Posos de anarquía

Pablo Hasél y la libertad de expresión selectiva

La sesión de control al gobierno de ayer nos dejó a un líder de extrema-derecha sembrando el odio, la xenofobia y el racismo contra las personas migrantes en Canarias y a un presidente que se dice de izquierdas elogiando el sentido de Estado del fascista. Mientras este sainete que nos pretenden vender como política se produce en la sede de la soberanía popular, el rapero Pablo Hasél va tachando días para que lo encierren en prisión por cuestionar unas instituciones que se desprestigian así mismas.

Quien diga que en España no existe la libertad de expresión miente; claro que hay, lo que sucede es que es selectiva. Las sentencias contra Hasél, convertida en ejemplarizante y la más visible de las dictadas contra otros 14 raperos, lo demuestra. Un fascista puede valerse de sucias mentiras para alentar en Canarias a la piara de racistas que acosan y agreden a las personas migrantes y, no sólo no se toman acciones legales, sino que ni  siquiera se le replica. En lugar de callar la boca, de aplastar su inmundicia moral con el peso de los datos, el presidente elogia su sentido de Estado para sacar la lengua al líder del principal partido de la oposición. Qué asco.

Hasél cuestiona la Corona, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, la Justicia, la misma democracia... y lo hace, además, sin medias tintas, a calzón quitado, con la claridad y contudencia que nos da nuestro rico idioma. Y eso no gusta, comenzando por la misma judicatura, que ha optado por forzar el ordenamiento jurídico y encerrar al rapero, imponiendo penas que ni siquiera pedía la fiscalía.

Se vulnera la libertad de expresión de Hasél pero, al hacerlo, se le da la razón. La condena de este hombre viene a evidenciar la decadencia de nuestra democracia, de nuestra división de poderes, que apestan juntos y por separado. La decrepitud moral de la Corona ya se encargó de demostrarla el emérito con sus acciones y su heredero con sus inacciones.

Hasél no debería ser encerrado, no debería ser víctima de la represión del Estado por compartir su visión de lo que es realmente nuestra democracia, que hace tantas aguas que o se comienza a achicar o se hunde. Amnistía Internacional ya se ha posicionado en contra de la sentencia, recordando que no cumple con los estándares internacionales de Derechos Humanos (DDHH) sobre libertad de expresión. Y es que nuestra judicatura no anda especialmente ducha en cuestiones de DDHH... como tampoco lo está nuestro gobierno.

¿Qué sentido tiene que las condenas por enaltecimiento del terrorismo se hayan multiplicado precisamente desde que ETA ha desaparecido? ¿Cómo es posible mientras Europa ya ha solicitado en varias ocasiones que se eliminen delitos como el de injurias a la Corona, en España sigamos con una justicia medieval?

Encerrar a Hasél, que está dando una lección de moral y dignidad a quienes directa o indirectamente están reprimiéndole, será ejemplarizante, pero no para temer a esa parte del Estado que quiere una democracia en blanco y negro, sino para gritar más fuerte contra esa judicatura parcial, esas fuerzas del orden violentas, esa clase política mercenaria y fascista, esa corona corrupta y deshonesta y contra quienes, sin ser todo eso y pudiendo actuar, miran para otro lado.

Fuerza Hasél.