aquel que nos muestra el gran coste económico de no hacer nada ante el cambio climático, se haya gestado en ese país.
Los políticos responden a lo que perciben como prioridades para los ciudadanos que los votan. No obstante, los políticos juegan un importante papel a la hora de influir en esas prioridades. En este juego de interacciones entre políticos y ciudadanos, no todo es juego limpio. Los ciudadanos se muestran preocupados por el medio ambiente, la cultura y el arte, pero en realidad se mueven más por cuestiones económicas y de seguridad, mandando un mensaje dual y a veces esquizofrénico a sus dirigentes. Los políticos por su parte o bien promueven informes científicos sobre cuestiones estratégicas o bien ahondan en las incertidumbres y el debate científico para tener luz verde en algunos de sus proyectos más conflictivos. Con el cambio climático este juego sucio por ambas partes es particularmente evidente, aunque quizá es más explícito en la clase política. Tal como muestran Doran y Zimmerman (2009), hay un acuerdo científico casi unánime sobre las cuatro claves del cambio climático (es real, tiene un origen humano, es grave y tiene solución), pero el reducido número de escépticos es empleado con habilidad por los políticos para transmitir el mensaje erróneo de que no hay acuerdo entre los científicos. En un reciente estudio realizado en EEUU y publicado en Nature Climate Change, Ding y colaboradores muestran que dado que más de un 20% de la población norteamericana es incapaz de leer y entender noticias científicas, amplios sectores del electorado son muy influenciables y no basan sus opiniones y decisiones en datos o información sino en percepciones. La administración Bush fue muy eficaz en propagar la idea de que no hay acuerdo entre los científicos del clima y el resultado hoy es que hay mucha gente que cree que ese acuerdo no existe. El trabajo muestra además que esta percepción influye profundamente en las prioridades que deben aplicarse con el dinero público y como consecuencia hay poco apoyo a políticas climáticas. No será casualidad que los principales problemas para alcanzar acuerdos en Durban los hayan generado los representantes de ese país.
El enfoque del problema del cambio global por la sociedad de nuestros días es similar a la situación de unos niños pequeños que juegan al escondite en una casa llena de enchufes e interruptores. Si no vemos las conexiones y seguimos jugando a crear una sociedad del bienestar sin más leyes que la oferta y la demanda de los mercados corremos el riesgo de electrocutarnos.
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Los artículos citados son:
Doran, P. T. & Zimmerman, M. K. 2009. Examining the scientific consensus on climate change. EOS Trans.AGU 90, http://dx.doi.org./10.1029/2009EO030002
Ding Ding, EdwardW. Maibach, Xiaoquan Zha, Connie Roser-Renouf & Anthony Leiserowit. 2011. Support for climate policy and societal action are linked to perceptions about scientific agreement. Nature Climate Change 1: 462–466. doi:10.1038/nclimate1295
La historia del ser humano es la de la lucha por dominar la naturaleza, protegerse de las inclemencias del tiempo, domesticar animales y plantas, y controlar la fuerza de los ríos y los mares. Cada año que pasa aumenta el potencial de nuestra especie en este sentido y se baten records que dejarían atónitos a nuestros antepasados no tan lejanos. Hazañas como la generación artificial de nieve no ya con cañones sino alterando las propias nubes, algo que China ha realizado varias veces, eran impensables hace apenas unas pocas décadas. Pero también eran impensables las consecuencias, y, hasta cierto, punto aun lo son. La era de enorgullecerse de nuestra capacidad de someter la naturaleza a nuestros designios está llegando a su fin. Comienza a predominar el respeto y la apreciación por la naturaleza a la vez que crece nuestra comprensión del impacto ambiental de nuestras actividades.
En la actualidad, las emisiones humanas superan a las de los volcanes, generando en cuatro días la misma cantidad de dióxido de carbono que los volcanes generan durante todo un año. Todavía sobrecogen las espectaculares imágenes del volcán chileno Puyehue expulsando magma y vertiendo toneladas de cenizas que cubrieron extensas regiones de bosque lluvioso valdiviano, que cruzaron los Andes y llegaron a afectar el tráfico aéreo de la ciudad de Buenos Aires, a cientos de kilómetros al noreste del volcán. Cuesta creer que nuestras actividades cotidianas superen estos fenómenos naturales, pero los cálculos no dejan ninguna duda. Lo triste es que estas emisiones antropogénicas de gases a la atmósfera no tienen ningún fin en si mismas, son el resultado no deseado de nuestro estilo de vida; y es triste, porque estas emisiones no son voluntarias y tienen consecuencias no deseables para el balance energético del planeta y en definitiva para nuestra propia calidad de vida.
