Opinión · Crónicas insumisas

Sin educación es más fácil manipular. Malala Premio Nobel

Tica Font, Directora del Instituto Catalán Internacional por la Paz y miembro del Centre Delàs d’Estudis per la Pau.

Malala Yousafzai tiene 17 años, muy joven demasiado joven para tener sobre sus hombros una historia de sufrimiento y lucha tan dura.

Su historia comienza en 2009, cuando tenía 12 años y los talibanes que controlaban el valle del Swat en Pakistán, impusieron su versión del islam a todos los habitantes y en todas las esferas de la vida; una de las medidas fue prohibir que las niñas pudieran ir a la escuela. En ese mismo año un periodista se fijó e hizo público un blog de la BBC del que ella era autora y en el que contaba, como en una especie de diario, como era la vida bajo el control taliban, como aumentaban las restricciones y las presiones para ir a la escuela, sus miedos, como lentamente otras niñas abandonaban el pueblo, dejaban de ir a la escuela o narraba las angustias de sus compañeras.

A pesar de ello, aunque algunas de sus compañeras dejaban de ir a clase ella continuaba acudiendo aunque de manera casi clandestina, sin uniforme y escondiendo los libros. Un periodista se interesó por su blog, la entrevistó, le puso cara y para los talibanes se convirtió en un símbolo a combatir. Ya en 2010 el ejército pakistaní expulsó a los talibanes de Swat y Malala pudo volver a clase. El mismo Gobierno decidió convertirla en un icono y darle un premio, pero ella y su familia sufrían amenazas continuas, finalmente en el 2012 las amenazas se convirtieron en realidad, unos hombres armados subieron al autobús en el que volvía a casa de la escuela y le dispararon a bocajarro en la cabeza y el cuello. Se recuperó después de todo una año en un hospital inglés y desde entonces reside y va a clase en Inglaterra.

Los talibanes la acusan de abandonar el islam y de convertirse al laicismo, es evidente que la educación es un freno al adoctrinamiento y a la manipulación.

Desde el atentado contra Malala, decenas de colegios en Swat, Nowshera, Charsadda, Swabi, Peshawar y las regiones tribales fronterizas con Afganistán han sufrido ataques de los extremistas. Sorprende la impunidad y la frecuencia con las que actúan los grupos insurgentes. Sorprende aún más que a pesar de las agresiones, los niños vuelvan a escuelas que carecen de electricidad, de cristales en las ventanas, de aseos y, a veces, hasta de aulas. A menudo las lecciones se imparten a la intemperie.

Pero la violencia talibán es solo uno de los muchos males que afectan al sistema educativo de Pakistán y, por extensión, al Estado. Los talibanes son responsables del atentado contra Malala, pero los principales obstáculos para que los niños y niñas puedan acceder a la educación en Pakistán son la ausencia de voluntad política y años de mala gobernanza a nivel nacional, provincial y local; las malas políticas educativas y la pobreza. Muchos niños acaban la escolarización sin saber escribir su nombre correctamente y en otros muchos casos son los propios padres quienes no encuentran sentido a que sus niños vayan a la escuela, por no decir la distinta actitud que la sociedad pakistaní adopta ante la educación de mujeres y hombres. El sistema patriarcal imperante hace que la sociedad no conciba a las mujeres como un sustento familiar y que carezcan de estatus y valor social, es por ello que las familias conceden mejor formación a los niños que a las niñas.

Muchas escuelas privadas de Pakistán prohíben la lectura del libro de las memorias de Malala, aduciendo que no es respetuoso con el islam, porque cunado menciona a Mahoma no añade a reglón seguido la expresión “que la paz sea con él”, como es habitual entre musulmanes piadosos.

El triunfo de Malala es el triunfo sobre los retrógrados que niegan la educación a la mitad de la infancia.