Posos de anarquía

Marruecos y su FiSahara de imitación

Festival Internacional de Cine y Memoria Común. Quizás no caen a qué me refiero y, sinceramente, me alegro por ello. Se trata del festival de cine que organiza Marruecos en Nador y que de manera algo más que pretenciosa se vende con la bandera de referente del progreso y de los Derechos Humanos (DDHH)... a penas unos días después de conseguir que la MINURSO no vele por los DDHH en el Sáhara Occidental.

La fecha de este festival no es casual. Recuerdo cuando arrancó la iniciativa hace unos años y la hicieron coincidir, de manera improvisada y chapucera, con el FiSahara, el Festival Internacional del Cine del Sáhara. Comenzó como una pataleta contra una iniciativa que este año cumple ya una década. Porque FiSahara siempre le ha escocido a Mohamed VI y, en años como en 2009, cuando incluso la actriz marroquí Farah Hamed se sumó al festival, todavía más.

Las diferencias entre ambos certámenes son abismales. FiSahara nació como una pata más del proyecto Cine por el pueblo saharaui, impulsado por el colectivo CEAS-Sahara para llevar la cultura y el ocio a los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf. Y digo que es sólo una pata más porque gracias al esfuerzo de muchísimas personas se llegó, incluso, a crear la Escuela de Cine del Sáhara como proyecto de cooperación. Esta escuela Abidín Kaid Saleh ya ha terminado el segundo curso y dota a los jóvenes saharauis del arma del cine, para que ellos mismos cuenten su historia, que ellos ofrezcan de primera mano su visión y punto de vista, fundiendo los conceptos de 'la revolución del cine' y 'el cine de la revolución'.

Volviendo al FiSahara, nada tiene que ver con el Festival Internacional de Cine y Memoria Común. FiSahara es todo menos lujo, menos pretensión. FiSahara, con todos los errores que habrá cometido, que seguro que los cometió, es humildad, sacrificio y entrega. FiSahara es compromiso y, por encima de todo, es Derechos Humanos. Fisahara no sólo consigue llevar una vez al año el cine y la música a Dajla, el campamento de refugiados más alejado de todos en pleno desierto del Sáhara, sino que gracias a la ayuda desinteresada de celebridades del celuloide, actúa como altavoz del conflicto, de la violación de libertades y DDHH de la que el Gobierno español es cómplice.

No les voy a contar del esfuerzo que supone levantar una cita como FiSahara, que este año se postpone hasta el 7 de octubre (7-13 octubre). No les voy a contar lo difícil que es conseguir montar tres pantallas de proyección en mitad del desierto, sin electricidad ni agua corriente. Y tampoco cómo hay que buscar dinero hasta debajo de las piedras para realizarlo y que quienes lo sacan adelante no cobran un sólo euro.

Prefiero contarles lo que viví en 2011, cuando una noche con un cielo cuajado de estrellas porque la luna apenas se aparecía, se proyectaba al aire libre en la 'Pantalla del Desierto' (montada en un trailer de camión) Entrelobos, de Gerardo Olivares. Me tiré toda la película más pendiente de las caritas boquiabiertas de los niños y niñas saharauis viendo las andanzas de Juanjo Ballesta por Sierra Leona que del largometraje en sí que, por cierto, se hizo con la Camella Blanca, el primer premio. La mezcla de felicidad, de asombro, de inocencia e insaciable curiosidad que se veía en sus caras era indescriptible y, si pudiera describirla, les aseguro que el sentimiento que ello producía en mí no podría plasmarlo en palabras. Terminó la película y los pequeños regresaron a sus jaimas aullando, jugando entre ellos como lobitos del Sáhara.

Eso lo vale todo. Y eso, jamás lo tendrá el festival de Marruecos. Que inviten a García-Margallo.