La construcción de las pirámides de Egipto o de la ciudad de Londres implicaron el movimiento de ingentes cantidades de materiales, que supusieron una fracción pequeña pero apreciable de los movimientos globales de materiales en el planeta. En la actualidad, el movimiento de tierra por actividades humanas supera al movimiento de tierra por agentes naturales. Lo triste es que la mayor parte de estos movimientos antropogénicos de tierra son involuntarios y tienen consecuencias negativas: mientras los movimientos intencionados suponen menos de 40 gigatoneladas de tierra al año, los movimientos no intencionados, derivados sobre todo de malas prácticas agrarias que derivan en erosión, superan las 80 gigatoneladas de tierra al año, tal como calculó Hooke en el año 2000.
Superar a la naturaleza ya no es ningún desafío. Nos hemos demostrado a nosotros mismos que somos capaces de hacerlo, podemos relajar esta obsesión ancestral. El desafío ahora es controlar este creciente poder de alterar el planeta y canalizarlo de forma que no perjudique procesos naturales clave y comprometa nuestro bienestar.
A pesar del origen presuntamente sabanoide de la especie Homo sapiens, los bosques gustan, asombran y entusiasman a personas de todas las edades, culturas y países. Pero, además, los bosques cumplen un número amplio de funciones y brindan abundantes servicios que son cada vez más demandados por la sociedad. Uno de estos servicios es la captura del CO2 atmosférico, un gas que la quema de combustibles fósiles pone en circulación a gran velocidad. Durante varias décadas en los albores del protocolo de Kyoto se pensó que los bosques podrían expiar nuestros pecados consumistas capturando ese CO2 que somos incapaces de mantener a raya. Numerosos trabajos mostraron que los bosques cumplían esa función de sumidero de carbono pero que no llegaban a compensar el rápido incremento de CO2 en la atmósfera. Además, eventos como incendios o sequías intensas han hecho del sumidero terrestre de carbono algo muy fluctuante de año en año, con situaciones muy llamativas como la del año 2003: en este año la ola de calor en el hemisferio norte, particularmente en Europa, supuso la mayor crisis de productividad anual del planeta (y por tanto de captura de CO2 por la vegetación terrestre mundial) durante el último siglo.
Los bosques siguen fijando carbono, y resulta intrigante que hasta los bosques más maduros y estables durante siglos, como los bosques amazónicos, continúan funcionando como sumideros netos del carbono atmosférico. Según el conocimiento clásico, si los bosques están en equilibrio, y llevan así mucho tiempo, deberían tener un stock de carbono constante de forma que las ganancias de carbono por fotosíntesis se compensaran con las pérdidas por respiración. Pero no es así. Incluso los bosques más maduros y estables muestran un desbalance en el que las ganancias predominan sobre las pérdidas o emisiones de CO2 y el stock de carbono continúa aumentando. Entender cómo es posible este desbalance es crucial no sólo para hacer buenos cálculos hoy, sino para estimar si esa función de captura de CO2 la seguirán haciendo en el futuro, bajo condiciones ambientales diferentes. Si bien la evidencia experimental no es completa, y menos aún para todos los tipos de bosques del mundo, las revisiones de los resultados principales de varios proyectos de investigación internacionales muestran que, para nuestra tranquilidad, la producción neta de los ecosistemas forestales continuará siendo positiva e incluso aumentando ligeramente a lo largo de este siglo. No se comprenden bien los procesos implicados, pero por ejemplo en zonas boreales se ve que el calentamiento afecta poco a la liberación de CO2 en los suelos por respiración de microorganismos y raíces mientras que hace aumentar la ganancia de carbono por fotosíntesis en los árboles, explicando este desbalance al menos en parte.
