El negocio antimigratorio a ojos del migrante: Luigersi Oviedo

Luigersi Oviedo con su hijo, Carlos Luis. Ilustración: Diana Moreno / por Causa.
Luigersi Oviedo con su hijo, Carlos Luis. Ilustración: Diana Moreno / por Causa.

Texto: José Bautista / Sonido: Sara Selva y Hodei Ontoria / por Causa

Luigersi Oviedo no quiere que se vea a los migrantes como un problema. "Véannos como oportunidades, como seres humanos que luchan", dice mientras se prepara para volver a su trabajo de cuidadora. Luigersi no es un número más en la estadística. Tampoco es una heroína que tiene que hacer méritos para ganarse el derecho a vivir. Luigersi es una persona que no tuvo más opción que irse a otro país para sacar adelante a su familia. Su historia podría ser la de cualquier otra migrante y pone en evidencia un sistema migratorio cruel, irracional y muy caro que devasta vidas.

Luigersi tiene 32 años, es de Barquisimeto (Venezuela) y llegó a España apenas unos días antes de que el coronavirus lo pusiera todo patas arriba. No tiene papeles, pero ha salvado vidas desde que puso los pies en este país. Lo tuvo que hacer escondida. Luigersi es mujer, latinoamericana, mayor de 30 años, se gana la vida cuidando a otras personas, el mismo perfil que el 80% de las personas en situación irregular en España. Luigersi es, también, la mejor narradora de su propia historia.

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Cada año el gobierno entrega cientos de millones de euros a grandes empresas encargadas de reforzar las fronteras con muros, cárceles para migrantes, cámaras con visión nocturna e incluso algoritmos que rastrean las redes sociales del "objetivo": las personas migrantes. Sin embargo, estas multinacionales y sus más de 100 puertas giratorias no frenan a personas como Luigersi, a la que ven como mano de obra para sostener el sistema de cuidados.

A Luigersi le gustan las series de acción, los espagueti a la boloñesa y el color rosa a la hora de vestir. Combina estas aficiones con la sensación de miedo constante desde que llegó a España, porque no tiene papeles. Es una situación que no podía imaginar hace apenas unos años. En su país había estudiado informática y contabilidad, trabajaba y era socia de una pequeña empresa de madera. Visitaba a sus padres y a sus hermanos. Cuidaba de su hijo, al que todavía llama "bebé", aunque ya tiene nueve años.

Carlos Luis, el hijo de Luigersi, necesita cuidados porque nació con una discapacidad psicomotora leve, médula espinal anclada. Su madre podría dárselos si no tuviera que cuidar a otras personas para sobrevivir. Por él, tomó la decisión más difícil de su vida. "Recuerdo que un día, un 3 de junio de 2017, mi hijo estaba de cumpleaños y ni su padre ni yo teníamos dinero porque el trabajo no rendía; él quería una torta y no se le pudo comprar, solo pudimos conseguirle un trocito; él se emocionó y a mí me conmovió verme joven, con capacidad de trabajar, pero en Venezuela no podía; ahí decido salir de mi país".

La crisis económica de Venezuela no le dejó alternativas -"todo se desintegró"-. Primero migró a Perú, donde consiguió trabajo e incluso emprendió un pequeño negocio. Tras seis días de viaje por tierra y muchos trasbordos, llegó a Lima. Allí le tendió la mano una amiga y tres días después ya estaba trabajando, primero en una zapatería, después en una empresa textil. Pero su salario apenas llegaba para subsistir y no conseguía guardar dinero para apoyar a su familia, empezando por su hijo, así que un año y medio después, decidió volver con ellos.

La joven dio media vuelta para intentarlo de nuevo en Venezuela. Al llegar, encontró el país mucho peor de lo que estaba. "De veras lo intenté, pero no había cómo". Las medicinas para el tratamiento de su hijo escaseaban y la educación fallaba porque los maestros se estaban yendo. Los alimentos, también. Los cortes de luz duraban hasta 15 días. Descubrió que sus padres se quitaban la comida de su plato, intentando que no los vieran, para que pudieran comer sus hermanos, su hijo y ella.

Una amiga que vive en España y que conocía la situación de su hijo le dijo "Luigersi, aquí mi marido y yo podemos recibirte". La joven migró de nuevo desde Venezuela a Perú, donde trabajó y ahorró hasta poder comprar el pasaje de avión a España, puso en vigor su pasaporte y se encomendó a dios. En el vuelo a Madrid conoció a una chica, también venezolana, que iba a Málaga. Aquellas dos desconocidas hicieron un pacto ante el abismo de incertidumbre: "la primera en encontrar trabajo, llama a la otra". Luigersi aterrizó en Madrid el 26 de febrero, con lo puesto y 40 soles peruanos en el bolsillo, unos 10 euros al cambio. "Todavía tengo esos 40 soles guardados".

Ya en Madrid, su amiga empezó a ayudar con los papeles. Consiguieron cita para mayo, pero una semana después llegaron el coronavirus y la cuarentena estricta. La cita para pedir asilo y papeles se fue al garete, hasta noviembre.

Luigersi se quedó en un limbo, y en él sigue. Las oficinas de Extranjería llevan años saturadas, al igual que los sistemas de acogida, pero el gobierno sigue empeñado en una lógica irracional: el 98,3% del gasto de España en contratos de gestión migratoria se destina a reforzar el perímetro fronterizo y detener y expulsar a migrantes, lo mismos que cosechan, cuidan y salvan en condiciones precarias y con la mente puesta en guardar algo para su familia. La acogida e integración de personas en la situación de Luigersi apenas recibe el 1,7% de ese dinero

El primer mes de confinamiento fue especialmente duro para ella. "Mi cabeza daba mil vueltas porque mi familia depende de mí", explica. Un día, sonó el teléfono: era la joven que conoció en el vuelo. Había oído que buscaban a alguien para cuidar a un señor de 78 años, también migrante (italiano), que vivía solo y tenía Covid-19. Luigersi aceptó y puso rumbo a Torre del Mar, sin miedo.

En ese proceso tuvo el apoyo de Málaga Acoge, que trabaja sin descanso para ayudar a personas migrantes. Esta ONG fue la que puso en contacto a Luigersi con las trabajadoras sociales que buscaban a una cuidadora para el anciano enfermo. "El apoyo que me dieron fue vital". Aprendió a seguir los protocolos sanitarios y la estricta dieta de pastillas del anciano, que logró superar el virus.

Sin embargo, el señor quedó marcado por las secuelas mentales producidas por el virus y por el confinamiento. La demencia ganó terreno en su cabeza, se desorientaba y se perdía. Sabía que Luigersi no quería que saliera solo, así que empezó a escaparse. "Solo me quedaba llamar a la policía". Y llamó, y el señor apareció. "Como yo estoy sin papeles, no podía arriesgarme". Luigersi dejó señor en manos de los servicios sociales y se fue. Cuando puede, con discreción, le visita y se asegura de que está bien atendido.

Actualmente Luigersi se gana la vida cuidando a una señora con alzhéimer y demencia. No es fácil -"son personas que necesitan mucho cariño y amor"-. Se pasa el día pensando en su familia -"tu cuerpo y tu mente están aquí, pero tu corazón está allá con ellos"- y lidiando con los obstáculos que supone no tener papeles. Luigersi ni siquiera puede abrirse una cuenta bancaria. En el horizonte queda la cita para tramitar papeles, pero los meses pasan y pesan. "El tiempo juega con nosotros y con las necesidades de nuestra familia". Sueña con tener a su hijo a su lado. "Ojalá algún día pueda recompensar con vida y amor estos años sin él".

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