Atrapados en la acuicultura

Mercado de pescado en Gambia. Tim Webster/Reelmedia Film

Juan-Felipe Carrasco (@juanfecarrasco) / Fundación Changing Markets

  • El modelo extractivo de los océanos que requiere la acuicultura es un peligro real tanto para los ecosistemas marinos como para muchas comunidades en países en desarrollo, cuya seguridad alimentaria depende de la pesca

Se acerca la Navidad y un año más se prevé que el consumo de alimentos se dispare en los hogares españoles, especialmente, el de pescado y de mariscos. Y cada vez son más los clientes a quienes les preocupa el origen de lo que compran para evitar el expolio de los mares. Pero ¿qué sabemos realmente los consumidores acerca de la acuicultura? ¿Somos conscientes de los daños que  genera en los océanos y en comunidades de países del Sur Global?

La fundación holandesa Changing Markets, con años de trabajo en desarrollo y sostenibilidad, nos da las respuestas en una investigación que acaba de finalizar, titulada Atrapados: cómo los supermercados españoles abordan el empleo de pescado salvaje en su cadena de suministro acuícola, sobre el sector de la acuicultura en España, y este no sale muy bien parado: los minoristas en este país no tienen el control que debieran sobre el origen de la comida de los peces de la acuicultura. Así, aunque se vende como ‘sostenible’, esta pesca está contribuyendo también a la destrucción de ecosistemas marinos y los medios de vida de millones de personas. Es un sector en el que, como se ha comprobado en esta investigación, en este país estamos muy por detrás de nuestros homólogos europeos, sobre todo si se compara con los resultados obtenidos en otros países (el Reino Unido o Alemania, por ejemplo), donde al menos algunas empresas reconocen la necesidad de eliminar el pescado salvaje en los piensos para acuicultura.

Para llegar a esta conclusión, Changing Markets ha desarrollado una metodología que permite clasificar los 10 supermercados más importantes según la sostenibilidad de sus políticas y sus prácticas respecto a la  acuicultura. En su estudio, ha comprobado que en los pescados y mariscos que llegan a nuestras mesas procedentes de piscifactorías no hay ningún control sobre su alimentación con peces salvajes, es decir, procedentes de ecosistemas marinos en los que se daña su salud más que si esos peces salvajes fueran directamente al plato. Es más, al contrario de otros países, en España la información facilitada por las cadenas de supermercados a esta fundación internacional ha sido "muy decepcionante". Lo que si ha quedado claro es que ningún supermercado tiene como objetivo eliminar productos acuícolas alimentados con pescado salvaje, que no están invirtiendo dinero, ni tiempo para buscar alternativas sostenibles y que no se informa a los consumidores del asunto. Es más, incluso se detecta una fuerte inversión en marketing para algunos de estos productos, como los derivados del salmón.

La cuestión no es baladí en un país en el que el consumo de pescado y marisco per cápita es de los más altos del mundo. A nivel global, la acuicultura es el sector alimentario que más rápido crece y se calcula que en una década representará ya el 60%. España es, además, el país de la Unión Europea con la producción más elevada, alcanzando ya las 311.000 toneladas, es decir, casi la cuarta parte de toda la UE. En el caso del salmón fresco, en 2017 ya era el segundo mayor consumidor europeo (con el 26%).

Conviene echar la vista atrás para comprobar cómo la expansión de la pesca industrial durante el siglo XX dañó gravemente las poblaciones de especies marinas en todo el planeta. Para 2017, el 93.8% estaban al límite o con una sobrepesca que impide su mantenimiento biológico, pese a lo cual la demanda de productos del mar sigue en aumento. Es verdad que en medio siglo ha aumentado la población mundial, pero es que desde 1961 el incremento de consumo de pescado ha doblado el de seres humanos. Y España lidera este incremento con un 4,2% anual.

Desde 1961, el incremento de consumo de pescado ha doblado el de seres humanos. Y España lidera este incremento con un 4,2% anual

En este contexto de expolio, las multinacionales del sector acuícola se han presentado en los últimos años como la solución a los límites naturales de la pesca: el sector ofrece cultivar peces y mariscos en instalaciones en lugar de extraerlos de los océanos y, además, de forma más barata.

