Posos de anarquía

El club de las viejas tremendas

Portada del libro "Yo, vieja" - D.B.

Hace justo una semana, mi colega Juan Losa publicaba una entrevista a Anna Freixas, autora de Yo, vieja (Capitan Swing). Me cogía entonces a mitad de la lectura de este libro inspirador que, si bien es cierto que está escrito en vocativo para las mujeres, especialmente aquellas que ya superan la franja de los 70 años, está indicado para todas las personas, porque todas y todos, en mayor o menor medida, tenemos en nuestras vidas a personas que ojalá se sumen al club de lo que con tanto cariño Freixas llama "viejas tremendas".

Pudiera parecer paradójico el modo en que un libro dedicado a la vejez o, por ser más preciso, al envejecimiento de la mujer, rejuvenezca tanto. Podría resumir todo el libro en una de las recomendaciones que realiza la autora: "Mantén tu dignidad y exígela a los demás", porque el texto destila dignidad por los cuatro costados; da igual qué faceta de la vida tomen, la familiar, la social, la sanitaria, la sexual... en todas y cada una de ellas la máxima de reinvidicar esa dignidad se impone. "Ocupa la ciudad, sé una ciudadana de cabo a rabo. Ejerce tus derechos y trabaja por ellos".

Por reivindicar, Freixas reivindica incluso el término "vieja", despojándolo de todo tono peyorativo que acostumbra a acompañarlo, abordando esa vejez confortable y afirmativa en los aspectos más cotidianos de la vida. La autora tira por tierra muchos de los tópicos y de los errores en los que la sociedad está sumida, como es pensar que alcanzada una edad las viejas tremendas desean vivir en una residencia o con sus familias. "Si la sociedad fuera lo suficientemente lista pondría todos los medios posibles para favorecer que las personas siguieran viviendo en sus casas", afirma. Y tiene razón, porque ya sea con sus hij@s o en residencias, vivir en esos espacios es una pérdida de la libertad. Es preciso poder elegir con quién y cómo quiere vivir una, sin perder la independencia ni la intimidad.

Me fascina el modo en que Freixas aborda cualquier asunto atizando bofetadas de realidad en forma de moderado tirón de orejas, como sucede cuando aborda la sexualidad y el modo en que, por ejemplo en las residencias, se trata de anular -no digamos ya si no es heterosexual-. Reclama el derecho a ser vistas como "seres sexuales, libres para serlo o para no serlo", pero sin que otros decidan por ellas. La naturalidad con que aborda la masturbación o el lesbianismo como posible "espacio de bienestar hasta ahora insospechado" es balsámico en este clima cerril que vivimos actualmente.

Esta psicóloga por la Universidad de Barcelona nos cuenta desde la experiencia, porque nada hay mejor que escuchar hablar de algo a quien conoce la materia a la perfección, algo que no sucede con frecuencia. Carga contra uno de los grandes temas tabú, como es la menopausia, de la que ni siquiera entre las mujeres se habla lo suficiente y que los hombres tendemos a minusvalorar dando muestras de cuán lerdos podemos llegar a ser. Destierra la asunción de la menopausia como un "ángel exterminador" y hasta cita a la antropóloga Margaret Mead para sacar lo bueno del cambio hormonal: "la fuerza más creativa del mundo es la mujer con el vigor postmenopáusico".

En un momento en el que, con motivo de las vacunas COVID, asistimos cómo la mujer continúa quedando en un segundo plano tanto a la hora de planificar los ensayos clínicos como de estudiar los efectos secundarios -como vemos ahora con los que provocan las vacunas en la menstruación-, Freixas también aborda esta cuestión, reclamando un cambio radical en la atención asistencial que se presta a las mujeres, especialmente cuando alcanzan cierta franja de edad.

Yo, vieja es un libro de lectura obligada: para las mujeres  a partir de 70 años, para que huyan de esos convencionalismos sociales que terminan recurriendo a la única explicación de las cosas que suceden con ese "claro, a tu edad"; para el resto, para que mandemos al carajo de una vez por todas esa sociedad juvenilista que olvida del papel pionero de nuestras viejas en muchas de las conquistas sociales y, al hacerlo, perdemos antes de tiempo a un generación que tanto puede aportar a nuestra convivencia, que tanto interés por crecer y aprender tiene. No anulemos, como de hecho hacemos con demasiada frecuencia, su estímulo del pensamiento. Asumamos de una vez por todas la vejez como "un tiempo de dignidad, respeto y Derechos Humanos hacia nosotras mismas y de los demás hacia nosotras", como indica Freixas. Disfrutemos del, espero, cada vez más nutrido club de las viejas tremendas.