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Regeneración democrática

ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos

Aunque pueda parecer que me salgo del guión de esta columna hablando de política, veremos que no es así. Se conoce muy bien que los chimpancés de la especie Pan troglodytes tienen un sistema para elegir al macho alfa, en el que intervienen comportamientos que tienen mucho que ver con las formas que usamos los humanos en la política.
Todo parece apuntar a que nuestro antecesor común pudo tener una etología similar, que heredamos los dos linajes evolutivos.

Las poblaciones ancestrales de nuestra genealogía parecen haber vivido en grupos pequeños, cuyo tamaño dependería de los recursos disponibles. Esos grupos tendrían un líder, que muy probablemente poseería unas cualidades especiales para dirigir el grupo, preservarlo de los peligros que acechaban de manera constante y mantener el orden con su estatus jerárquico. Así ha debido ocurrir durante varios millones de años en todas las especies de la genealogía humana, y así ha llegado hasta la actualidad, en los pocos grupos de cazadores y recolectores que persisten en el planeta.

Con el incremento demográfico asociado a la cultura neolítica, la dirección de los grupos humanos tuvo que tomar rumbos diferentes, pero siempre bajo la tiránica influencia de nuestra herencia genómica. Una de las formas de gobierno de los grupos, cada vez más numerosos, continuó siendo la del control de un único individuo, que no tendría más remedio que rodearse de unos cuantos fieles seguidores para cumplir sus objetivos. El problema de este tipo de nuevas políticas es bien conocido y sobran comentarios. Muy rara vez, esta forma de control de los grupos numerosos funciona para el bien de la mayoría, en particular cuando esa mayoría se cuenta ya no por cientos, sino por miles o por millones.

La democracia de la antigua Grecia, que se persigue como un logro de los buenos de la película, pasó de ser directa a representativa, porque el número de individuos de las poblaciones actuales no permite su intervención efectiva más que cada cierto tiempo, durante la elección de sus representantes.

De este modo, el gobierno de un individuo se transforma en teoría en el gobierno de un grupo que, por el dictado biológico de sus genes, tiende a comportarse de manera tribal con obediencia ciega a su líder.

La democracia, un importante logro cultural de nuestra especie, debe estar así siempre en continua regeneración en su lucha contra el impulso biológico y natural de control del poder abusivo de unos pocos elegidos en la urnas.