Opinion · Punto de Fisión

El cipote de Archidona

El cargo de ministro de Interior siempre ha tenido algo freudiano, casi edípico, pero con Jorge Fernández Díaz entramos ya de lleno en el terreno de lo insondable. Más que del interior este hombre viene directamente de lo hondo, de las profundidades de la raza, de la caverna, de Atapuerca. Nadie más indicado que un troglodita para dar lecciones sobre la pervivencia de la especie. El problema es que aún no estamos seguros de a qué especie se refería el ministro cuando expectoró su conferencia magistral sobre darwinismo evangélico.

Veamos, según investigaciones recientes, el cerebro humano se divide en tres capas de las cuales únicamente la primera, la más superficial, es específicamente humana. Allí, en el neocórtex, es donde se aloja el lenguaje, la capacidad de raciocinio, las matemáticas, el sentido del humor e incluso la política. En la segunda se halla el sistema límbico, el cual está relacionado con la memoria y las emociones, el miedo, la ternura, la agresividad, es decir, todo lo que compartimos con los mamíferos superiores y que nos hace tan cercanos y simpáticos (excepto honrosas excepciones) a caballos y perros. Por último, en el sótano, se encuentra el sistema reptiliano, que se ocupa de las funciones básicas de alimentación, supervivencia y reproducción, eso que tanto preocupa a los obispos y al ministro.

Un neurólogo dijo una vez que cuando un psicoanalista le pide a un paciente que se relaje y se tumbe en un sofá, en realidad le está ordenando que se recueste al lado de un caballo y un cocodrilo. Una operación bien peligrosa porque cada uno llevamos dentro buena parte del árbol evolutivo. A veces el caballo suelta una coz pero a menudo quien manda es el cocodrilo, únicamente porque lleva ahí más tiempo que nadie. Al ministro le ha delatado su preocupación por la pervivencia de la especie, un típico impulso de cocodrilo. Cuando dejamos suelto al cocodrilo, entonces la cosa suele acabar a dentelladas.

Con todo, al ministro no le falta razón cuando dice que el matrimonio homosexual no garantiza la pervivencia de la especie. Ni el matrimonio homosexual ni el heterosexual ni la boda gitana ni la masturbación en grupo ni el baile flamenco. Tampoco el Vaticano ni el Opus Dei ni el Opus Night ni el Real Madrid ni el convento de clausura ni el cipote de Archidona. Lo único que garantiza la pervivencia de la especie es la fecundación de la hembra, el embarazo, el parto y la posibilidad de criar a la prole en condiciones dignas, es decir, lo más lejos posible de ciertos obispos y de ciertos ministros.