Opinion · Con M de

Del ‘Muro de la vergüenza’ a Frontex

Muro de Berlín. Foto: Nick Garrod / CC BY-NC-ND 2.0
Muro de Berlín. Foto: Nick Garrod / CC BY-NC-ND 2.0

Coco Vecino

Hoy 10 de noviembre en 1989 amanecía en Berlín con la gente echada en la calle hinchada de esperanzas pensando en el nuevo y prometedor futuro que se ponía por delante, después de toda una noche de vorágine destructora del que se conocería como ‘Muro de la vergüenza’. Las casualidades dieron el pistoletazo de salida y los berlineses se armaron de valor y acudieron a derribar los casi cuatro metros de altura de hormigón que les separaba de sus familiares y amigos. 

Fueron los propios ciudadanos quienes lo redujeron a golpes. No podían más con una situación económico-social que se había vuelto insostenible en el Este. Cierto es que la Perestroika allanaba el camino para los berlinenes del Este pero echarse a la calle a tirar el muro abajo era demasiado para cualquiera. Llevaban 28 años de férreo control fronterizo so pena de muerte, en muchos casos. Un control ejercido no solo desde la separación física y visible que suponían el cemento y las vallas, sino desde la psicológica a través de la gestión del miedo. 

Esta división de Alemania era el reflejo de los tiempos polarizados de la Guerra Fría, pero era también un mal sufrido por todos los ciudadanos que no lo habían pedido en ningún momento. Porque si de sus golpes cayó no fue su deseo el que lo levantó. Fue una decisión política que se les dio impuesta y que supuso destrozar miles de hogares donde nunca más en tres décadas las familias pudieron abrazarse. Una decisión política de control migratorio cuya única función era responder a los intereses del poder soviético de la República Democrática Alemana (RDA), controlada por la URSS.

Porque la huida hacia el Oeste significaba la humillación internacional. Ver a los berlinenes del Este correr hacia la República Federal Alemana (RFA) era un claro el rechazo, mostraba el descontento que sentía la gente frente al sistema comunista que se les había impuesto. No se podía permitir que las personas tuvieran agencia, que pudieran decidir sobre en qué tipo de sistema político-económico preferían vivir. Conviene contextualizar: en los años 60 la situación era muy delicada. Las relaciones internacionales se basaban en una carrera armamentística y la tensión entre el bloque occidental y los países del Pacto de Varsovia sufría picos de gran intensidad. Ningún mandatario se atrevió a criticar con dureza el levantamiento del muro, incluso hubo quien justificó la legitimidad de la URSS para gestionar la frontera recién creada, como quisiera. 

Así las cosas, el gobierno decidía y los ciudadanos lo padecían. Y todo en un clima social de miedo, escasez de productos de primera necesidad y sentimiento de desarraigo. El cierre supuso, además, reforzar el concepto de Estado-nación que se tenía en el Oeste y se tradujo en mayor facilidad para imponer el control ciudadano por los medios que la RDA considerara oportunos, con la impunidad de no ser observado desde dentro. Para el gobierno de la Alemania del Este se trataba de un ‘muro de protección antifascista’, para los aliados que gestionaban el Oeste, era parte del Telón de Acero que dividía Europa.

Unos y otros llenaron de sentido ideológico y metafísico esa frontera al ponerles esos nombres tan evocadores. Y con ello, se instauró en el imaginario colectivo como símbolo, dando a un muro del horror la categoría de icónico. 

Hoy, 10 de noviembre pero de 2019, no nos hemos levantado con la sensación de esperanza y entusiasmo sino con la de miedo al futuro y angustia. No hay un Muro de Berlín pero sí un Mar Mediterráneo y unas concertinas. También hay un Frontex con unos acuerdos con terceros países por los que la Unión Europea ha desplazado sus fronteras a donde pueda controlar el tránsito de personas sin miedo a que la comunidad internacional le eche en cara la falta de observación de los Derechos Humanos y el compromiso humanitario que ella misma estableció como valores sobre los que levantarse (unido al sistema capitalista). 

Una vez más somos las personas las que sufrimos las decisiones políticas traducidas en leyes que solo responden a los intereses de la elitista esfera donde políticos, empresarios y banqueros, se relacionan. Tan real como el pujante negocio de la Industria del Control Migratorio, que tan pingües beneficios da. No lo hemos pedido. Una vez más, los ciudadanos no hemos pedido esa frontera, ni esos muros, los han puesto de la noche a la mañana, como en 1961, y luego nos han justificado lo necesario que es con un discurso tan efectista como efectivo y que se basa en las emociones, en las entrañas, en el uso del miedo. A diferencia del Berlín de hace 30 años, no es el miedo a que nos detengan o nos maten por cruzar al otro lado sino a que nos maten por dejar que otros crucen al nuestro (literalmente, cuando se habla de terrorismo y figuradamente, cuando se hace sobre el mercado laboral). La otra diferencia con ese Berlín es que hoy tenemos la oportunidad de ser agentes por un día, hoy podemos responder si queremos estos muros.