Los remanentes del pujolismo: Convergència Democràtica y ahora Partit Demócrata

Vicenç Navarro
Autor del libro ‘L’Estat del Benestar a Catalunya’, y Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universitat Pompeu Fabra

En la investigación policial que se llevó a cabo sobre la corrupción en el principal partido de las derechas catalanas, el partido liberal Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), que ha estado gobernando Catalunya (junto con Unió Democràtica, un partido cristianodemócrata) durante la mayor parte del periodo democrático, se descubrieron, en la Fundación de este partido (Fundació CatDem), unos documentos en los cuales se clasificaban los intelectuales catalanes según su afinidad al ideario del partido, ideario que confunde los intereses particulares y empresariales que representa con los intereses de Catalunya, y que se presenta como la defensa de Catalunya frente a España. Esta lista incluía cuatro categorías: “afines”, “simpatizantes”, “dudosos”, “contrincantes y adversarios” (en realidad, según el tono del documento, “enemigos”), situándome a mí en esta última categoría. No me sorprendió estar en la lista negra de la derecha catalana. Desde que volví del exilio, hace ya muchos años, he estado vetado en todos los medios de comunicación públicos, radiofónicos, escritos y televisivos, instrumentalizados o cercanos a aquel partido (que son la gran mayoría en Catalunya). Sabía, por lo tanto, que estaba en la lista negra del establishment político-mediático de Catalunya. Si no fuera por la enorme frustración de sentirme discriminado en mi propio país, casi hubiera sido un honor estar en esta lista, en la que estábamos cinco.

Lo que sí me sorprendió, sin embargo, fue el nivel de sectarismo, desfachatez, ignorancia y manipulación que reflejaba esta clasificación, puesto que, además de incluir muchos errores, me situaban en la misma categoría de autores con los que he expresado mi profundo desacuerdo, como por ejemplo el catedrático Francesc de Carreras, tipificándome como “nacionalista español” y “anticatalán”. Y esto a pesar de que he sido uno de los autores en Catalunya y en España que ha sido más crítico con el nacionalismo españolista. Es más, mi biografía –que conocen por las razones que explicaré- muestra que mi concepción plurinacional de España es opuesta a la del nacionalismo españolista. Procedo, además, de una familia que defendió a la República española y a la nación catalana (siendo brutalmente represaliada por ello), identificándome, política e intelectualmente, con el presidente Companys (una de las figuras de la historia de Catalunya más incómodas para el pujolismo). Fui, además, junto con mis amigos Teresa Forcades y Arcadi Oliveres, fundador del movimiento Procés Constituent, habiendo siempre subrayado mi profunda oposición al Estado español (lo cual es diferente a oponerse a España), resultado de una Transición inmodélica, puesto que no considero este Estado como representante de los distintos pueblos y naciones que constituyen este país.

Mi relación con el pujolismo

Conocí el Sr. Jordi Pujol en la Facultad de Medicina. No me cayó bien desde el principio. De formación germánica, lo vi siempre muy autoritario y, lo que es más importante, estaba en el polo opuesto al mío en cuanto al significado de Catalunya. Pujol, hijo de la burguesía, tenía, en aquel momento, una visión racista de Catalunya. Definía (junto con los sectores más reaccionarios de la burguesía catalana) a los inmigrantes procedentes del sur de España como “charnegos”, como intelectualmente inferiores. Yo, por el contrario, hijo de una familia de izquierdas, represaliada por el fascismo, escogí trabajar como médico del Somorrostro, el barrio más pobre de Barcelona, donde vivían los “charnegos”. Fui, pues, y con gran honor, el médico de los charnegos.

Quiero aclarar que respeto y valoro positivamente la participación de Jordi Pujol en la lucha antifascista. Pero dicho esto, fue de las poquísimas personas de la derecha catalana que lo hizo, mientras que muchos catalanes trabajamos durante años en la resistencia, resistencia de izquierdas que, como Pujol tuvo que reconocer, fue la que hizo más para defender la identidad catalana. Las derechas catalanas participaron muy poco en la lucha contra la dictadura.

Convergència Democràtica, que ha estado gobernando Catalunya junto con Unió Democràtica durante la mayor parte del periodo democrático, ha sido, a semejanza de las derechas italianas, un partido de claro comportamiento clientelista, que compró e incluyó en sus redes de corruptela a grandes sectores de la sociedad y de la intelectualidad. Incluso hoy esto se puede ver en la composición de la casta de tertulianos en sus medios de comunicación, lo que Gramsci denominaría los intelectuales orgánicos del nacionalismo burgués, muchos de los cuales pasaron durante su juventud por el sarampión de ser de izquierdas, siendo hoy muchos de ellos los principales promotores de la visión neoliberal en Catalunya.