Ante la abundancia de malas noticias en relación al cambio global, el que los bosques sean capaces de mantener e incluso aumentar su función de sumidero de carbono en escenarios climáticos futuros es todo un alivio. Pero recordemos que esta función de los bosques no compensa ni mucho menos las crecientes emisiones. Aunque cubriéramos el 100% de la superficie terrestre de árboles no compensaríamos completamente el carbono emitido por nuestras actividades industriales y de transporte; y no parece que vayamos cubrir el planeta entero de bosques precisamente ya que más bien están desapareciendo y, sobre todo en varias zonas tropicales importantes, a gran velocidad. Debemos tener en cuenta, además, que a los bosques les pedimos muchas cosas y todas a la vez. Les pedimos que sean buenos sumideros de carbono, pero también que regulen el ciclo hidrológico, atenuando riadas y dando buen agua para beber y regar; que sean refugio de muchas especies de flora y fauna, sobre todo de aquellas amenazadas o emblemáticas, y que sean asimismo espacios recreativos de calidad. Si recordamos que los bosques mas productivos, y por tanto más capaces de fijar carbono y actuar como buenos sumideros, no son los que albergan mayor biodiversidad ni los más apreciados para actividades recreativas, quizá estemos pidiéndole peras al olmo en el caso de los bosques y el cambio climático. No es tanto que este olmo no pueda dar peras, sino que no las da todo lo grandes, variadas y apetecibles que nos gustaría.
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Mas información en: Freer-Smith, P. Broadmeadow, M.S.J. & Lynch, J.M. 2009. Forestry and Climate change. CABI. Cromwell Press Group, Trowbridge, UK.
En la actual situación de crisis económica, no sólo gobiernos y hogares se aprietan el cinturón. La financiación de la ciencia y del arte, algo que muchos perciben como superfluo, está siendo menguada, tal como se ha hecho en todas las crisis económicas de la era contemporánea. Los recortes se dejan notar en todos los frentes: cuantía y número de proyectos, número de becas y contratos para hacer tesis doctorales y hasta centros de investigación que se cierran o se dejan sin presupuesto. El CSIC ha cerrado o reagrupado varios institutos para ahorrar y ha recortado el presupuesto de todos sus centros, pero quizá uno de los casos más preocupantes ha sido el del Centro de Investigación Príncipe Felipe (CIPF) de Valencia, donde su investigación de calidad en biomedicina se ve amenazada por un expediente de regulación de empleo (ERE) que deja en la calle a mas de 100 personas, cerrando 16 laboratorios y 14 líneas de investigación, así como por la reducción de entre un 30 y un 60% de los salarios de aquellos que no se vayan a la calle. Estas medidas tan drásticas no cuentan con precedentes en la historia de España y, lo que es más preocupante, son inéditas en el marco general de los países desarrollados. Países como Japón, Alemania o EEUU siempre han mantenido e incluso fortalecido su investigación en tiempos de crisis, y precisamente por eso son países fuertes e influyentes y no al revés: un país es rico porque investiga, no investiga porque es rico. Pero esto es lo que hay. Recortes en ciencia. Lo tomas o lo dejas. Así las cosas, los científicos que logramos ir sobreviviendo en nuestros puestos podemos perder el tiempo lamentándonos o bien aguzar el ingenio y buscar alternativas que permitan mantener activas ciertas líneas clave, al menos en parte.
La investigación del cambio global requiere series temporales largas y datos precisos con frecuencia apoyados en instrumentación compleja y, en general, obtenidos de forma simultánea en muchos lugares. En principio estas son condiciones clave para realizar una investigación rigurosa que nos permita entender qué cambios ambientales están ocurriendo y qué impactos tienen. Pero asegurar estas condiciones cuesta bastante dinero. Sin embargo, la ciencia del cambio global tiene otro ingrediente importante, la coordinación de grupos de investigación y la integración de datos procedentes de diversos puntos de observación. Y este ingrediente puede resolverse de forma económica, eso sí, con dosis extra de creatividad. Graham y colaboradores publicaron en 2010 una idea interesante en la prestigiosa revista Global Change Biology. Los autores muestran como el uso de cámaras de video públicas conectadas a internet puede emplearse como un potente sistema de monitorización del cambio global. Graham y colaboradores emplean estas cámaras para estudiar la fenología de las plantas, es decir, el estado de desarrollo de la vegetación a lo largo de los días y las estaciones del año. Con este tipo de estudios se puede cuantificar qué especies y en qué medida adelantan la producción de hojas, flores o frutos y extienden su periodo de crecimiento en respuesta al calentamiento global de la atmósfera. Las imágenes de estas cámaras tienen menos precisión que las monitorizaciones manuales en las que científicos u observadores se desplazan a los lugares de estudio, pero tienen un potencial mucho mayor al trascender de lo local a lo regional e incluso a lo global. Además, su resolución espacial y su utilidad es mucho mayor que las imágenes de satélite: en un estudio con 1100 cámaras georeferenciadas en EEUU, estos autores vieron que el número de días con errores instrumentales o causados por nubes o baja visibilidad fue muy inferior usando cámaras que usando imágenes satelitales. Esta investigación, que encontró significativos avances en el calendario de la aparición de la primavera y unos fuertes patrones latitudinales en estos cambios de ritmo de la vegetación, implica tanto un gran ahorro en la investigación de los cambios fenológicos como una mejora técnica de los estudios de fenología habituales al combinar una buena resolución con una escala espacial potencialmente muy amplia. Un buen ejemplo de cómo aprovechar y poner en valor inversiones realizadas con otros propósitos.
