Opinion · Posos de anarquía

Felipe y Mohamed, dos sextos de tres al cuarto

Los Reyes de España, los nuevos, porque los otros viven un retiro dorado, están en viaje oficial en Marruecos, donde Mohamed VI les ha recibido con honores militares. Felipe VI llega a Rabat en pleno Ramadán y el sultán le ha agasajado con un iftar en su honor, esto es, la única comida que los mulsulmanes pueden hacer durante el mes de ayuno.

El propósito de este viaje, hablando en plata, no es más que presentar oficialmente a la nueva pareja real y pasarle la mano por el lomo al sultán. Al margen de visitas a monumentos e inauguraciones, ni siquiera la Casa Real tiene a bien informarnos qué temas abordarán los monarcas. A esta hora, tampoco lo hace el ministerio de Asuntos Exteriores. La versión oficial girará en torno a algo así como «estrechar lazos de cooperación en la lucha contra la inmigración (aún no saben que contra lo que hay que luchar es contra los países desarrollados, que somos los mayores precursores de la inmigración), contra el narcotráfico y el terrorismo y fortalecer las relaciones comerciales».

Precisamente al respecto de este último punto, Marruecos ha ratificado su acuerdo de pesca con la Unión Europea (UE). El mismo acuerdo que jamás debió de ser suscrito porque afecta a territorios, como son los del Sáhara Occidental, sobre los que Marruecos no tiene ninguna legitimidad para decidir. Pero eso a la UE le da igual, y al Gobierno de España y al rey, menos aún: sólo les importan el centenar de licencias de pesca con las que los buques españoles robarán pescado a los saharauis.

Mientras Felipe VI habló de un «tiempo nuevo» durante su proclamación, Exteriores habla de «continuidad» en lo que a las relaciones hispano-marroquíes se refiere; dicho en otras palabras: extensión de la traición al pueblo saharaui que, no lo olvidemos nunca, fueron ciudadanos españoles con DNI entregados a las impías hordas marroquíes. Nuestro nuevo rey, en su discurso ante las Cortes, dijo que «hoy es un día en el que, si tuviéramos que mirar hacia el pasado, me gustaría que lo hiciéramos sin nostalgia, pero con un gran respeto hacia nuestra historia». ¿Qué hay de respeto en abandonar a su suerte a toda una provincia española y a todos sus ciudadanos, tan patriotas entonces como los que hubiera en Madrid? ¿Qué habría de respetuoso hoy en día si España abandonara Ceuta y Melilla, si autoridades y fuerzas de seguridad del Estado dejarán las Ciudades Autónomas y sus habitantes quedarán a merced de Mohamed VI? Porque eso es, precisamente, lo que sucedió con el Sáhara Occidental.

Sin embargo, Felipe VI no sólo ha heredado la corona, también esa memoria selectiva, falta de conciencia y desfachatez a la hora de hablar por un lado de Derechos Humanos y, por el otro, negarlos por un puñado de dirhams. «Nuestros vínculos antiguos de cultura y de sensibilidad tan próximos con el Mediterráneo, Oriente Medio y los países árabes, nos ofrecen una capacidad de interlocución privilegiada, basada en el respeto y la voluntad de cooperar en tantos ámbitos de interés mutuo e internacional, en una zona de tanta relevancia estratégica, política y económica». Aquellas palabras durante su proclamación auguraban lo que será la visita de hoy, la misma que podría hacer un viajante de comercio capaz de cualquier cosa por cerrar un buen negocio.

El hecho de que Felipe VI Y Mohamed VI, los sextos, no aborden en su agenda el problema del Sáhara Occidental -detrás del cual hay todo un pueblo al que día a día violan sus Derechos Humanos- les convierte en dos monarcas de tres al cuarto, de una moral esclerótica y que despiertan en mí emociones más próximas a la naúsea que a ese «orgullo por su nuevo rey» que deseaba Felipe VI desde la tribuna del Congreso.

«Mi esperanza en nuestro futuro se basa en mi fe en la sociedad española», decía entonces el nuevo rey. Pues bien, que sepa el monarca que buena parte de esa sociedad no tenemos absolutamente ninguna fe en él y, de confirmarse la ausencia de cualquier gesto en Rabat para con el pueblo saharaui, no hace más que aumentar el desprecio hacia la Corona.