Errejones, doctores y precarios “no tan jóvenes”

09 Dic 2014
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Rafael Grande
Sociólogo, doctor en Ciencias Sociales y Estudios Latinoamericanos por la USAL, experto en migraciones y responsable editorial de Encrucijadas
Roberto Cilleros
Sociólogo,  posgraduado en técnicas de investigación social por el CIS y estudiante del máster de Estudios Urbanos en la ETSAM (UPM)

Son muchos los artículos que en los últimos años versan sobre la precariedad y el paro juvenil, sin embargo, la mayoría de estos han venido a centrarse casi exclusivamente en un tipo de jóvenes que no pasan de los 25 años. ¿No son también alarmantes los actuales niveles de paro entre los “no tan jóvenes” que rondan la treintena?

En otro orden, existe un choque entre unas cifras que corroborarían que tener una alta cualificación -como el doctorado- asegura tener empleo y tenerlo en buenas condiciones, y unas realidades cotidianas de jóvenes cualificados que no encuentran oportunidades en el país. ¿Cómo funciona en la actualidad esa relación entre altos niveles de formación e incorporación laboral?

En último lugar, se ha producido en las últimas semanas una polémica en torno a un contrato de investigación postdoctoral de Iñigo Errejón que ha manifestado el profundo desconocimiento que hay en la sociedad sobre cómo funciona hoy la investigación universitaria, y que se ha saldado con un expediente injusto que olvida que los objetivos de los proyectos de investigación se miden por los resultados y que éstos no dependen de calentar una silla durante un horario concreto.

En resumen, la pregunta que queremos lanzar aquí es: ¿qué ocurre realmente después de defender la tesis? ¿Cuáles son las realidades de la juventud más formada?

El paro juvenil en torno a la treintena

España tiene la tasa de paro juvenil más alta de Europa (53,8%) junto con Grecia, pero como casi siempre que se habla de paro juvenil este indicador hace referencia a los menores de 25 años. Esto supone que dentro de la categoría “juvenil” desaparecen edades que sin lugar a dudas en la sociedad actual siguen siendo consideradas jóvenes. Pese a que la tasa de paro de jóvenes entre 25 y 34 años se situaba a principios de 2014 entorno al 28% -lejos de ese 53%- no se puede obviar que esa etapa del ciclo vital (en la que ya ha finalizado el período formativo) es especialmente sensible en relación a la emancipación, a lograr una mínima estabilidad laboral, a la formación familiar, etc. Hay que subrayar la gravedad de las implicaciones sociales y psicológicas de esta situación en la que casi uno de cada tres jóvenes de esa edad esté en paro (como bien reflejaba hace unos días el artículo “¡Ah! ¿Pero todavía vives con tus padres?”).

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Los mitos de las expectativas laborales

Las cifras muestran que el paro es casi nulo entre las personas que tienen el título de doctor. Sin embargo, si desgranamos el conjunto de doctores por edad y nos fijamos en los más jóvenes, encontramos dos cuestiones: a) aunque entre los jóvenes el paro es más bajo entre los doctores, sí existen unas cifras de paro significativas –llegando casi a los veinte puntos en 2013-; y b) el crecimiento del desempleo sigue la misma tendencia que el resto. Es decir, tener un doctorado no supuso a partir de la crisis evitar el crecimiento del desempleo.

Además del paro, los datos de la EPA muestran un giro abrupto de las condiciones laborales: mientras que en el primer trimestre de 2007 más del 63% de los doctores de 25 a 34 años que trabajaban tenían un contrato indefinido, seis años después sólo gozan de esa condición el 39% frente a un 61% que tiene una relación laboral temporal.

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En un país en el que la investigación depende en gran medida del ámbito público, la Universidad española no está pudiendo –ni está queriendo– aprovechar el potencial de la tantas veces denominada “generación más preparada”.  Y en el ámbito privado, el reemplazo de puestos de trabajo cualificado por eternos becarios, dibuja un panorama dramático.

De esta forma, nos encontramos con que la precariedad y el paro también afectan a los jóvenes doctores, y además en muchos casos el componente de clase incide negativamente en las capacidades de enfrentarse a ello. Ante esta realidad, y con la sombra siempre presente del exilio económico, tenemos en nuestro país una generación de jóvenes que rondan la treintena y se enfrentan a una sensación de fracaso, de expectativas truncadas y de sueños meritocráticos rotos.

En una Universidad con un profesorado claramente envejecido, se sigue prefiriendo en muchas ocasiones malgastar la baja tasa de reposición en sacar cátedras que perpetúan el poder de una casta universitaria, en lugar de promocionar y apostar por los jóvenes que están ayudando a subir el nivel en investigación –tan perjudicado por los recortes–. En este triste escenario, la caza de brujas contra un doctor supone un ataque general a la labor de los jóvenes científicos, que no puede medirse en horarios rígidos, como bien saben los países que ahora se aprovechan de la productividad de los emigrados españoles cualificados, cuya formación financiamos entre todos los españoles.

Por todo esto –y mucho más que no se ha mencionado aquí–, hay que luchar por un cambio estructural del modelo de investigación y universidad. Frente a los repetidos discursos de “hay que aguantar”,  de “lo importante es entrar”, de “así tengo experiencia”, de “antes o después saldrá una plaza”… desde aquí recordamos las palabras de Manolo Monereo cuando decía en 2012: “la utopía que está muriendo ahora es que tras tres o cuatro años de ajustes volveremos a la etapa anterior. Esto se ha acabado, el pasado no volverá”.  Por eso, como el pasado no volverá, tendremos que construir el futuro.


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