Ante los recortes económicos, los científicos podemos ponernos a llorar, podemos echar mano de la creatividad o, mejor aún, podemos encarnar una lucha personal por mantener la ciencia activa a pesar de todo. Esta última parece ser la opción de Consuelo Guerri, investigadora del CIPF que para aliviar las penurias económicas por las que pasa su centro donó los 25.000 euros del premio Manfred Lautenschlager que le fue recientemente concedido, y que, como otros científicos apasionados y luchadores, no se rinde ante la adversidad económica. La adversidad económica no es nada nuevo para la ciencia; es algo que amenaza la exploración de los límites del conocimiento de forma más o menos recurrente desde los albores de la investigación científica.
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El artículo citado es: Graham, E. A., E. C. Riordan, E. M. Yuen, D. Estrin, and P. W. Rundel. 2010. Public Internet-connected cameras used as a cross-continental ground-based plant phenology monitoring system. Global Change Biology 16:3014-3023.
Estamos habituados a escuchar noticias sobre catástrofes naturales como huracanes, terremotos y tsunamis. Sin embargo estas noticias no abordan “catástrofes naturales” sino fenómenos naturales que con frecuencia tienen impactos catastróficos sobre la población humana. La dimensión de catástrofe viene dada por nosotros y por tanto se establece sobre una base subjetiva y antropocéntrica. Lo mismo cabe decirse sobre el cambio global. La tierra ha experimentado grandes cambios ambientales a lo largo de su historia y la dimensión de catástrofe la aplicamos nosotros cuando los impactos nos parecen particularmente negativos. La extinción de especies, sobre todo de aquellas que por alguna razón nos gustan más, por ejemplo, se ha tomado como baremo para catalogar de catástrofe a los cambios ambientales del pasado. Pocos hablarán de catástrofe cuando un cambio ambiental ha llevado a la extinción de miles de especies de organismos marinos como la del Ordovícico-Silúrico, pero pocos dudan en referirse a la extinción de los dinosaurios como una catástrofe.
El cambio global trae consigo cosas “buenas” y no sólo “malas.” Estamos acostumbrados a escuchar sobre los efectos negativos del cambio climático, pero muchas regiones del planeta se beneficiarán de unas temperaturas más cálidas al implicar una mayor productividad de sus cultivos por ejemplo. La fragmentación y deterioro de algunos hábitats naturales lleva aparejada en ocasiones una mejora de las condiciones sanitarias de la población local o de las posibilidades recreativas en la zona. Mientras unos hablan de “catástrofe” cuando se deseca una laguna, por ejemplo, en la que criaban aguiluchos y malvasías, otros hablan de “gran logro social” al mejorar las carreteras y disminuir los mosquitos en la zona. No existe un baremo universal para lo que es una catástrofe. Y por eso a los científicos no nos gusta hablar de catástrofes, mucho menos cuando estas tienen como escenario los sistemas naturales. Aunque las proyecciones del clima y de las condiciones ambientales para finales de siglo son en ocasiones entendidas por la sociedad no ya como catastróficas, sino incluso “apocalípticas”, esa connotación es, o al menos debe ser, externa al estudio o informe científico en cuestión.
Una diferencia radical entre el cambio global y los fenómenos estrictamente naturales con impactos catastróficos es la señal humana existente en el primero. Se abren muchas preguntas al respecto ¿cuál es la temperatura óptima del planeta? ¿cuál es el nivel óptimo de intervención en los sistemas naturales? Lógicamente la respuesta tiene que implicar un “ depende donde” o un “ depende de para qué”. Aunque el cambio global no es un fenómeno natural en sentido estricto al llevar implícita la señal humana, deberíamos acostumbrarnos a hablar con naturalidad de este cambio, sin tintes catastrofistas que solo contribuyen a eclipsar el mensaje y a polarizar las reacciones de la sociedad. Eso no significa que nos tengamos que acostumbrar al cambio global. Mi sugerencia es que nos acostumbremos a hablar de él con la objetividad y naturalidad con la que un médico nos diagnostica una gripe o una rotura del cúbito y del radio.
