Opinion · Verdad Justicia Reparación

Llora por mí, Argentina

Por Luis Suárez, miembro de La Comuna.

Aparentemente impasible, con la misma indiferencia con la que asesinó a cientos de inocentes, el conocido como ‘ángel rubio’ escucha su condena a prisión perpetua. Miles de argentinos, que siguen ese momento histórico desde sus hogares o congregados en espacios públicos frente a pantallas gigantes, estallan de alegría.
¿Qué es lo que se siente al ver así realizado, tras una considerable espera, el anhelo de justicia por parte de todo un pueblo que ha sido pisoteado y humillado por una banda de sátrapas uniformados? Nosotros, aquí, aun no lo sabemos, aunque nos encantaría.
Desde el otro lado del charco nos llegan de nuevo noticias alentadoras para la causa de la justicia y los derechos humanos. El día 1 de diciembre ha sido condenada en Buenos Aires a fuertes penas, en aplicación de la legislación internacional sobre crímenes de lesa humanidad, una reata de criminales de la dictadura que entre 1976 y 1983 asoló aquel país.
Las víctimas ausentes pueden reposar en paz; sus familiares, allegados y camaradas pueden liberarse por fin de una deuda prolongada. Y las víctimas sobrevivientes sentirse más en concordia con su entorno. Toda Argentina puede desde ese día respirar un aire más limpio.
La justicia se ha hecho esperar pero ha terminado por hacerse con todo su rigor. Desde aquí, frente a un silencio digamos incómodo de la casta y los partidos políticos que se autodenominan constitucionalistas, las víctimas del franquismo, con un puntito de sana envidia, felicitamos a los hermanos y hermanas argentinos y agradecemos esta nueva lección de cultura democrática e independencia judicial.
Esta sentencia, siendo de enorme relevancia tanto por el número y perfil de los condenados, algunos de ellos con un escalofriante historial represivo, como por la contundencia de las condenas, no es un hecho aislado sino un hito más en un largo proceso justiciero que, tras un primer periodo de intento de impunidad, ha avanzado implacable desde hace más de 10 años en Argentina, a caballo de la movilización social, para apuntalar la democracia sobre los principios irrenunciables de verdad, justicia y reparación. O, lo que es lo mismo, para avanzar hacia una democracia digna de tal nombre.
Lecciones ignoradas
Es bien sabido que, en lo que nos toca a las víctimas de la dictadura de este lado del océano, la justicia argentina está desempeñando también un papel decisivo a través del impulso a la llamada ‘querella argentina’, como parcial compensación a la negación reiterada de nuestro derecho a la justicia por parte del estado español, tanto de sus sucesivos gobiernos como del dócil sistema judicial.
En suma, Argentina nos da lecciones de las que nuestras autoridades no parecen querer aprender. Tampoco es, por otra parte, ese país una excepción en materia de la que se viene denominando justicia transicional, aunque representa un caso especialmente modélico. Son muchos los pueblos, en todos los continentes, que han hecho procesos similares, pudiéndose afirmar, por el contrario, que la excepción es España, como caso flagrante de impunidad o injusticia transicional.
La defensa de la impunidad del franquismo, bajo el principio de ‘más vale no meneallo’, constituye un rasgo común de buena parte del estamento político y cultural depositario de las esencias del que se conoce como régimen del 78. Sector que hoy defiende más que nunca la idoneidad de nuestra Transición, la desaparición definitiva de cualquier residuo del franquismo, y la cuasi perfección de nuestra democracia.
Asistimos desde hace unos años, en especial desde la irrupción del 15-M y la quiebra del sistema político de alternancia bipartidista, a una confrontación in crescendo entre dos visiones de nuestra legitimidad democrática: por una parte, el cuestionamiento de las bases del sistema instalado en la Transición en aspectos como la imposición de la monarquía, la negación de los derechos nacionales, los privilegios eclesiásticos, o, para el caso que nos ocupa, la impunidad de la dictadura. Y, por otra parte, el empeño afanoso, yo diría que desesperado, desde la orilla opuesta, por convencernos de que vivimos en el mejor de los mundos.
Justicia sí, pero no aquí
Esta reciente sentencia de los tribunales argentinos ha sido la última oportunidad para que afloren las paradojas o incoherencias en materia de principios democráticos que la defensa del régimen del 78 conlleva. Como muestra, una editorial del diario El País del 2 de diciembre bajo el título ‘ESMA: Lección de Argentina’. En ella se pueden leer frases como:
La condena a cadena perpetua de varios responsables de los tristemente célebres vuelos de la muerte constituye un importante acto de justicia y a la vez es demostración práctica del porqué toda democracia —en este caso la argentina— debe perseguir incansablemente los crímenes contra la humanidad para evitar que queden impunes.
La lectura del artículo me ha producido un efecto similar al de un coitus – o discursus – interruptus: alta expectativa seguida de honda decepción: ¿Ya está? ¿Ninguna otra conclusión que obsequiar a los lectores? Tras afirmaciones generales tan correctas como la citada, yo –ingenuo- esperaba el inevitable corolario en clave doméstica donde se subrayaría que lamentablemente en esta materia, a diferencia de Argentina, nosotros tenemos la casa sin barrer, hecha unos zorros para ser más exactos.
Pues, si ‘toda democracia debe perseguir incansablemente los crímenes contra la humanidad’, qué menos que completar ese discurso con la valoración de nuestro performance al respecto como país. Porque no es precisamente una falta de crímenes contra la humanidad lo que caracteriza nuestra historia reciente, ¿no? Y no faltan en la sociedad voces que recuerdan una y otra vez que dichos crímenes no se han investigado ni perseguido judicialmente. No es que no se hayan perseguido incansablemente, es que no se ha hecho ni cansinamente ni de ninguna forma. Nada. Lo que nos recuerdan, incansablemente en ese caso sí, también los organismos internacionales de derechos humanos.
¿No resulta muy cínico llenarse la boca con afirmaciones genéricas en favor de la justicia contra los crímenes de lesa humanidad, y ni siquiera dedicar un párrafo al debate social en nuestro país sobre la impunidad del franquismo?
Un presidente que ni siente ni sabe
Claro, que en un país en el que el presidente de gobierno hace bromitas sobre el cambio de nombre, para él inexplicable, de una calle hasta ahora dedicada a un connotado asesino, no debería extrañarnos: Mismo cinismo que exhibe la editorial citada, ahora desde la máxima instancia del ejecutivo, aunque en este caso se quiera ‘arreglar’ arguyendo simple ignorancia.
Para quien no haya oído o leído la indecente broma de Rajoy, recordaré que se refería al cambio de nombre de la calle dedicada al almirante Salvador Moreno en Marín (Pontevedra). Y que el tal almirante fue culpable, entre otras fechorías, de uno de los primeros bombardeos masivos y deliberados de población civil indefensa de nuestra guerra, en concreto durante la epopeya de la ‘desbandá’ entre Málaga y Almería (febrero de 1937), con resultado de varios miles de víctimas mortales.
Rajoy, según afirmó ufano, sigue nombrando la calle con su nombre franquista. No sé qué es peor si tener un presidente cínico o uno ignorante; me temo que en nuestro caso nos ha tocado el dos por uno. Esa doble cualidad es sin duda un buen mix para aferrarse a un pasado franquista del que ni él ni los suyos han renegado.
¡Ay Argentina, qué cerca te siento y qué lejos estás!