Posos de anarquía

Oídos sordos

Alumnos y exalumnos del Institut del Teatre se concentraron la semana pasada frente a su sede en protesta para denunciar los presuntos casos de acoso sexual y abusos de poder. — Alejandro Garcia / EFE

España está ciega y sorda para las cuestiones que realmente importan. No, no es cuestión de la clase política, sino del país entero, que en su mayoría ha optado por atender más a lo que dicen personas que deberían ser absolutamente irrelevantes en la actualidad, como José Mª Aznar o Felipe González, en lugar de a sus jóvenes, a sus maestros y maestras, a sus científic@s... Y así nos va.

Nadie que siga habitualmente la actualidad puede decir que le sorprendiera la entrevista de anoche a Aznar por parte de Jordi Évole. El cóctel que nos sirvió el expresidente es el especial de la casa: mentiras, soberbia y altanería, mezclado y bien agitado, con una filigrana  de cinismo. Nada nuevo bajo el sol para quien debería haber sido juzgado por crímenes de lesa humanidad por su complicidad en la guerra de Irak.

Ayer fue Aznar, otras veces es González... otras Zinade, el Cholo o Victoria Abril... qué sé yo... a cualquiera menos a quien realmente tenemos que escuchar, que son quienes nos desvelan las claves para hacer una sociedad mejor. Y sí, una parte fundamental de la violencia que se vive estos días en las calles tiene mucho que ver con eso.

No es que los jóvenes no lleven años gritando que la sociedad los ha apartado, que la precariedad los consume, que nadie se acuerda de ellos salvo una vez cada cuatro años... y ya ni eso. La clase política, en gran medida, parece haber convenido que ese segmento de la sociedad no cuenta, que si todos juegan con las mismas reglas, haciéndoles oídos sordos, para qué invertir esfuerzos en ellos... Vox tampoco les presta oídos, pero sí les habla y por eso la juventud tiene mucho que ver con el ascenso de la extrema-derecha.

Esta sordera selectiva se ha generalizado. De otro modo no se entiende que la sociedad no se movilice en bloque en defensa de sus jóvenes, de su Educación y Sanidad públicas, de su comunidad científica, del medio ambiente o, incluso, del feminismo. Todas y cada una de esas causas llevan décadas intentando dejarse oír, pero termina prestándosele más atención a los sujetos equivocados, a quienes hacen lo posible por cegarnos, a quienes activa o pasivamente contribuyen a aquella máxima de pan y circo.

El sentimiento generalizado en estas causas legítimas de que da igual cuántas manifestaciones pacíficas masivas se realicen, cuántas huelgas generales triunfen, cuánta razón les de la realidad, produce una inaguantable desazón. Y bien que la realidad confirma todas sus demandas, porque no defender nuestra Sanidad nos ha tirado a los pies de los caballos con el coronavirus, porque no combatir la pobreza ha incrementado los efectos de la pandemia y ha disparado la desigualdad, porque no cuidar nuestra ciencia nos ha dejado en manos de las farmacéuticas mercenarias, porque no escuchar a la juventud ha minado nuestro propio futuro, no sólo el suyo.

Y esta desazón por el ninguneo a cualquier acción pacífica termina por hacer pensar que nadie escucha hasta que se quema un contenedor, que nadie presta atención hasta que a una muchacha no le machacan un ojo con una pelota de foam -que el ojo no lo pierde, se lo arrebatan-, hasta que un policía hace uso de fuego real para reprimir una concentración... y ¿saben? Ni por esas, porque la lectura que se hace de los hechos sigue siendo la equivocada, la que perpetua la inacción, la que evita que nos remanguemos, la que hace seguir viviendo a una parte narcotizada y a otra vampirizando al resto. O comenzamos a escuchar a quienes realmente importan, o seguiremos dando cancha a nuestra propia autodestrucción.