Estamos acostumbrados a escuchar “clima de conflicto” pero pocas veces pensamos que el conflicto lo derive el propio clima. Tenemos todavía poca información sobre los conflictos sociales y humanos en general que provocan los cambios en el clima de nuestro planeta, pero diversas evidencias se empiezan a acumular ya sobre la mesa. En un estudio realizado por la periodista científica Nicola Jones se muestra como los conflictos bélicos y los desórdenes sociales han aumentado en los periodos en los que al clima sufrió anomalías. Jones es parte del panel editorial de la prestigiosa revista Nature y es responsable de las secciones de opinión. El estudio ha sido publicado en el último número de la revista Nature Climate Change, revista hermana de Nature cuya reciente creación responde a la demanda creciente por parte de científicos y lectores de más espacio para abordar el cambio climático. La autora no pretende alarmar pero sus datos muestran cómo anomalías climáticas relacionadas con los eventos de El Niño o periodos extensos de sequía han llevado a las armas a la población de diversos lugares del mundo.
El trabajo muestra la existencia de siete puntos calientes (hotspots) de conflictos recurrentes en el planeta, todos ellos en zonas ecuatoriales y tropicales, y que están en fronteras tanto geográficas como políticas (costa este de México-EEUU, Oriente Medio, partes norte y sur del Sahara, zona monzónica de Asia, interior de la cuenca del Amazonas). En todas ellas se ha observado una disminución de la disponibilidad de agua dulce o de recursos alimentarios asociados a periodos climáticos adversos y en seis de los siete puntos se han generado migraciones humanas inducidas por cambios ambientales. El artículo incluye un mapa de los conflictos ocurridos durante el periodo 1980-2005 organizados según las causas que los generaron que son, de mayor a menor frecuencia: problemas con usos del territorio disparados por anomalías climáticas, falta de agua, problemas pesqueros inducidos por disminución de las capturas y amenazas a la biodiversidad. El mapa los identifica también en función de su importancia, desde conflictos diplomáticos hasta conflictos bélicos pasando por protestas con mayor o menor violencia. Destaca la existencia en este periodo de conflictos bélicos catalizados por el clima en toda la franja tropical desde Centroamérica hasta Asia y Oceanía. En África, además de conflictos graves en la banda tropical-ecuatorial, destacan también los ocurridos en la zona sur del continente. Dada la predominancia tropical de estos conflictos encendidos por el clima, el estudio analiza en concreto los efectos de los eventos de El Niño, una de las anomalías climáticas planetarias más complejas, más estudiada y de impactos más globales y que tiene su epicentro en la temperatura superficial de las zonas tropicales del mar Pacífico. Se muestra un gráfico en el que el riesgo anual de conflicto se eleva de valores basales entorno a un 3% a valores superiores al 6% de riesgo cuando la temperatura superficial del Pacífico se altera en zonas afectadas directamente por El Niño.
El estudio revela cómo la población humana está íntimamente acoplada a las fluctuaciones del clima. El estudio revela además que cambios en el clima habitual en muchas zonas del planeta tienen implicaciones no sólo económicas sino también diplomáticas e incluso bélicas. Por tanto, estas alteraciones climáticas afectan al bienestar y al equilibrio entre los distintos grupos sociales y las diferentes regiones administrativas y geográficas que entran en contacto en puntos determinados de la Tierra, a partir de los cuales los conflictos se expanden hasta regiones alejadas centenares de kilómetros. En un mundo cada vez más poblado y ante una explotación cada vez más intensa de los recursos es preciso identificar mecanismos que aligeren las tensiones. Unas tensiones que inevitablemente se generarán cada vez en mayor medida por los cambios que acontecen en el clima y que son derivados tanto de un cambio en los valores promedio como de un incremento en la propia variabilidad de las temperaturas y las precipitaciones. En un mundo también cada vez mas lleno de barreras y fronteras debemos ser más creativos que nunca para identificar estos mecanismos que rebajen tiranteces frente a catástrofes de origen climático. Y no pensemos que el problema nos queda lejos. Al ir subiendo las temperaturas, el “calor del conflicto” que se siente ya en los trópicos irá afectando a latitudes cada vez más alejadas del Ecuador.
