Posibilidad de un nido

Lijtmaer y Calderón son nuestras voces

Lucía Lijtmaer e Isa Calderón, ganadoras de un Ondas.- Cecilia Díaz Betz

Aquel era un tiempo de hombres. La mejor prueba de ello es que cada vez que lo digo, alguien me responde "pero también estaba Encarna". El tiempo es las voces que lo pueblan, que lo narran y por lo tanto lo retratan. No es solo relevante lo relatado, sino también la voz que lo hace. Yo crecí e incluso llegué a ser madre en una época de hombres. Era un tiempo sólido, autoritario, de "jefes" y respetos reverenciales.

Los medios de comunicación son las vías por las que la voz del tiempo se cuela en casa, en el dormitorio, en la ducha, en los viajes familiares, entre las ollas. Los medios de comunicación actuales todavía vienen de un tiempo de hombres y les tiran las costuras por las que se van colando mujeres enconadas, libres, insolentes; mujeres que no acatan la autoridad hasta ahora encallada. Las mujeres nos hemos ido colando, esa es la verdad, nadie ha abierto ninguna puerta, de repente estábamos ahí asomando desde la rejilla de la ventilación.

La primera e irrefutable prueba de lo anterior fue el movimiento #MeToo o #Cuéntalo. De golpe, millones de mujeres lanzaron su voz y esos timbres se colaron sin permiso en las rocas tristes del silencio macho. El paso del tiempo abre poros en lo eterno y lo hace penetrable. Solo esas voces podían narrar las agresiones constantes, universales e históricas que sufrimos las mujeres, todas. Pero esas voces no habían participado jamás en los medios de comunicación, no se les había abierto ninguna puerta que les permitiera narrarse. De lo contrario, lo habrían hecho hace muchísimo tiempo y no nos habrían dejado con la boca abierta de golpe, millones tras millones tras millones a un tiempo.

La rendija por la que se colaron arrastrando un genial torbellino de aire fresco –terrible, pero grande en cuanto que narramos una memoria colectiva– fueron las redes sociales. Así es, no la radio ni la televisión ni los periódicos. Las voces que empezaron a narrar –y de qué forma– la inconmensurable violencia machista cotidiana y ubicua entraron por unos nuevos medios de comunicación a los que no se había tenido tiempo de controlar, de ocupar, de llenar de aquellas otras voces de siempre. La magia que hizo posible aquello consistía en que las mujeres no necesitábamos invertir capital para difundir un mensaje. Para construir los medios antiguos, los tradicionales, bastaba una fortuna. Qué poco es una fortuna para tapar la realidad, qué fácil levantar barricadas de monedas contra lo que existe. Yo crecí en un tiempo de voces cubiertas de billetes. El respeto se compraba, la autoridad también.

Esta semana los Ondas no han premiado a Carlos Herrera, Matías Prats o Pedro Piqueras. Los Ondas han premiado, entre otras, a Lucía Lijtmaer e Isa Calderón al frente del podcast Deforme Semanal Ideal Total. Viéndolas allí de pie junto a Carles Francino pensé alborozada "¡bien! Se han colado". Después me di cuenta de que no solo es eso. Ya están ahí. Esa es la maravilla: ya están ahí. Las voces de las mujeres se han colado para quedarse, y son distintas. Sustituyen la autoridad por cultura y diálogo. Se ganan el respeto a base de humor, trabajo y sutileza. No han llegado hasta ahí aterrizando desde un talonario. Nadie les ha abierto la puerta. Se han infiltrado, encogiendo la tripa, por la finísima rendija de las nuevas formas de comunicación. Y a la vez ellas son una nueva forma en sí mismas.

La actualidad que muestran no está construida con un compendio de frases huecas de políticos sin tino, de un señor que prepara un equipo de señores para jugar, de un señor que da vueltas cada vez más rápidas y peligrosas a un circuito cerrado subido en un vehículo. Es una actualidad que habla de lo profundo de los días que vivimos. Basta una enumeración de títulos: Lo que nos hace felices, Dóciles, La Paz, Placer culpable, Perversos narcisistas, Antirromanticismo

Lijtmaer y Calderón retratan con el Ondas en las manos un tiempo de mujeres, que es exactamente lo contrario de un tiempo de hombres. Sus palabras se cuelan en dormitorios, salones, automóviles, cocinas, la risa y los libros, el pensamiento, la denuncia y la evidencia. Pero sobre todo ofrecen, ¡por fin!, unas voces en las que reconocernos, con las que tejer identidades. O sea, crecer juntas. Como sucedía en los tiempos anteriores, no solo es sustancial lo que se narra, sino con qué voz se cuenta. Las de Lijtmaer y Calderón son nuestras voces. Y ya están aquí.