Posibilidad de un nido

No matan las pistolas

Duelo entre cowboys.- Pixabay

Todos acuden al funeral por la matanza en el colegio de Texas.

El cowboy se quita el sombrero en señal de duelo y posa la mano sobre su pistola, aceitada para la ocasión.

El sheriff, el bueno del sheriff, llega con el aura de ser él quien abatió al anterior malhechor. Abatir es el verbo más turbio del verbo matar.

El detective del condado abre la guantera del coche y deposita allí su revólver, de manera que todos lo vean, una forma de respeto.

Decenas de agentes pasean los alrededores ofreciendo la seguridad que dan sus armas en la sobaquera. Y los fusiles.

El detective no se ha decidido a dejar su pistolita en casa, no se fía.

Son los buenos. Los buenos y sus armas.

Siempre me ha llamado la atención la construcción del western, género del relato fundacional de los Estados Unidos. En las tradicionales películas del Oeste, en general, solo hay hombres y esos hombres solo matan y beben. Matan, beben y montan a caballo. Cabría preguntarse por qué no se caen del caballo si no comen ni apenas duermen. También hay putas. El relato fundacional de los Estados Unidos está levantado sobre el hecho de matar, o sea, sobre las armas. Consiste en matar, por supuestas justicia o venganza, por honor o codicia, por defensa o miedo, da igual. Matar. Les siguen los relatos de serie negra, los detectives, los de la mafia y la policía, los de fascinantes asesinos en serie, los de detectives e investigadores... Recuerde una película de gran producción donde no haya un muerto, una explosión, una pistola.

Sin embargo, en una sociedad pasan muchas otras cosas. Es más, en una sociedad sobre todo sucede el resto de los asuntos: se come, se ama, se forman familias, se baila, se trabaja, se sufre, se crece, se va al colegio, se envejece, se cuida a los ancianos y ancianas. Todo eso, en la inmensa mayoría de los casos, se hace sin matar, sin armas.

Las pistolas no crecen en los árboles ni se disparan solas. Lo que mata no son las pistolas sino las personas. Da sonrojo escribir obviedades. Por supuesto hay que restringir su venta, de hecho habría que prohibir su circulación, pero estrechar los sucedido una y otra vez hasta ese punto es tan pueril como inútil.

La matanza escolar de Texas merece una reflexión mayor, si no en Estados Unidos al menos sí aquí. Es evidente que los ámbitos eliminados del relato épico –cualquiera, desde el western a los evangelios– son los considerados propios de las mujeres: gestación, parto, crianza, alimento, higiene, cuidados, hogar, vida privada. Incorporar tales narraciones y llevarlas al espacio público es una forma de luchar contra la violencia.

No matan las pistolas, mata el relato.