Opinion · Posos de anarquía

Cameron y su manual de desorden público

El primer ministro británico, David Cameron, fue muy claro ayer durante su comparecencia en el Parlamento: «es hora de romper el manual sobre desorden público y volver a escribirlo”. Esa es su máxima para sofocar las peores revueltas en Reino Unido de las últimas décadas. A medida que han pasado los días desde que estallara la oleada de violencia, el discurso del premier se ha ido endureciendo, rozando ya las medidas autoritarias. Medidas, por otro lado, que anuncia más en modo preventivo que efectivo, pues en Inglaterra hemos vivido una segunda noche de calma y los disturbios son puntuales.

A un posible toque de queda o la intervención del ejército se suma ahora la advertencia de un apagón de internet. Cameron informó de la colaboración estrecha entre policía, servicios de inteligencia e industria para ver la viabilidad de cortar las comunicaciones vía Facebook, Twitter o el chat cifrado de Blackberry -que, según Scotland Yard, ha sido clave para que los violentos se organizaran-. Todo lo que haga falta para reestablecer el orden en las calles… aunque sea violar los derechos de los ciudadanos. Derechos que ya se podrían estar violando con la publicación en internet de las imágenes recogidas por las cámaras de videovigilancia, algo que en España sería ilegal según la Ley de Protección de Datos.

Desde el punto de vista de Cameron, las causas de las revueltas no son políticas ni tienen que ver con la pobreza; sencillamente es un problema cultural, de una educación recibida por los jóvenes que no les ayuda a «distinguir entre el bien y el mal». Pero aunque tuvieran un fin para Cameron, lo que desde luego no justifica el líder conservador son los medios empleados: el saqueo y la violencia. La pregunta es, ¿cómo va a educar él a esos jóvenes «de una sociedad enferma», cómo les va a enseñar que el fin no justifica los medios si él mismo con sus medidas represoras sí lo hace?

Atrás han quedado los tiempos -recientes, por otro lado- en los que el bloggero y activista Wael Ghonim era portada de Time por su decisivo papel en la Primavera Árabe egipcia, o las palabras en Londres, precisamente, del asesor de Innovación de Hillary Clinton, Alec Ross, cuando aseguraba que «Internet es el Che Guevara del siglo XXI». Cuando uno experimenta en carnes propias el potencial de las redes sociales, el tema cambia. ¿Justifico con ello la violencia de las revueltas, la ‘Doctrina del Shock’ que me apuntaba ayer un colega a través de Twitter? En absoluto, como tampoco justificaría ese apagón de Internet.

Ayer fue lamentable ver cómo la Cámara de los Comunes perdía más tiempo en hablar de lo obvio que en profundizar en las causas de los disturbios. Aún cuando sólo fuera un problema moral, como insiste Cameron, su Gobierno tiene una responsabilidad capital. Entiendo que su cautela le lleve a seguir manteniendo una imagen de dureza extrema tanto en el despliegue policial como en la acción judicial pero, con todo, la amenaza de cortar libertades esenciales no sólo evidencia un desconocimiento del poder real de las redes sociales sino, además, una regresión a la máxima de ‘matar moscas a cañonazos’ que, lamentablemente, estamos viendo en otros países al otro lado del Mediterráneo sin ir más lejos.

Quizás debería revisar si la nueva redacción del manual sobre desorden público está siendo la más correcta.