La cuestión es que hay que alimentarlos y pocas personas saben de la dependencia que especies como el salmón, la lubina, la trucha o los langostinos, tienen de harinas y aceites de pescado (llamadas FMFO, por sus siglas inglesas), productos que son elaborados, en su mayor parte, de peces y crustáceos salvajes que hay que pescar para convertirlos en FMFO. Se calcula que dos tercios del FMFO para peces de piscifactorías se elaboran a partir de peces capturados específicamente para este fin, en su mayor parte en mares de Asia, África o América Latina, mientras que sólo otro tercio se obtiene de lo que la industria describe como ‘recortes y subproductos’, es decir, lo que no vale para el consumo humano directo. Ahora bien, ante la falta de transparencia del sector, ¿tenemos la certeza de que ese tercio de 'subproductos' son realmente desechos y no son también peces salvajes aptos para el consumo humano directo?

Por otro lado, esta actividad, como ha investigado Changing Markets, está mayoritariamente en manos de un pequeño grupo de multinacionales (Cargill, Biomar, Skretting, Mowi, Leroy) que genera devastadoras consecuencias en los océanos: para alimentar el negocio, cada año, 15 millones de toneladas de pescado son convertidas en las mencionadas harinas y aceites, casi el 20% de la captura oceánica mundial.

Ante esta situación, y según constata la investigación ‘Atrapados…’, llama la atención que los supermercados españoles tengan tan bajo nivel de ambición respecto a la gestión responsable de los océanos, aún cuando en sus informes de responsabilidad social y sus páginas web destacan sus compromisos ambientales. Los que más puntuación obtienen se quedan en un escaso 12,5% de la puntuación (Mercadona, Dia, Lid, Consum), mientras que otros se sitúan en el 10,5%  (Eroski, Auchan, IFA-Ahorramas/Bon Preu) y los últimos en un 8,5% (El Corte Inglés y Carrefour). En el Reino Unido, algunos alcanzaron el 50% y el 60%, al reconocer la necesidad de eliminar el pescado salvaje en los piensos para acuicultura.

Changing Markets prueba que existe una estrecha relación entre el sector que produce esas harinas y aceites de pescado extraído en áreas de países en desarrollo y los supermercados. Es el caso de la empresa noruega Mowi, que es la mayor productora mundial de salmón del Atlántico, una de las mayores productoras de alimentos para acuicultura y principal proveedora de salmón de Lidl en España. También el de Lerøy (empresa noruega dedicada a la acuicultura) y Mercadona. Ambas compañías nórdicas obtienen cantidades importantes de pescado salvaje para FMFO en áreas de Africa Occidental (Mowi obtuvo más de 10.000 toneladas de aceite de pescado en Mauritania en 2019) y Perú (origen de más de una cuarta parte del aceite de pescado de Lerøy, también en 2019).  Y no son las únicas: también se han encontrado evidencias de prácticas insostenibles en Gambia, India y Vietnam. El impacto social es evidente en países como Senegal o Gambia, donde la expansión de esta industria de FMFO está forzando a muchas personas a emigrar a Europa.

Es hora de que el sector de la distribución en España intensifique sus compromisos con la sostenibilidad y sustituya el uso de peces salvajes en la alimentación en pescados y mariscos de cría por alternativas sostenibles

En definitiva, esta investigación deja claro que el modelo extractivo de los océanos que requiere la acuicultura es un peligro real tanto para los ecosistemas marinos como para muchas comunidades, cuya seguridad alimentaria depende de la pesca. Es evidente que los supermercados tienen una responsabilidad en ello porque su marketing condiciona nuestras compras, que debieran ser más sostenibles. Por ello, es hora de que el sector de la distribución en España intensifique sus compromisos con la sostenibilidad, reconozca los riesgos que plantean sus cadenas de suministro acuícola y se comprometa a eliminar gradualmente el uso de peces salvajes en la alimentación en pescados y mariscos de cría, sustituyéndolos por alternativas sostenibles, un objetivo que se debería lograr, a más tardar, para el año 2025.