Opinion · Con M de

¿Me dejas tu móvil?

'últimos días de otoño'. Foto: FXW / CC BY-SA 2.0
‘últimos días de otoño’. Foto: FXW / CC BY-SA 2.0

Arturo Martín Varas (@Bigturillo1)

Mucho se habla en el mundo del periodismo del debate sobre aquellas historias que se cuentan en primera persona. Personalmente, no soy partidario de que el periodista sea el protagonista, pero los pensamientos que desde el pasado lunes recorren mi cabeza me han llevado a escribir esto: 

Era una tarde como cualquier otra. Mi amigo Carlos y yo paseábamos por un parque cercano a la estación de Fanjul, a las afueras de Madrid. Estaba casi vacío y además anocheciendo. En un momento dado nos sentamos en un banco y empezamos a hablar de cosas triviales, ya saben, temas para “desconectar” después de un día largo de trabajo y estudio. 

Fue entonces cuando apareció a nuestro lado un chico extranjero que aparentaba unos 30 años. Vino cojeando hacia nosotros, sin embargo no tenía ninguna muleta sobre la que apoyarse, lo que me resultó un poco extraño. En su mano derecha llevaba una bolsa en la que se podían diferenciar una botella de agua y algo de comida. Su aspecto no era eso que llamamos ‘bueno’: barba poblada y negra, dientes descuidados, ojos profundos, facciones muy marcadas y aspecto desaliñado. Se dirigió a nosotros balbuceando una mezcla entre castellano y francés. En ese momento me asusté, y los prejuicios comenzaron a inundar mis pensamientos. Llegué a plantearme si cojeaba de verdad o era una especie de estrategia para acabar robando o quien sabe si algo peor. Nosotros apenas entendíamos lo que nos quería decir. Pensé: “¿qué querrá de nosotros si apenas tenemos nada para ofrecer?”.

Tras unos minutos, la tensión que mi cerebro había generado empezó a desaparecer y mis precipitadas conjeturas se difuminaron. Le pregunté qué necesitaba exactamente, si le pasaba algo. y entonces me enseñó su tobillo. Tenía una hinchazón del tamaño de un puño, por eso cojeaba. La idea de que estaba fingiendo para beneficiarse de nosotros desapareció por completo y además me hizo sentir como un idiota.

Le ofrecí sentarse con nosotros y le volví a preguntar que qué necesitaba. “Móvil, llamar”, era lo poco que se le entendía. “Mamá, ¡mamá!”, dijo más alto mientras nos miraba y levantaba sus ojos hacia el cielo. Le pregunté “¿llamar a dónde?” y me respondió: “Argelia”. Me quedé pasmado. Yo, que estaba como muchos otros días sentado en el mismo parque de siempre, tenía al lado un chico que me pedía por favor llamar a Argelia y no podía decirle que sí. No podía dejar que llamase directamente como me habría gustado. Le intenté explicar que las llamadas internacionales costaban mucho dinero, y que si necesitaba llamar a alguien en España sin dudar le dejaba mi teléfono. Entonces, sin mediar más palabra que una, me espetó: “¿Facebook?”, y le respondí: “claro, sí puedo dejarte entrar a Facebook y así hablas con quien necesites”. Entonces me dijo su nombre, un nombre que no voy a olvidar nunca: Bilal.

Le dejé el teléfono y entró en su Facebook. La aplicación, para asegurarse de que la persona que accedía a la cuenta era la auténtica, le preguntó su fecha de cumpleaños. Me fijé mientras la escribía: Bilal había nacido en el año 1999, no era un hombre de 30 años como pensé cuando le vi, sino que apenas llegaba a los 20.

Cuando consiguió acceder a Facebook empezó a hablar con sus familiares y amigos. Durante un instante la llamada que estaba haciendo por medio de la red social se cortó. Nosotros no entendíamos nada de lo que le estaba diciendo a la persona con la que hablaba, pero su voz cada vez temblaba más. Se encogió, puso la cabeza entre las rodillas y empezó a llorar. Yo estaba helado, paralizado. Comprendí que él estaba solo, que aquí no tenía a nadie, o al menos eso parecía. ¿Cómo llega un chico de 20 años completamente desconocido a llorar en el mismo banco en el que tantas veces nos hemos sentado a pasar la tarde?

Me puse en su lugar. Me imaginé en otro país, sin ningún medio para comunicarme con nadie, sin hablar el idioma y estando a miles de kilómetros de mis seres queridos. Me estremecí. Le puse la mano en la espalda e intenté tranquilizarlo. Se calmó y un poco más tarde retomó la llamada. Le dejé que hablase hasta que llegó el momento en el que mi amigo y yo tuvimos que irnos a casa. Se despidió rápidamente de las personas con las que estaba hablando, y antes de cerrar su cuenta se sacó una foto con nosotros y la puso en su historia. Me devolvió el móvil y, sin verlo venir, me abrazó con fuerza y me dio un beso en la mejilla, un gesto que repitió con mi amigo. Reflexioné: nunca había visto un gesto tan humano en alguien tan aparentemente destrozado.

 Nos fuimos. De camino a casa podría haber pensado que soy una buena persona, que gracias a mí el chico había podido comunicarse con sus seres queridos, aunque solo fuera durante media hora. Sin embargo, ver esto me dejó roto. Pensé en la cantidad de migrantes que se mueven solos en el mundo, que se tienen que buscar la vida como sea y que no tienen acceso a nada. Personas que incluso teniendo el tobillo roto dudan si ir al médico o no por miedo a las consecuencias que les puede acarrear. Me sentí inútil al no poder ayudar. Pensé en mi madre. No me imaginaba cómo sería tenerla a miles de kilómetros de distancia y no poder hablar con ella. Me puse muy triste. 

Tras aquella tarde tan rocambolesca, mi cama me esperaba en casa. Yo sabía que un techo me protegería y acogería esa noche. Pero, ¿y Bilal? ¿Qué le depararía el futuro a este muchacho?