El sábado 15 de octubre de 2011 decenas de miles de personas en 951 ciudades de 82 países del mundo salieron a la calle pidiendo un cambio global. Sin embargo, durante décadas los científicos hemos estado mostrando la magnitud del cambio global tanto en lo económico como en lo ambiental y sus desastrosos efectos sobre la esperanza y la calidad de vida de muchas personas. ¿Queremos un cambio global como pedían los manifestantes este sábado de octubre o queremos frenar el cambio global como se aconseja en los informes de los científicos?
Aunque parezca que estemos hablando de dos tipos de cambio diferentes, en realidad son distintas manifestaciones del mismo proceso. Un proceso por el cual las actividades humanas están más y más conectadas entre sí a escala de todo el planeta. La globalización está aquí para quedarse. Nos guste o no cada vez somos más personas, estamos más conectadas y nuestras acciones son más globales. Desde la economía y nuestras interacciones sociales hasta la explotación de los recursos naturales y nuestra interacción con el medio ambiente, cada vez somos más conscientes de la escala global de nuestras acciones. El que esto sea bueno o malo, el que tenga consecuencias positivas o negativas para la calidad de nuestras vidas, dependerá en buena medida de cómo encajemos la dimensión global de las actividades de nuestra especie en este siglo veintiuno. Los problemas son globales y por tanto las soluciones deben serlo también. Por ello los manifestantes pedían un cambio global, una democracia global, en clara alusión a la crisis económica y al fracaso del sistema político y de gobernanza mundial. No es posible poner parches a la política o a la economía resolviendo problemas puntuales mientras los grandes problemas de fondo, que son globales, ni siquiera se abordan.
Un lema muy extendido entre el movimiento conservacionista y ecologista es “pensar globalmente, actuar localmente”. Un rasgo distintivo del movimiento 15M y de los indignados de ese centenar de países que salieron el pasado sábado a la calle es que la suma de voluntades y acciones individuales puede hacer tambalear al sistema. Según sus propias palabras “si los de abajo se mueven, los de arriba se caen.” Tanto en la puerta del Sol como en Wall Street, los medios de “seguridad ciudadana” o fuerzas del “orden” no han sabido como disolver sentadas y manifestaciones pacificas que reclaman cosas sensatas con palabras amables. Estos indignados bien podrían estar poniendo en práctica el lema ecologista, apuntando a un cambio global a partir de acciones locales. No hay nada más local que la plaza de un pueblo o ciudad donde se hacen asambleas y manifestaciones, ni nada más global que la economía actual dictada por mercados y entidades internacionales.
Una forma de reconciliar opciones tan contrastadas sobre el cambio global (empujar frente a frenar el cambio global) es considerar que hay dos escalas diferentes. La más próxima es la escala en la que podemos cambiar cosas. En esa escala, equivalente a lo local de los movimientos ecologistas, pequeñas acciones tienen un impacto global, sobre todo cuando están coordinadas y se planean con un entendimiento de los procesos globales. La más lejana es la escala en la que son las cosas las que nos cambiarán a nosotros. En esta escala se imponen leyes generales que establecen cómo funcionan los procesos y que marcan límites o condiciones de contorno. Si la temperatura de la atmosfera sube dos grados, ya no será posible la vegetación actual en determinadas zonas áridas, del mismo modo que si la confianza de los inversores disminuye, la deuda pública se encarece mucho, suben los tipos de interés y ya no será posible pagar la hipoteca para muchas familias. Esa es la escala del cambio global que queremos mitigar. El cambio global que queremos promover es aquel que permita atenuar el calentamiento de la atmósfera, del mismo modo que los manifestantes del sábado promueven un cambio global en el sistema económico que permita atenuar la presión sobre los más pobres (ese famoso 99% que al final somos “todos”) repartiendo riesgos, costes y beneficios. Un cambio global que modifique la forma en la que hacemos las cosas en lo ambiental y en lo económico puede evitar o atenuar las consecuencias de un cambio global, en lo ambiental y en lo económico, que podría venir por si mismo si dejamos que las cosas sigan como van. Por tanto ante la cuestión de cambio global si o no, la respuesta es depende. En este caso, de la escala.
