Opinion · Posos de anarquía

La hora de la verdad para Libia

Los rebeldes han tomado Trípoli, los hijos de Gadafi ya han sido detenidos y el patriarca, siguiendo el manual del buen dictador, ha comenzado a sacar sus millones del país preparando su fuga mientras pide a sus seguidores que sigan dejándose la vida para darle tiempo a escapar, posiblemente a Sudáfrica. Y ahora, ¿qué? Ahora Libia se enfrenta a todo un reto, como ya anticipé hace semanas.  Y surgen preguntas, como si Libia debe mirarse en el espejo egipcio para evitar que la transición se enquiste. Una transformación del país que liderará el Consejo Nacional de Transición (CNT) y que corre un grave riesgo: devolver los favores prestados a la Comunidad Internacional, con la OTAN al frente. Nadie presta duros a pesetas, como se decía antes.

EEUU, Reino Unido, Francia y el resto de los países occidentales deberían echarse a un lado y no interferir en la transición, labor que corresponde única y exclusivamente al pueblo libio. Por esta razón, el CNT no debería ver condicionada su actuación por los intereses de los países de la Alianza. En este sentido, ¿se abrirá un proceso constituyente para articular el nuevo Gobierno en torno a una Carta Magna? ¿Se convocarán unas elecciones libres para que el pueblo elija democráticamente a su Gobierno? ¿Qué repercursiones traerán los juicios a los hijos de Gadafi y, si éste es apresado también, al propio dictador? Este último punto es mucho más crucial de lo que quieren ver algunos. El juicio de Mubarak en Egipto así lo ha puesto de manifiesto, puesto que nunca antes un pueblo había juzgado a su dictador depuesto. Saddam Hussein fue ahorcado a manos de EEUU, sin ir más lejos.

Esta guerra, que ahora podría estar en su recta final, ha sido una de las más cuestionadas de los últimos tiempos, con dos bandos bien definidos: por un lado, los defensores del régimen, que aseguran que la guerra no es del pueblo, sino de los jefes tribales ‘pagados’ por la OTAN -con Chávez como máximo defensor del dictador-; por otro, los detractores de Gadafi, en el que ven a un mandatario que vulnera sistemáticamente los Derechos Humanos de su pueblo. Entre medias, es cierto que hay mucho ideólogo en contra de la guerra y también de Gadafi, pero no exponen una solución alternativa a la situación que parecía vivir el país, pues si algo se evidenció es que el dictador se negaba a dejar el poder y que los rebeldes no tenían capacidad por sí solos para derrocarlo.

Es la hora de la verdad para Libia. El CNT ha de poner sus cartas sobre la mesa y demostrar si tiene como fin último el autogobierno o, por el contrario, ser un régimen más instrumentalizado a manos de Occidente. En su mano está, y sólo en su mano, facilitar que el pueblo libio elija -y ejecute- su propio futuro. Así debería ser, de lo contrario, la guerra, las vidas perdidas serán totalmente injustificables desde cualquier prisma. Antes de que me acribillen a comentarios acusándome de defender las muertes admitiré que sí, que creo que hay situaciones extremas en las que puede merecer la pena dar la vida por una causa. Aquella célebre frase de «es mejor morir de pie, que vivir de rodillas«, utilizada por revolucionarios como Zapata o el Che. La cuestión a dilucidar ahora es: los que dieron su vida, ¿realmente lo hicieron por la causa que creían? Como digo, el CNT tiene la respuesta. Que responda.