Al sur a la izquierda

La chica y el negro

En el primer párrafo de todas las crónicas, o a más tardar en el segundo, se dice de él que era un experto tirador. También se dice que estaba enamorado. Y que se le fue la cabeza. Y que estaba deprimido. Y que ella no le hacía caso. También se dice que mató a la chica, por supuesto, pero se da a entender entre líneas que en realidad la mató por todo eso: porque estaba enamorado, porque se le fue la cabeza, porque estaba deprimido y porque ella no le hacía caso. Y también, por supuesto, se insinúa que la niña, bueno, en fin, no es por señalar, ¡pero vaya con la niña!, ¡vaya, vaya y vaya con la niña Almudena, apenas trece años y saliendo ya con un tío de cuarenta!

Se llamaba Juan Carlos Alfaro, tenía 39 años y se suicidó con su propia arma tras haber asesinado primero a Almudena y después a un vecino del pueblo al disparar, como en las películas, una ráfaga a discreción con un arma automática. El asesino de la pedanía albaceteña de El Salobral ha muerto como una especie de Rambo de secano ante el cual muchos apenas logran ocultar su admiración por haber muerto como un hombre, un cazador solitario escondido entre los maizales que se dio valientemente muerte a sí mismo tras verse acosado como una alimaña por la Guardia Civil.

Bien, tal vez haya muerto como un hombre, pero ha asesinado como un cobarde. Ha asesinado a una pobre niña que le dijo que no y a un pobre hombre que pasaba por allí.

Por algún motivo que convendría esclarecer cuanto antes, el asesino de El Salobral no parece suscitar el mismo rechazo visceral que suscitó en todo el mundo aquel Miguel Carcaño que asesinó a la niña sevillana Marta del Castillo. Y lo cierto es que se trata de crímenes paralelos. Alfaro mató a Almudena porque creía que era suya y Carcaño hizo lo mismo con Marta porque también estaba convencido de que era suya. Marta y Almudena. Almudena y Marta. Demasiado jóvenes para morir. En ambos casos la guadaña se equivocó de espiga. En ambos casos murieron demasiado pronto, y ya se sabe que las muertes demasiado tempranas tienen algo de muertes por partida doble, de muertes multiplicadas por sí mismas.

Los asesinatos machistas son los únicos en los que suelen examinarse con mucho detalle y hasta con mucho respeto los motivos del verdugo. En eso se parecen mucho, por ejemplo, a los linchamientos de negros cometidos en el Sur norteamericano hasta bien entrado el siglo XX. Tanto y con tan exquisita delicadeza analizaban los miembros del jurado los motivos de sus vecinos acusados de linchamiento que al final solían absolverlos. ¡Cómo no absolver a quien tenía tan sólidos motivos para hacer lo que hizo! Porque, vamos a ver, seamos justos, por favor, miremos las cosas con un poco de perspectiva: si el negro mató a un blanco o intentó violar a una chica, blanca por supuesto, se arriesgaba a que le pasara lo que finalmente le pasó, que los vecinos de la víctima perdieran la cabeza, se dejaran llevar por sus pasiones y pasara lo que tenía que pasar, ni más ni menos.

Muchos hombres, muchas mujeres, muchas abuelas y abuelos, muchos vecinos de El Salobral, de Albacete y de tantos lugares, muchos tertulianos de programas televisivos, muchos fieles espectadores de esos programas televisivos se parecen, sin saberlo, a aquellos honestos miembros de los jurados sureños de los años veinte, treinta, cuarenta e incluso cincuenta. No es que no compadezcan a la pobre niña asesinada: es que prestan demasiada atención a los motivos y a los sentimientos del criminal y eso enturbia el recto entendimiento de lo que ha pasado. Y lo que ha pasado es esto: que un hombre ha matado a una chica porque no podía soportar la libertad de esta para decirle que no. O simplemente para no decirle nada. Como todos los crímenes contras las mujeres, cometidos casi todos ellos a fin de cuentas por Rambos obtusos y cerriles cegados por el siniestro resplandor del machismo, este de El Salobral es, antes que cualquier otra cosa, un crimen contra la libertad. Eso es lo que es.