Los ciclos biogeoquímicos naturales se caracterizan por estar en equilibrio. La influencia humana sobre estos ciclos altera su equilibrio y ello repercute en su velocidad. Con el ciclo del carbono lo que estamos haciendo es liberar en pocas décadas el carbono que los sistemas naturales han ido almacenando durante miles y millones de años y lo mantenían almacenado entre las rocas con una movilidad muy limitada. Esta alteración de la velocidad a la que funcionan los ciclos naturales tiene grandes consecuencias y la de acumular carbono en la atmósfera es de las mejor conocidas al generar un calentamiento de la misma mediante el llamado efecto invernadero. El balance de carbono en el planeta es cero. No entra ni sale más carbono del que tenemos desde un principio. Lo que hacemos con nuestras actividades, sobre todo a partir de la revolución industrial, es movilizar el carbono del subsuelo (en forma de carbón, gas o petróleo) y ponerlo en la atmósfera. Y la velocidad a la que lo hacemos es más rápida de la que los sistemas naturales desarrollan para el proceso inverso, es decir para fijar el carbono atmosférico (en forma de dióxido de carbono o CO2) e inmovilizarlo como materia orgánica (órganos y tejidos fotosintéticos) o inorgánica mediante procesos físico-químicos no biológicos. No hay nada de malo en el CO2 ni en el ciclo del carbono, lo malo es que lo hemos acelerado y nos encontramos con mas CO2 en la atmósfera del que desearíamos para mantener las temperaturas promedio del planeta de los últimos cientos de años.
Hasta aquí posiblemente nada nuevo para el lector. Pero hay al menos un ingrediente nuevo que cada vez vamos comprendiendo mejor y que viene a complicar las cosas: el calentamiento de la atmósfera promueve procesos naturales que incrementan a su vez más liberación de CO2 y otros gases con efecto invernadero. Los suelos permanentemente congelados (permafrost) que existen en latitudes elevadas, sobre todo en el hemisferio norte, almacenan inmensas cantidades de carbono orgánico. Su descongelación conlleva la movilización de grandes cantidades de CO2 y también de otros gases de fuerte efecto invernadero como el metano. En un reciente estudio de Koven y colaboradores publicado en la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) se muestra como la inclusión de los procesos que afectan al permafrost puede cambiar completamente el sentido de los ecosistemas boreales que pasan así de ser sumideros de carbono a fuentes netas de carbono y metano para finales del siglo XXI.
Sin embargo, la Tierra ya ha pasado por esto antes. Hace 56 millones de años, en el máximo térmico del Paleoceno-Eoceno, no había rastro de hielo en millones de hectáreas que hoy permanecen congeladas todo el año; el nivel de los océanos era unos 70 cm más alto que la actualidad, suficiente para dejar la mayoría de la península de Florida bajo el agua por ejemplo. Este mundo tan diferente surgió bruscamente debido a una liberación masiva de carbono en un periodo de tiempo muy corto. Absorber el CO2 que se liberó a la atmósfera en este breve lapso de tiempo le llevó al planeta 150.000 años y durante ese tiempo la vida en la Tierra sufrió grandes cambios. De hecho, se conocía este periodo tan inusual mucho antes por las dramáticas extinciones de especies que por el incremento de carbono y de las temperaturas. En un artículo de National Geographic de octubre de 2011 se explican las consecuencias que este fenómeno tuvo y se demuestra como el CO2 determina el clima.
A las causas naturales que modifican la concentración de CO2 en la atmósfera hay que sumar las causas de origen humano y no sólo debemos pensar en las actividades industriales más recientes. Los seres humanos han alterado la superficie de la tierra desde los principios del paleolítico y ello ha generado una huella ambiental perceptible y creciente. En un artículo publicado en el último número de la revista Holocene, Kaplan y colaboradores muestran cómo los cambios en la cubierta de la tierra debidos a la tala de los bosques y a la preparación de las tierras para la agricultura generaron unos cambios en la concentración atmosférica de CO2 que concuerdan con las alteraciones en los isótopos almacenados en los testigos de hielo de los últimos 8000 años. Estas actividades humanas preindustriales estuvieron implicadas en la estabilización de concentraciones atmosféricas de CO2 que han hecho de nuestro planeta un mundo más cálido del que hubiera sido sin ellas.
Si hay alguna enseñanza en todo esto es que nos interesa que el ciclo del CO2 vaya despacio. El exceso de velocidad, como en el caso de los vehículos, lo sufrimos todos. Aunque como viene siendo habitual, las consecuencias las sufrimos unos mas que otros.