Este partido, claramente de derechas, se convirtió al independentismo recientemente, debido en parte a un oportunismo político, a causa del comportamiento del Estado central y su oposición al Estatuto de 2006 iniciado no por Pujol, sino por el socialista Maragall (con el cual me une una gran amistad), siéndole muy provechoso que el bipartidismo en el Estado español presentara una cara muy antipática que generó el crecimiento del independentismo. No creo que se pueda dudar que este crecimiento se debe al crecimiento del nacionalismo españolista, que ha alcanzado su máxima expresión con el gobierno del PP. El desplazamiento hacia el independentismo ha sido su salvación electoral, porque habría disminuido o incluso desaparecido (como le ha pasado a Unió Democràtica) si se hubiera limitado a defender los intereses de la burguesía catalana, tarea en la que compiten electoralmente con el PP y Ciudadanos.

Siempre hubo otro catalanismo

Como he dicho antes, durante la dictadura no fueron las derechas catalanas las que se distinguieron por su defensa de Catalunya (incluyendo su identidad), sino las izquierdas catalanas. Y así fue no sólo durante la dictadura, sino también después, durante la democracia. Pero es aquí donde el significado de Catalunya varía. Querría subrayar que no menosprecio el trabajo que el pujolismo hizo durante su largo periodo de gobierno para intentar recuperar la cultura y la simbología catalanas. Pero lo hizo dentro de un concepto clasista que contribuyó a descohesionar Catalunya, tal como se documenta en el trabajo L’Estat del Benestar a Catalunya que dirigí. La polarización de la escuela catalana por clase social fue “su gran contribución a hacer país”. Fueron las izquierdas y el gobierno tripartito, satanizado por los medios cercanos o controlados por las derechas catalanas, los que intentaron cambiar el clasismo de las políticas públicas de la Generalitat, incrementando el gasto público social para que disminuyera la descohesión social.

Y cuando surgió el 15M (y aquí en Catalunya el Procés Constituent), aparecieron movimientos que no solo querían romper con el Estado español (que es diferente a romper con España), sino también con la Generalitat de Catalunya existente, creándose el Procés Constituent, que tenía como objetivo contribuir a crear una nueva constitución para una Catalunya republicana, resultado de una participación ciudadana, construyéndola de abajo arriba. Un proceso constituyente es construir una Catalunya soberana, esto es, una Catalunya donde la población catalana sea la que decida. Soberanismo, sin embargo, no es independentismo, diferencia que interesadamente los partidos independentistas nunca aceptan, puesto que insisten en su identificación asumiendo erróneamente que la población catalana, en un proceso auténticamente democrático, escogería la independencia.

Soberanismo no es lo mismo que secesionismo 

Un elemento central de este otro catalanismo fue la identificación del tema nacional con el tema social, esto es, que la lucha por el reconocimiento de la soberanía de la nación catalana, que tenía como componente importante de este proceso el establecimiento del derecho a decidir (tal como las izquierdas catalanas y también, por cierto, las izquierdas españolas, habían defendido durante la resistencia antifascista), fuera paralela e inseparable del proceso de transformación del Estado de Catalunya, aliándose con las clases populares –de las que la clase trabajadora es el elemento central- frente a la burguesía (con cierta simplificación, el eslogan del Procés Constituent era construir la Catalunya del 99%). Fue una experiencia interesante, y personalmente muy valiosa, porque conocí a personas que se convirtieron en grandes amistades. En realidad, muchas de las personas que están hoy en la dirección de nuevos movimientos como Barcelona en Comú surgieron del Procés Constituent. Marché del Procés Constituent, sin embargo, cuando vi que el énfasis nacional absorbía la mayor parte del proyecto, cuando mi primer objetivo, aunque no el único, es la dimensión social.

