Opinion · Punto de Fisión

Mujeres invisibles 1: Hildegard von Bingen

El problema de algunos visionarios es que se adelantaron demasiado a su época. Aristarco de Samos formuló la teoría heliocéntrica unos doce siglos antes que Copérnico, pero sus libros se perdieron en el incendio de la Biblioteca de Alejandría y hoy su nombre es una mera curiosidad para los aficionados a la Astronomía. Algo parecido puede decirse de Demócrito de Abdera, quien alumbró los rudimentos de la teoría atómica a través de un pensamiento que mezclaba la intuición con la lógica. La hipótesis sonaba tan extravagante que hubo que esperar desde el siglo V a. C. hasta el siglo XIX para que el átomo entrara con todos los honores en la historia de la ciencia.

La cosa se complica en el caso de que el visionario nazca con el sexo equivocado, puesto que las mujeres nunca han pintado nada o casi nada en el ámbito científico, literario o artístico. Por eso, muy poca gente habrá oído hablar de Hildegard von Bingen, también conocida como la Sibila del Rin, una abadesa alemana del siglo XII a la que se considera precursora en campos tan variados como la medicina, la biología, la antropología, la lingüística y, sobre todo, la música. En los muchos libros que dedicó al origen y tratamiento de las enfermedades, y a las propiedades curativas de aves, reptiles, mamíferos y minerales, destaca el que dedicó a la clasificación de las plantas según sus virtudes terapéuticas. Experimentando con su propia mala salud, llegó a alumbrar los principios de la holística, una perspectiva totalizadora que la medicina occidental tardaría mucho tiempo en recuperar. También inventó un idioma artificial, la lingua ignota, considerado el primer antecedente del esperanto, así como un alfabeto de uso propio cuya utilidad se desconoce. Entre sus intuiciones científicas, se incluyen embriones de lo que siglos más tarde desembocarían en la ley de la gravitación universal y la teoría heliocéntrica.

Nacida en Bermersheim, en las postrimerías del siglo XI, Hildegard, la última de los diez hijos de una familia noble alemana, fue entregada como diezmo a la iglesia según las costumbres de la época. Nunca lo lamentó, ya que en el seno de la iglesia no sólo recibió una amplia educación que incluía el latín y el canto gregoriano, sino que la fe religiosa le permitió interpretar las visiones que sufrió desde muy niña y que muy pronto la harían célebre. Sus revelaciones la llevaron a relacionarse con teólogos, monarcas y escolásticos de la talla de Bernardo de Claraval, el papa Eugenio III, Federico I Barbarroja o Leonor de Aquitania. En una época en que la mujer era poco más que una costilla de Adán, se atrevió a cuestionar la autoridad patriarcal fundando un monasterio exclusivamente femenino en Rupertsberg, a orillas del Rin, donde en 1150 fue nombrada abadesa. En sus escritos, declaró en favor de los derechos de la mujer, especialmente el derecho al placer sexual, y llegó a describir el orgasmo femenino en estos términos:

Cuando la mujer se une al varón, el calor del cerebro de ella, que tiene en sí el placer, le hace saborear a aquel el placer en la unión y eyacular su semen. Y cuando el semen ha caído en su lugar, este fortísimo calor del cerebro lo atrae y lo retiene consigo, e inmediatamente se contrae la riñonada de la mujer y se cierran todos los miembros que durante la menstruación están listos para abrirse, del mismo modo que un hombre fuerte sostiene una cosa dentro de la mano.

Con todo, donde la figura de Hildegard von Bingen alcanza cotas inexploradas es en el campo de la composición musical, que ella contemplaba, igual que tantos maestros anteriores y posteriores, como una manifestación de la divinidad y una forma de honrar a Dios. Ella misma explica que sus cantos monódicos son una prolongación acústica de sus visiones místicas, pero en la libertad que se tomó respecto a cuestiones melódicas, rítmicas y formales está el germen de muchas futuras revoluciones musicales, desde la polifonía al leit-motiv. Por ejemplo, Ordo Virtutum, que representa el diálogo entre el ser humano, el pecado y la virtud, podría ser considerada la primera ópera de la historia. Hace unos años fue canonizada y declarada doctora de la iglesia por Benedicto XVI, el gobierno alemán acuñó una moneda en su honor en 1998, hay un asteroide y un cráter lunar con su nombre, pero su figura aún no ha entrado en el imaginario popular con la fuerza de un Leonardo Da Vinci o un William Blake. Adivinen por qué.