En estos días se está celebrando en Ávila un congreso internacional de ecología. El millar de ecólogos de más de cincuenta países intentan responder desde la ciencia al rápido cambio ambiental. Treinta y seis sesiones paralelas y más de quinientos paneles resumen las principales investigaciones ecológicas de la actualidad. Pero los científicos no nos conformamos con resumir nuestros hallazgos. En un mundo bajo presión, los científicos que trabajamos en temas ambientales buscamos fórmulas para anticipar, atenuar y gestionar el cambio global que afecta al Planeta. En su conferencia plenaria de ayer, Jordi Bascompte, ilustre científico del CSIC, nos mostró las más sofisticadas herramientas para entender la arquitectura de la vida y se planteaba, o mejor dicho, nos planteaba a todos, cómo poder usarlas para simular las respuestas de las comunidades animales y vegetales al cambio climático, los impactos de la extinción de especies y la introducción de exóticas invasoras.
Stuart Chapin, profesor de la Universidad Alaska Fairbanks, ha ido más lejos en su conferencia plenaria. Chapin nos ha recordado los cambios que sufre el planeta y se ha centrado en cambios regionales importantes que tienen repercusiones globales, con ejemplos de Alaska, donde reside e investiga. Nos ha contado como al fundirse los hielos árticos, las morsas tiene problemas porque cada vez los hielos flotantes quedan en zonas de mar más profundo; como las morsas se alimentan en el fondo marino han tenido que trasladarse a las zonas costeras porque el fondo marino les queda demasiado abajo en los hielos que aun no se han fundido. Este cambio de instalar las colonias en las costas en lugar de sobre los hielos flotantes está teniendo grandes impactos no solo en las morsas sino en toda la red trófica terrestre y marina.
Para aquellos que no se hacen una idea de que significa una subida de ”apenas” dos o tres grados en la temperatura media del planeta, Chapin nos mostró que eso se traduce en que a finales de este siglo los años más fríos serán los que ahora son los más cálidos. Es decir, el caluroso 2003, que redujo la productividad del planeta como nunca hasta entonces y que acabó con la vida de más de 20.000 europeos, sería, por ejemplo, uno de los años más fríos a finales del siglo XXI. También nos contó como la intensidad de los incendios está cambiando, particularmente en las zonas subpolares del hemisferio norte. Ahora se queman capas más profundas del suelo y ello acarrea que las comunidades vegetales que se establecen tras el incendio son muy diferentes. Estos incendios afectan también a la fauna mayor, con implicaciones no solo ecológicas sino también en las comunidades humanas de la zona. Por ejemplo los cazadores tienen problemas para poder circular y cazar en las zonas quemadas, y constatan que aunque los alces regresan des pues de varios años a las zonas quemadas, los ciervos no.
Pero el desafío que nos planteo Chapin no fue sólo con cuestiones científicas. De hecho el principal desafío nos lo planteó a partir del concepto de “environmental stewardship”, un término de difícil traducción al castellano que viene a indicar la gestión responsable y sostenible de los ecosistemas. Chapin enfatizó una vez más la necesidad de comunicar la ciencia a la sociedad y a los políticos y gestores, pero esta comunicación debe ser bilateral, el flujo de información debe ir en ambos sentidos. El cambio ambiental trasciende a la ecología y los científicos deben ser no solo escuchados sino que deben escuchar lo que las sociedades necesitan, entienden y valoran. La idea es impulsar a los jóvenes a liderar este cambio con bases científicas ya que ellos tienen la motivación y la pasión para cambiar la sociedad, y porque ellos heredan el planeta que vamos dejando las generaciones anteriores. Identificar vías para la comunicación con iniciativas y agrupaciones locales. Y, por supuesto, no esperar a que la ciencia esté lista, a que lo sepamos todo, para empezar a actuar.
Una vez más, el mensaje de Chapin incide en la rapidez del cambio y en la necesidad de actuar cuanto antes. Sin embargo, Chapin nos instó a cambiar el enfoque: hablemos de soluciones y no de problemas. En clara sintonía con lo que hemos ido escribiendo en este blog, si los científicos nos centramos en documentar la crisis ambiental y cuantificar los problemas, la sociedad se desconecta del discurso. Por el contrario, el plantear desafíos a resolver entre todos va sacando lo mejor de cada uno, desde la creatividad o la capacidad de innovación hasta la coordinación de iniciativas y la ayuda en la transferencia de ideas e información.