No estoy de acuerdo con aquellos que dicen que para resolver el problema social hay que resolver primero el tema nacional. Creo que es un error, como está haciendo la CUP (partido por el que en el tema social siento gran aprecio y simpatía), enfatizar primordialmente el tema nacional, estableciendo, en el caso de la CUP, una alianza con la derecha catalana (responsable de los enormes recortes y reformas laborales que han hecho un enorme daño a las clases populares de Catalunya). Por este motivo veo con gran simpatía movimientos como En Comú Podem, porque, luchando por el reconocimiento del derecho a decidir, ponen esta demanda dentro de un programa social que permita la movilización social y nacional que, en mi opinión, son necesarias para conseguir la liberación de Catalunya, en alianza con otros pueblos y naciones de España, los cuales, además de sentirme emocionalmente identificado con ellos, son condición importante para conseguir la liberación social y nacional en Catalunya. Todos ellos comparten un adversario común, que es el nacionalismo españolista que nos asfixia a todos.

Pero también están asfixiando a Catalunya las derechas independentistas, que han impuesto una dictadura mediática, siendo el grupo más excluido las izquierdas (excepto, de forma muy minoritaria, la CUP). No es por casualidad que la lista secreta de la Fundació CatDem definiera el ultraderechista Sala y Martín como un gran patriota catalán, al que se le dieron 400.000 euros (más IVA) para producir un programa (de pésima calidad y rigor, y abusiva manipulación) para promover el ultraliberalismo, además de tener un espacio de televisión y otro de radio en programas insignia de los medios públicos catalanes. Y, como era predecible, yo era considerado un enemigo (destinado a no aparecer nunca). Prácticamente nadie que esté a la izquierda de lo que consideran el centroizquierda respetable aparece en estos medios.

Este sectarismo logró su máxima expresión cuando la Sra. Rigau, dirigente del partido gobernante en la Generalitat de Catalunya y muy influyente dentro del pujolismo, creyendo que podía actuar con toda impunidad, tuvo la desfachatez de quejarse a la rectora de mi universidad -la Universitat Pompeu Fabra-, la Sra. Mª Rosa Virós, de mis trabajos científicos críticos con la política social de la Generalitat, lo que la rectora, con la integridad que la caracterizaba, le dijo que no era una conversación ni una observación adecuadas para su cargo. La Sra. Virós, por cierto, fue la que me invitó a integrarme en la Universitat Pompeu Fabra. La causa de la ira de CDC era que había aparecido en Internet un vídeo que era en realidad un libro que yo había dirigido, denunciando el atraso social de Catalunya, vídeo que yo no era consciente que se hubiera hecho, y que tuvo un gran impacto en las elecciones, contribuyendo a la derrota de CiU en las elecciones de 2003.

Podemos como el enemigo

Los talibanes de la derecha independentista (que abundan en Convergència, ahora Partit Demòcrata) odian a Podemos, al que consideran como el principal enemigo, puesto que es la cara amable y fraternal de España que más teme este tipo de independentismo. Como que su objetivo es perpetuarse en el poder, son conscientes de que siempre que exista la cara antipática, hostil y asfixiante de España lo tendrán fácil para hacerlo, aunque esto sea a expensas de no conseguir nunca la independencia. Tendría que ser obvio que ellos solos, y con la clase trabajadora en contra, nunca conseguirán la independencia. Pero por extraño que parezca, esto parece que les va muy bien, puesto que el elemento clave es permanecer en el poder. Y para ello utilizan tanto la bandera catalana como el sentimiento noble y positivo de amor hacia Catalunya de amplios sectores de la sociedad catalana, defendiendo, no a Catalunya, sino su asfixiante poder institucional. Son tan obstáculo para conseguir la soberanía catalana como lo es el nacionalismo españolista, que es su mayor aliado en esta empresa, nacionalismo que, como he indicado en varias ocasiones, tiene un objetivo idéntico: también perpetuarse en el poder.

Una última nota

Aplaudo y comparto el apoyo que las izquierdas están dando a la presidenta del Parlament de Catalunya, la Sra. Carme Forcadell, y al que fue presidente de la Generalitat de Catalunya, el Sr. Artur Mas (al cual he criticado ampliamente), por la persecución judicial a la que están siendo sometidos, una protesta que tendría que movilizar a todas las fuerzas democráticas en Catalunya y en el resto de España en contra de esta represión. El oportunismo político de la derecha española (homologable a la ultraderecha en Europa) la lleva a intentar explotar el anticatalanismo, que por desgracia todavía está ampliamente extendido al centro de España, para crear un enfrentamiento que la está beneficiando electoralmente, como también está beneficiando a la derecha catalana. En este enfrentamiento, las más mínimas reglas de decencia democrática están siendo violadas, primordialmente por la derecha española, cosa que se tiene que denunciar por mera coherencia democrática. Así de claro.