Podemos en el Orinoco

Lo decía el columnista Jorge Galindo este viernes en el diario de Prisa: “Sin separarnos del esquema unidimensional característico de nuestro país, uno puede adivinar la posición de una persona en cualquier cuestión de actualidad con solo conocer su opinión en otro tema, sea este Venezuela, la corrupción o el IRPF”. Tiene razón. Los españoles somos lo que pensamos de Venezuela. La cosa empezó hace años, cuando el Gobierno de José María Aznar hizo el ridículo internacional reconociendo el gobierno salido del golpe de Estado contra Hugo Chávez en abril de 2002. El golpe se abortó, apenas existió nuevo gobierno venezolano que celebrar (47 horas), y el asunto derivó en una tensión creciente entre el PP y el chavismo que se sustanció icónicamente con el inefable “por qué no te callas” de nuestro añorado rey Juan Carlos I, cuando el líder bolivariano acusó a Aznar de “golpista” en la Cumbre Iberoamericana de 2007.

Pasaron los años y Venezuela siempre siguió ahí. Sobre todo desde que Podemos empezó a histerizar las demoscopias y a convertirse en opción real de gobierno. Las investigaciones menos deshonestas desvelaron que una fundación ligada a Pablo Iglesias había cobrado 3,7 millones de euros entre 2002 y 2014 (la calculadora dice que esa aportación viene a suponer por año más o menos lo mismo que nos cuesta la escolta del ex ministro mentiroso José Manuel Soria). Se habló de financiación ilegal del partido acogiéndose a este hecho, sin que importara mucho constatar detalles como que, cuando CEPS empezó a facturar a los bolivarianos, Iglesias tenía 23 años, una edad un poco temprana –con permiso del pequeño Nicolás— para convertirse en agente comunista internacional financiado por un demonio de boina roja.

Pero aquel runrún mediático cuajó en nuestro “esquema unidimensional” (Galindo), y cada Bárcenas o Gürtel o marianazo que mentabas inocentemente, se replicaba desde el cuñadismo pepero con un mantra infalible: “Tú lo que quieres es que acabemos como en Venezuela, como tus amigos de Podemos”. De aquel cuñadismo, simultánemamente, emergió Ciudadanos.

El paroxismo de mendacidades llegó cuando el periodista, tertuliano, interiorista y agitador Eduardo Inda cogió unos recortes apócrifos, hizo un corta y pega, lo publicó, y acusó a Pablo Iglesias de haber cobrado del chavismo una pasta a través de un paraíso fiscal. La media docena de sentencias que demostraron la falsedad fehaciente de la documentación aportada no sirvieron para domesticar el bulo: si el río de Podemos suena, es que agua del Orinoco lleva.

Y así hasta nuestros turbulentos días.

Esta semana El Mundo destacaba en portada un titular al respecto: “Podemos se niega a condenar el asalto chavista al Parlamento de Venezuela”. Recupero las palabras exactas de Irene Montero en las que se sustenta este titular para que el lector juzgue: “[Podemos condena] Toda la violencia, y sin ningún tipo de paliativos. Estamos viendo como la situación de tensión y de violencia se está incrementando. No solo esto, sino cómo la oposición está quemando a personas vivas, las está apuñalando. Hemos visto cómo se ha asesinado a un juez por dictar una sentencia… Una escalada de violencia que implica… vamos, que se te corre un escalofrío por el cuerpo. Nosotros creo que debemos adoptar, ahora si cabe más que nunca, una posición de responsabilidad y de favorecer el diálogo, como están planteando por ejemplo el señor Zapatero o también el papa Francisco“.

En el texto del compañero Álvaro Carvajal que sucede al titular de El Mundo antes citado, se nos explica que Montero “despachó el episodio con una condena genérica a todas las violencias, equiparando a chavistas y opositores”. O sea, que hay que diferenciar la violencia buena de los opositores de la violencia mala de los seguidores de Nicolás Maduro, y Podemos se niega a entrar en ese juego. Regresamos al “esquema unidimensional” de Galindo: no vale el ni contigo ni sin ti. La escala de grises no existe en el muralismo político español.

En ABC, Ana I. Sánchez y A. Romero arrancan su crónica glosando la “condena unánime de la política española al asalto al Parlamento de Venezuela y el ataque a varios de sus diputados […] Incluso Podemos se sumó a la condena”, añaden con cierto desencanto. Pero no todo iban a ser flores. El titular inferior nos advierte de que “Iglesias ya paralizó una iniciativa crítica con Maduro”.

La Razón templa menos gaitas que el torcuatiano diario. Bueno es Paco Marhuenda. “Podemos no critica a Maduro”, titula en portada. En su editorial califica la posición de Podemos de “desvergüenza e indignidad. No cabe una inmoralidad mayor”. Pedro Narváez ya nos advierte de la fineza de sus razonamientos desde el titular de su columna, Caca de Caracas. “Los diputados opositores se equiparan [por parte de Podemos] a las chicas que llevan minifalda y son agredidas sexualmente según el credo de algunos jueces machistas: algo habrán hecho para merecer que les den en la cabeza con palos y piedras a unos y para que les bajen las bragas a las otras, como hace un año en los sanfermines, y tal vez ayer mismo. Hay que tener ganas de provocar”. Huelga cualquier comentario, creo yo.

Venezuela se ha convertido en el termómetro ideológico de los españoles: dime si estás o no con Maduro, y te diré quién eres. Mientras, en Marruecos se suceden las revueltas contra la dictadura de Mohamed VI y la represión brutal apenas ocupa espacio en nuestros medios y nuestros parlamentos. Demasiado lejos, Marruecos, teniendo Venezuela tan al lado.