Punto de Fisión

Mariano bajo cero

Pocas veces la cadena Onda Cero habrá amortizado su denominación de origen como con la entrevista de ayer a don Mariano Rajoy, un hombre que desconoce prácticamente todo lo que conoce. Cero pelotero. En esto del no saber, Sócrates (el filósofo, no el futbolista) era un aficionado, un piernas de la ignorancia. Fíjense un poco en el nivel de analfabetismo de una formación política, la más gorda del país, que no tenía ni la menor idea de cómo andaba su tesorería: "Ni yo, que fui el presidente del partido, ni el anterior presidente, ni todos los secretarios generales del partido conocíamos esa supuesta contabilidad B". Más sincero, imposible. Y luego añade: "La contabilidad B no es del PP, sería del señor que hizo la contabilidad B, el señor Bárcenas". Como si la contabilidad en el PP la hubiese estado llevando todos estos años un buhonero que pasaba en una furgoneta o un gitano vendiendo melones.

En Génova, las cuentas van por libre, un poco igual que marcha la economía del país, a su puta bola. Bárcenas tiene (creo que el tiempo verbal, desgraciadamente, es correcto) una barbaridad de millones de euros en Suiza gracias a que había montado un chiringuito en su despacho con ramificaciones en El Rastro y allí no se coscaba ni el conserje. Tuvieron suerte de que fuese únicamente Bárcenas (Luis para los amigos) porque, para lo que vigilaban, allí se les podía haber metido Bin Laden, Jack el Destripador, Charles Manson, Josu Ternera y el cártel de Medellín. En el PP todo funciona así, a la buena de Dios, y por eso, por pánfilos, perdieron la oportunidad de nombrar a Bárcenas ministro de Economía, que hubiera sacado al país de la ruina con venderle dos cuadros a algún tonto.

A la gente que recela de Podemos por miedo no le tiembla el pulso al seguir confiando el timón del país a un grupo de cegatos, ingenuos y almas benditas que jugaban al yoyó político mientras les desmantelaban la sede a cachos. Hace poco se les estrelló en el vestíbulo un fanático del butano y muchos correligionarios se pensaron que a Ana Mato le había vuelto a crecer otro coche fuera de sitio. Bárcenas, Correa y varias pandillas de golfos hacían y deshacían a su capricho, lo mismo que el clan Granados y los escuderos de Esperanza Aguirre, que cobraban novecientos mil euros de comisión por cada colegio concertado. Los dejan sueltos otra legislatura más y le venden el Museo del Prado a Bárcenas. Con semejante banda de colaboradores de plena confianza, Aguirre, en lugar de su muy exclusivo club de cerebros, podía haber fundado el Estado Islámico.

No es de extrañar que ambos líderes, Mariano y Aguirre, anden mosqueados desde el principio de los tiempos: no por sus diferencias irreconciliables, qué va, sino por sus similitudes. El principio moral rector de ambos podría resumirse así: "Ni me enteraba de nada ni voy a enterarme tampoco". Mariano lo ha explicado en una perfecta profesión de fe agnóstica que habría puesto amarillo de envidia a Hume: "No voy a condicionar mi vida a acontecimientos que me hayan podido ocurrir. Confío en la gente y sigo mandando SMS porque no me puedo quedar aislado del mundo". Al salir de la emisora, seguro que ya le había enviado a Bárcenas una invitación del Candy Crush.