Apuntes peripatéticos

Treinta años después

Antonio Tejero Molina ha pasado el 23 de febrero de este año tomando el sol en la isla canaria de La Palma. Y por la foto que se ha publicado de su visita se aprecia que muy a gusto, con bañador y torso reminiscentes de los de Fraga bañándose en Palomares (aunque con barriga menos ostentosa que la del ya para entonces ventrudo ministro de Franco). Qué suerte ha tenido el chulesco ex teniente coronel golpista. Por tal atropello sólo tres lustros en la cárcel, con todas las comodidades necesarias para mitigar la estancia, y ahora beneficiario de una gloriosa jubilación con el 80% de su sueldo (pagado por nosotros) y escapadas de vez en cuando hacia las olas patrias. Sin que nadie le pida más cuentas ni le haga tragar un poco de su propia medicina. ¡Gangas de la democracia!
Como a todo el mundo con años para recordar, la noche de Tejero se me ha quedado grabada en la memoria. La kilométrica cola de coches esperando su turno en aquella gasolinera de la madrileña calle de Arturo Soria, por si acaso resultara prudente salir flechados hacia Portugal; los cuarteleros "¡quieto todo el mundo!" y "¡se sienten, coño!" del nuevo Pavía; la de verdad aterradora ráfaga de metralleta; las primeras imágenes del pistolón valleinclanesco del tricornio... y del tenue Gutiérrez Mellado resistiendo, heroico, en el forcejeo con el impresentable matón. ¡Qué vergüenza y qué asco y qué terror!
Y luego el alivio de la mañana siguiente. Y la explosión de alegría del día 27. Y 30 años que yo por nada me habría perdido.