Ciencia y prosperidad

EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Puesto que la paradoja –o falsa aporía– del huevo y la gallina es un tema recurrente en El juego de la ciencia, voy a entrar, una vez más, al trapo de mi querido y admirado colega Manuel Lozano Leyva. En su reciente artículo La arqueoastronomía (publicado el 3-1-11), en el que alude a la asombrosa precisión en la predicción de los eclipses que alcanzaron los indios anasazi (los ancestros de los navajos), termina diciendo Lozano que “la pregunta clave es si los anasazi prosperaron porque algunos de ellos se dedicaban a responder preguntas aparentemente inútiles como determinar la duración del ciclo draconítico o si fue al revés. Porque eso lleva a preguntarnos si solo las sociedades prósperas pueden permitirse que en algunas de sus universidades haya quien estudie la astronomía de los antiguos navajos o es que dichas sociedades destacan porque siempre han tenido inquietudes intelectuales tan poco pragmáticas como esas”.

Es una pregunta entre retórica y capciosa, que no es probable que contesten los Gabilondos, las Sindes, los neobolonios y demás mercachifles de la cultura, por lo que daré yo la respuesta, tan “inútil”, por obvia, como la predicción de los eclipses.

Las sociedades prósperas pueden permitirse las investigaciones “inútiles”, y esas investigaciones, a su vez, alimentan su prosperidad. La relación entre ciencia y prosperidad (en el más amplio sentido de ambos términos) no es jerárquica, no es mecánica, sino dialéctica: en cuanto los seres humanos tienen ocasión, investigan sobre todo tipo de cosas, y algunas de esas investigaciones (casi todas, antes o después) dan resultados susceptibles de traducirse en una mayor prosperidad, lo que a su vez facilita el seguir investigando sobre todo tipo de cosas.

En el caso concreto de la física, por ejemplo, la separación estricta entre matemáticas, física teórica, investigación básica, física aplicada y tectología es, en última instancia, tan artificiosa como la división de un árbol en raíces, tronco, ramas, hojas y frutos. Un árbol es un todo orgánico, y todas sus partes son indispensables para el desarrollo de todas las demás. Aunque a algunos solo les interese el precio de las manzanas.

Quienes intentan convertir la cultura en un supermercado o una subasta, atentan directamente contra la salud y las posibilidades de crecimiento del árbol de la ciencia. Al intentar convertirlo en un domesticado bonsái, ponen en grave peligro incluso la producción de esos frutos comercializables que tanto les preocupa.