Posibilidad de un nido

“Me voy”

Pixabay.
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Vengo notando hace algún tiempo un huir general sin moverse del sitio, una mirada más allá, una incomodidad de vida en los alrededores. Me escribe una amiga periodista quejándose de que no puede largarse de tuiter porque depende de ello su trabajo. Sin embargo, "si pudiera no volvería a entrar ahí en mi vida", leo. Es una mujer que sale en la televisión muy de vez en cuando y escribe artículos de opinión. Pienso lo mismo. A veces fantaseo con la posibilidad de ganar dinero, ganar dinero de verdad, no a dentelladas, y una de las primeras cosas que me vienen a la cabeza es retirarme de esos lugares, sí, de tuiter por ejemplo. Y también de una forma de vida, ya digo, a dentelladas.

No solo son las redes sociales las que delatan un ánimo centrífugo. También Madrid. Una de las frases que más veces he oído durante esta pandemia, sobre todo en las últimas semanas es "Yo me voy de Madrid". Se trata sin duda de un pensamiento ayusístico, de un ánimo cacerólico, pero también de algo que estaba ahí desde mucho antes. Se trata de vivir en una gran ciudad donde el sueldo que ganas no llega para pagar el alquiler, los suministros básicos y el alimento. Y si llega es con el corazón encogido por lo que puede sucederte al mes siguiente. ¿Dónde estarás? ¿Tendrás trabajo? ¿Podrás pagar el piso que habitas?

Cunde un me voy que apenas nos creemos, un me voy que sorprende incluso a quien lo dice, que te pilla en cueros. Un me voy que es de celebrar en tanto en cuanto somos capaces de plantearnos la posibilidad. Una no siempre puede plantearse una posibilidad, así que bienvenida sea. Esa posibilidad es hija de una evidencia: no nos gusta dónde estamos. Dónde estamos en sentido amplio, en territorios geográficos, territorios virtuales, territorios mentales.

La pregunta es: ¿Dónde estamos? ¿Sabemos de verdad dónde estamos? Evidentemente, quien se plantea ese me voy es porque se siente en un entorno hostil. Dejémoslo ahí: hostil. Pero un entorno no se convierte en hostil de la noche a la mañana. No estamos hablando de un largarse por la pandemia, qué va, la pandemia tiene otro papel en todo esto, un papel fundamental. El entorno hostil, sea Madrid, sea tuiter o sea tu casa, ya estaba ahí antes de esta oleada de me voy. Es como esa idea (no conozco la práctica) de que si hierves a un animal vivo es recomendable sumergirlo en el agua cuando aún está tibia, e ir subiendo la temperatura de manera que, cuando llega al punto de ebullición, la bestia no se ha dado ni cuenta. El caldo en el que nos cocemos era soportable hace tiempo; después, poco a poco, se fue haciendo más y más molesto y quién sabe si está llegando al punto en el que empezamos a cocernos efectivamente. La cosa es que nos hemos ido acostumbrando a un entorno que, como quien no quiere la cosa, se ha ido haciendo cada vez más aciago.

Y de repente nos hemos parado en seco. Ahí sí, ahí entran la pandemia, el confinamiento, el COVID19. Nos han encerrado en casa, nos han dado tiempo de pensar, de mirarnos a la cara, de tomarnos unos minutos siquiera para dejar de correr, dejar de pelear, dejar de defendernos. Y parece que a mucha gente no le gusta lo que ha visto.

Aún hay un detalle más en ese me voy. Cabría pensar en la disyuntiva entre irse, o quedarse y cambiar lo que te expulsa. El hecho de que cunda el me voy evidencia la renuncia a intervenir en ese entorno embrutecedor para modificarlo y que no resulte tan hostil, hacerlo más vivible. Tengo la sensación de que agoniza la confianza en que ciertas cosas pueden cambiarse. La ferocidad de ciertas redes, de ciertas políticas, que ciertos grupos sociales.

Nunca sé qué contestar cuando alguien me dice "me voy de tuiter" o "me voy de Madrid" más allá de "a mí también me gustaría". El siguiente paso es hacerlo, claro. Como es un paso largo, mientras lo damos deberíamos preguntarnos qué nos ha hecho renunciar a cambiarlo. Puede ser que nos parezca una tarea imposible. Puede que consideremos que el esfuerzo no merece la pena. Puede ser, también, que cuando te permiten parar y mirarte, una vez apartas la cara del espejo echas una ojeada a tus alrededores y entiendes muchas cosas.