Posos de anarquía

Una bomba en el turbante

¿Recuerdan la caricatura de Kurt Westergaard que dio la vuelta al mundo? ¿Aquella en la que se representaba a Mahoma ocultando una bomba en el turbante? Pues ayer dejó de ser un dibujo y los trazos se trasladaron a la vida real en un atentado suicida que acabó con la vida del presidente del Consejo Superior de la Paz de Afganistán y principal negociador con los talibanes, Burhanuddin Rabbani. El que fuera ex presidente de Afganistán tenía previsto reunirse ayer mismo con representantes talibanes, a los que quería incluir en el proceso de paz.

Cuando tu interlocutor en las conversaciones termina por asesinarte es señal de que las negociaciones no están bien encaminadas. Se mire como se mire. Habrá quien señale únicamente a la rama de los Haqqani, a los que se atribuye el atentado, pero eso no hará sino evidenciar la dificultad de las conversaciones de paz que no han conseguido reunir en la mesa a todos los agentes involucrados. Negociaciones, en ese sentido, mal ejecutadas, aunque sea cuestionable si eso es reprochable o no, dado el reto colosal que supone.

¿Qué dibujo queda ahora de Afganistán? El de un país que no ha dejado de estar en guerra aunque las fuerzas de ocupación ya tengan fecha de caducidad. Fecha, por otro lado, que Obama y sus aliados se han impuesto más por motivos de coste político -económico y humano- que porque el trabajo se haya terminado. La situación en el país no es mucho mejor que hace unos años y los talibanes se encargaron de dejarlo claro en el mismo aniversario del 11-S. Las crudas crónicas del compañero Pampliega dan una idea muy clara de qué significa esta guerra para los talibanes.

En medio de ese país caótico, que ahora algunos ensalcen la figura de Rabbani sólo porque ha sido asesinado es injusto. Injusto para las víctimas de los ataques a Kabul que Rabbani lideró hace una década; injusto para las mujeres violadas por sus milicianos; injusto para la limpia étnica que llevó a cabo. Las malas acciones no se borran con las buenas -si es que las hubo-, ni siquiera por haber sido asesinado en un atentado.

En el fondo, Rabbani también ocultó sus bombas en el turbante. La diferencia respecto a su ejecutor es que él lo hizo a posteriori y no se inmoló.