Posibilidad de un nido

Bésame, rubia

Querida mía, recuerdo la primera vez que te besé. Llegué a tus labios sin más datos, llegué naciendo allí. Un beso no se aprende, un beso nace beso sobre los labios lecho y campo abierto, territorio, abrigo, espejo, beso delta.

El beso que te di, mujer, aún no existía, no le cabe a ese beso la posibilidad de ser imaginado, no le cabe memoria de otro beso, no hay registro de nada semejante. Los millones de besos que decoran todo lo que hemos visto, leído, soñado, temido, nada saben del beso que nos dimos.

A besar no se aprende. Besar es un impulso o no es besar. El beso que ahora irrita a los mostrencos no es ese saludo escueto entre dos mujeres que se quieren en una historia infantil, sino un beso como el nuestro. Su posibilidad. Y no les turba, qué va, les enfurece. No se trata del embarazo propio de los puritanos, sino de la indignación propia de quien pierde las riendas y ve cómo se escapa aquello que era suyo. Es más, su herencia favorita, la joya de su poseer: nuestros cuerpos, querida, nuestros cuerpos.

Aquel beso de entonces, nuestro beso, sacudió catedrales, reales academias, fruterías, museos, tiendas de ropa, señales de tráfico. El beso que te di no se puede explicar a las amigas, no cabe en las palabras. Aquel beso goteaba subversiones y destrozos.

En aquel beso éramos.

Y somos, sí señora, eso somos.

Somos los cuerpos rescatados del dolor y la condena que eligen un nacer en cada beso, gajos de mandarina nuestros labios. Somos lo que de censurable tiene el bosque en cada hoguera, cada caer la tarde, sin miedo bosque territorio.

Somos capaces de besarnos sin haber conocido ese beso que eleva, el beso que no existe en las películas, el beso que es el primer beso a cada lengua.

Tiemblen los feroces henchidos en familia, alzados en su triste braguero, contra el beso de Lightyear. Sabemos que no es eso. Que no es Lightyear. Que no es Pixar. Que no son esas personajes de cuento al saludarse. Sabemos que no pueden soportar este futuro nuestro de cuerpos de mujer libres de bridas.

Escribo sonriendo, hermosa, querida mía, porque recuerdo la primera vez que te besé. Porque sé que nada nos había enseñado a hacerlo, nada había previsto la belleza.

No son idiotas. No creen que un beso de Disney contagie a sus vástagos. Es por lo nuestro, rubia, por lo nuestro. Bésame, rubia, bésame tú ahora mismo y hazlo, como siempre, por primera vez.