Estamos habituados a escuchar noticias sobre catástrofes naturales como huracanes, terremotos y tsunamis. Sin embargo estas noticias no abordan “catástrofes naturales” sino fenómenos naturales que con frecuencia tienen impactos catastróficos sobre la población humana. La dimensión de catástrofe viene dada por nosotros y por tanto se establece sobre una base subjetiva y antropocéntrica. Lo mismo cabe decirse sobre el cambio global. La tierra ha experimentado grandes cambios ambientales a lo largo de su historia y la dimensión de catástrofe la aplicamos nosotros cuando los impactos nos parecen particularmente negativos. La extinción de especies, sobre todo de aquellas que por alguna razón nos gustan más, por ejemplo, se ha tomado como baremo para catalogar de catástrofe a los cambios ambientales del pasado. Pocos hablarán de catástrofe cuando un cambio ambiental ha llevado a la extinción de miles de especies de organismos marinos como la del Ordovícico-Silúrico, pero pocos dudan en referirse a la extinción de los dinosaurios como una catástrofe.
El cambio global trae consigo cosas “buenas” y no sólo “malas.” Estamos acostumbrados a escuchar sobre los efectos negativos del cambio climático, pero muchas regiones del planeta se beneficiarán de unas temperaturas más cálidas al implicar una mayor productividad de sus cultivos por ejemplo. La fragmentación y deterioro de algunos hábitats naturales lleva aparejada en ocasiones una mejora de las condiciones sanitarias de la población local o de las posibilidades recreativas en la zona. Mientras unos hablan de “catástrofe” cuando se deseca una laguna, por ejemplo, en la que criaban aguiluchos y malvasías, otros hablan de “gran logro social” al mejorar las carreteras y disminuir los mosquitos en la zona. No existe un baremo universal para lo que es una catástrofe. Y por eso a los científicos no nos gusta hablar de catástrofes, mucho menos cuando estas tienen como escenario los sistemas naturales. Aunque las proyecciones del clima y de las condiciones ambientales para finales de siglo son en ocasiones entendidas por la sociedad no ya como catastróficas, sino incluso “apocalípticas”, esa connotación es, o al menos debe ser, externa al estudio o informe científico en cuestión.
Una diferencia radical entre el cambio global y los fenómenos estrictamente naturales con impactos catastróficos es la señal humana existente en el primero. Se abren muchas preguntas al respecto ¿cuál es la temperatura óptima del planeta? ¿cuál es el nivel óptimo de intervención en los sistemas naturales? Lógicamente la respuesta tiene que implicar un “ depende donde” o un “ depende de para qué”. Aunque el cambio global no es un fenómeno natural en sentido estricto al llevar implícita la señal humana, deberíamos acostumbrarnos a hablar con naturalidad de este cambio, sin tintes catastrofistas que solo contribuyen a eclipsar el mensaje y a polarizar las reacciones de la sociedad. Eso no significa que nos tengamos que acostumbrar al cambio global. Mi sugerencia es que nos acostumbremos a hablar de él con la objetividad y naturalidad con la que un médico nos diagnostica una gripe o una rotura del cúbito y del radio.
Una cuestión crucial ante el cambio climático es cuál será la distribución futura de las especies (incluida la nuestra) en un mundo climáticamente diferente. La pregunta es sencilla, pero la respuesta no. Una de las herramientas más potentes para contestar esta pregunta está en los modelos llamados de nicho. Estos modelos estiman las regiones del planeta que serán apropiadas para una o varias especies de animales o plantas según distintos escenarios climáticos. Los modelos de nicho son bastante complejos (una sencilla explicación se puede encontrar en la página 229 del último informe del OSE sobre la Biodiversidad en España), pero en pocas palabras vienen a establecer el clima que las especies toleran y requieren a partir de su distribución actual, y proyectan la distribución potencial que las especies tendrán en el futuro a partir de los mapas climáticos calculados según los diferentes escenarios de emisiones de gases con efecto invernadero. El atractivo de estos mapas de distribución potencial de las especies es tal que se toman con frecuencia como proyecciones auténticas de la distribución de las especies. Así, por ejemplo, el calentamiento global dará lugar a condiciones climáticas adecuadas en el norte de Europa para un árbol tan típicamente mediterráneo como la encina (Quercus ilex) en unas pocas décadas. Esto, que es científicamente muy probable, es muy diferente a decir que la encina alcanzará Estonia (por continuar con el ejemplo) en treinta años. Lástima, porque hay que reconocer que daría lugar a un estupendo titular de prensa.
Los mapas con distribuciones futuras de especies o de grupos enteros de organismos (anfibios, árboles, aves, mariposas etc.) en los escenarios climáticos planteados por el IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático, ver por ejemplo el último informe) son bien acogidos en las revistas científicas de mayor impacto, como Nature o Science. Y por ello su imagen de infalibles se refuerza. Pero no es sólo el clima lo que mueve a las especies y las empuja a cambiar su distribución; pensemos por ejemplo en la competencia entre especies o en la existencia de plagas o enfermedades. Existen, además, numerosas barreras tanto naturales como artificiales que impiden a las especies seguir con rapidez y precisión las nuevas áreas donde el clima les resulta favorable. Asimismo, muchas especies longevas y tolerantes de estrés no terminan de extinguirse de aquellos lugares donde el clima hace ya tiempo que dejó de ser favorable para ellas; siguiendo con la encina, este árbol “debería haber desaparecido ya” de muchos enclaves semiáridos donde su balance hídrico (el agua que pierde por evapotranspiración frente a la que gana por precipitación) es negativo desde hace varias décadas. Los modelos de nicho no incorporan muchas cuestiones importantes relativas a la plasticidad que tienen las especies para acomodarse a nuevos climas y a su capacidad para evolucionar y adaptarse.
Las simulaciones climáticas nos muestran que para finales del siglo XXI Barcelona muy probablemente tendrá el clima que ahora hay en Fez, que Paris tendrá el clima de Madrid y Londres el de Oporto (ver alguno de los ensayos de ciudades análogas). Pero nadie cree que los fasis se muden en bloque a Barcelona ni los madrileños a Paris (aunque la idea pueda atraer a más de uno). Por similares razones, la encina no se mudará a Estonia. Sin embargo, un jardinero estonio tendrá éxito si planta encinas en los parques de su país dentro de unas décadas, éxito que no se ha dado hasta ahora. Y ahí está el valor de los modelos y no en decirnos donde estarán y de donde desaparecerán las especies en un planeta con otro clima. La belleza de los modelos radica en su sencillez, en su capacidad para sintetizar una realidad siempre compleja. Pero son insoportablemente leves cuando se toman sin las debidas dosis de sentido común y, sobre todo, cuando no van aderezados de fina información sobre sus numéricas entrañas.