Posos de anarquía

Quién gana y quién pierde con la sandía

El precio de la sandía no era tan alto desde 2008. - Pixabay

La inflación está haciendo estragos en los hogares españoles con una carestía de la vida a la que es complicado hacer frente, más aun considerando nuestros salarios tan precarios. En las últimas semanas, la persona a pie de calle, esa que no entiende de macroeconomía y mucho menos de tiras y afloja políticos, ha incorporado un nuevo símbolo para ilustrar lo disparatado de los precios: a la luz y los combustibles se suma ahora la sandía.

Después de haber bombardeado a las personas con el mensaje de lo positivo que es consumir productos de temporada y proximidad es complicado explicar cómo una sandía puede rozar los 10 euros. Se trata de una de las frutas por excelencia del verano que la familia más humilde incluía en sus provisiones cuando iba a pasar el día a la playa, enterrándola bajo tierra para mantenerla fresca a la hora de comerla. Eso se acabó. Este año será complicado hasta comer sandía para muchas familias.

¿Qué ha pasado realmente? ¿Está siendo la inflación una cortina de humo para que, una vez más, los intermediarios hagan su agosto? En parte sí. Esa idea se ha sentado con fuerza en la opinión pública esta misma semana después de que fuera noticia un comerciante de Parla (Madrid) que vende sandías a un euro y afirma que obtiene un margen de 75 céntimos por unidad. Lo que oyen: no es 1 euro/kg, sino una sandía, un euro.

Esta noticia es un buen punto de partida. Según el Observatorio de Precios y Mercados de la Junta de Andalucía, el precio de la sandía en origen, esto es, lo que se paga al agricultor prácticamente se ha triplicado respecto al año pasado. Hay varias causas que explican este fenómeno, comenzando por el aumento de precio de combustibles, abonos... y terminando por uno de los males endémicos que sufre nuestro sector primario: el incumplimiento de la ley -y la laxitud persiguiéndolo- pagando por debajo de costos. La caída de precio en origen en los dos últimos años ha hecho que muchos agricultores terminen por abandonar el cultivo de sandías. A menor producción, mayor precio; es una máxima económica del capitalismo que termina por convertir productos de primera necesidad en un lujo solo al alcance de los más ricos.

La producción, además, ha sido aún más pobre que otros años por la sequía, el colapso hídrico en algunas regiones y las olas de calor fuera de temporada que dañan los cultivos. De nuevo, más precio. Redondeando la jugada, la demanda de los comercios internacionales se ha incrementado debido al aumento de las temperaturas que promueven el consumo de una fruta tan fresca. Alemania, Francia, Polonia o Países Bajos se hacen con buena parte de la producción, lo que deja para nuestro mercado nacional una menor cantidad de sandías y... sí, lo han adivinado, también eso hace subir el precio.

La caída del precio en origen es mayor que en consumo.

A pesar de que esa subida de precio en origen es una realidad porque al agricultor le cuesta más producir, si analizamos los datos vemos que de lo que se le paga a él a lo que nos cobra nosotros la tienda hay diferencia. Tal y como se puede apreciar en la gráfica superior, si en la semana 21 del año (23-29 de mayo) al agricultor se le pagaba el kilo de sandía a 0,81 euros, el consumidor la pagaba a 1,17 euros/kg, lo que nos da un margen de 36 céntimos de margen por kilo. En las últimas semanas y a medida que ha llegado al mercado un mayor número de sandías, el precio ha bajado, pagándose en origen 0,43€/kg. Sin embargo, el consumidor no ha percibido tanta bajada, pues de media el consumidor paga 0,84€/kg, lo que ha hecho incrementar el margen por kilo en 41 céntimos. ¿Cómo es posible que el margen suba en cinco céntimos por kilo a medida que bajan los precios?

La explicación es sencilla: sí, la inflación se está utilizando para lucrarse de más con productos tan populares como la sandía. ¿Cómo puede afirmarse tal cosa? Basta mirar el gráfico inferior. El minorista tradicional, esto es, la frutería de barrio de toda la vida es quien mantiene los precios más caros de media. La explicación es sencilla: sus costes fijos se han disparado porque a la subida anual del alquiler del local hay que añadir el elevado coste de la luz y del combustible para ir a comprar la mercancía. A diferencia de los supermercados, el minorista no puede comprar por volumen y tiene un menor poder de negociación al comprar en origen o al mayorista.

Los supermercados hacen su agosto con la venta de sandías.

Algo parecido le sucede a los mercadillos que, sin embargo, son quienes están vendiendo las sandías más baratas. La diferencia, pese a contar con mayor gasto de combustible por su naturaleza ambulante, es que no cuenta con gastos de local, luz... y puede ajustar más los precios. Lo que no tiene justificación y es más complicado de encajar para el consumidor medio es que los supermercados, que se aprovechan de economías de escala, estén vendiendo tan caro. Aunque el Observatorio aún no lo recoge, algunas cadenas están vendiendo la sandía hoy mismo a 1,5€/kg -días atrás superó los dos euros-, a pesar de la caída del precio en origen.

Así es muy complicado crear una conciencia común para arrimar el hombro ante un contexto económico tan complejo. La solidaridad con el agricultor o con la frutería de barrio es patente, aunque en éste último caso a veces no se pueda materializar por una mera cuestión de poder adquisitivo. No sucede lo mismo con las cadenas de supermercados, que una vez más demuestran -unas más que otras- que aumentan su cuenta de resultados con tácticas carroñeras. Esta política de precios no parece ni justa ni honesta, incrementando los márgenes a costa de los productos más populares, rompiendo la baraja de apoyo a los productos frescos de temporada y proximidad y, en última instancia, aprovechándose de la necesidad de los más vulnerables.