Posos de anarquía

Histeria consumista insolidaria

La histeria consumista es reflejo de insolidaridad. - EFE

Entramos en la tercera semana de guerra de Ucrania y se incrementan los temores de una III Guerra Mundial provocada, quizás, por un mero accidente en el lanzamiento de algún proyectil que cruce la frontera polaca. Ese fantasma de otra gran guerra y las consecuencias que está teniendo en la escalada en el precio de la energía y el combustible ha hecho que los españoles arrasen con los supermercados. No hemos aprendido nada tras la pandemia.

Sucedió durante la primera ola de COVID-19; cundió el pánico y muchas personas acudieron a los supermercados e hicieron acopio de tal cantidad de productos que, incluso, tuvieron serias complicaciones para su almacenaje en casa. En ningún momento se produjeron problemas de abastecimiento por parte de los proveedores, aunque esta voracidad consumidora sí provocó que hubiera familias con dificultad para comprar ciertos productos porque no daba tiempo a reponerlos en los lineales.

La situación se ha vuelto a dar este  fin de semana: lineales vacíos, carritos de la compra llenos y productos como el aceite convertidos en una  de las piezas más preciadas de esta caza. El resultado ha sido el mismo que en pandemia, es decir, que esta actitud insolidaria ha impedido que familias en riesgo de exclusión, cuya situación les impide hacer tal acopio de provisiones, accedan a productos de primera necesidad.

A diferencia de la primera ola, es cierto que en esta ocasión hay más motivos para pensar en cierto desabastecimiento de algunos productos, especialmente motivado por el precio del combustible, que detiene transporte, que deja sin faenar a flotas pesqueras, etc. Sin embargo, ello no debería hacernos caer en esta actitud profundamente insolidaria.

En un momento como el actual, con una guerra librándose a pocos kilómetros de nuestro país, uno se pregunta cómo sería la reacción del pueblo español si el conflicto golpeara nuestras puertas. El comportamiento que hemos vuelto a ver este fin de semana en las tiendas no sugiere nada bueno, desde luego, y debería hacernos reflexionar, mirarnos en el espejo ucraniano.

No se produce ese ejercicio de análisis; no somos muy dados a ello, la verdad, más aún con una imagen del pueblo ucraniano en el que se percibe cierta propaganda, mostrando únicamente la buena labor de voluntarios, la solidaridad entre ellos, la unidad, el patriotismo, los gestos musicales espontáneos para levantar la moral... obviando los saqueos, la desigualdad, el comportamiento de las milicias... ¿Se han preguntado a dónde han ido los ricos ucranianos? ¿Sabemos cómo se protege la élite empresarial? ¿Cómo lo haría la nuestra en una situación similar?

Difícil de contestar cuando las pocas referencias con que contamos dicen poco de nuestra sociedad que, ante el menor signo de revés, prioriza el bienestar propio sobre el colectivo. Así, ya les avanzo, no vamos a ningún lado bueno.