Posos de anarquía

Los afiladores de guillotinas

Seis años después del estallido de la crisis, Goldman Sachs sigue atrayendo talento o, lo que es lo mismo dejando a un lado el lenguaje neoliberal, servidumbre sin escrúpulos. Llega el verano y la entidad anuncia a bombo y platillo que acaba de fichar a 350 becarios de entre más de 17.000 solicitudes y uno se pregunta: ¿es que no hemos aprendido nada, la gente está desesperada o el mundo cada vez tiene más indeseables?

La implicación del banco de inversión en la tragedia griega -la 'contabilidad creativa' de Grecia para ingresar en el euro- está más que probada, aunque nadie haya sido -ni será- puesto entre rejas. La crisis alimentaria que entre 2007 y 2008 llevó a más de 150 millones de personas a vivir en la extrema pobreza fue también, en gran parte, obra de los chicos de Goldman y sus derivados finacieros.

Y a pesar de todo ello, Goldman Sachs recibe entre 50.000 y 70.000 solicitudes de empleo a tiempo completo durante el año. Su poder de atracción no sólo parece intacto, sino que se ha amplificado porque, en realidad, la crisis estafa a la que este banco contribuyó es, precisamente, la que más poder le está otorgando. A fin de cuentas, buena parte de sus ex altos ejecutivos manejan ahora los hilos de Europa y eso le ha de beneficiar de algún modo, ¿no es así? Aunque sea con la impunidad y las cortinas de humo que hagan falta para que a su consejero delegado Lloyd Blankfein no se le caiga la cara de vergüenza al declarar a principios de año en Davos que "el momento de crisis ha terminado". Que se dé una vueltecita por España y nos cuente si se ha terminado.

¿Por qué la gente sigue queriendo trabajar en una empresa de tal calaña? La lista de motivos es larga, pero al final todo se reduce a una cosa: dinero. ¿Acaso no trabajamos todos por eso? Sí y no. A diferencia del modelo que defiende Goldman Sachs, el de incrementar las ganancias sin freno ni otro objetivo que el mero crecimiento, somos muchos quienes defendemos otro planteamiento. ¿Crecer para qué? La respuesta del banco de inversión sería "para seguir creciendo", sin importar a costa de qué ni en perjucio de quién pues en eso se basa lo que ellos llaman "competitividad".

Ese modelo, el neoliberal, ha fracasado y si aún no ha caído por su propio peso es porque continúa retroalimentándose con empresas como Goldman Sachs. Es un sistema que lleva con respiración asistida los últimos cinco años y lo malo es que esa respiración es la que nos arrebata a los demás, asfixiándonos con la austeridad, con gobiernos ilegítimos neofascistas que no dudan en aplastar a quienes se atreven a rebelarse.

¿Y qué culpa de ésto tienen los jóvenes becarios de Goldman Sachs? Todavía poca, pero embarcándose en esta nueva aventura ya van asumiendo su cuota de responsabilidad, aún minúscula comparada con lo que está por venir. Y es que, además, ¿qué se puede esperar de esos becarios cuya formación, en realidad, ha sido dirigida a la perpetuación del neoliberalismo? Porque en este punto, no lo podemos olvidar, el papel de algunas universidades y, más aún, de todas las escuelas de negocio es clave. Estas fábricas de indeseables están tan enquistadas en el modelo neoliberal que, si me apuran, no se entiende la existencia del uno sin las otras y viceversa porque, si bien es cierto que la ruindad tiene su punto innato, para alcanzar las cotas de algunos poderosos es preciso pulir el potencial.

"Pero eso es como decir que por ser el afilador del cuchillo del asesino eres malo", me dirán ustedes. Y cierto es que el afilador no sabe para qué se aprovecha su buen hacer, pero Goldman Sachs y esas escuelas de negocio no afilan cuchillos, sino guillotinas.