Opinion · Punto de Fisión

Mujeres invisibles 5: Vivian Maier

La imagen muestra una sombra femenina extendiéndose sobre el césped, manchando briznas de hierba, cubriendo la mirada del espectador hasta que el espectador repara en la diminuta mujer encerrada en una bola de níquel o acero, casi en el borde inferior, un encantamiento óptico que evoca los espejos curvos de Jan Van Eyck o del Parmigianino. La sombra es una de las muchas cortinas que Vivian Maier eligió para esconderse, con sombrero y sin sombrero, alargándose sobre las aceras, revoloteando sobre anuncios y periódicos tirados en el suelo, del mismo modo que otras veces escogió su reflejo desvaído en un cristal o en un escaparate. Nadie reparó jamás en esa mujer que caminaba incansable por las calles de Nueva York o Chicago cargando una Rolleiflex a la altura del pecho; una mujer pobre y solitaria de la que apenas nadie sabía nada, que no tenía familiares, amigos o amantes; que trabajaba de niñera y que dedicaba su tiempo libre a recortar la vida con su cámara, fotografiando mendigos, ancianos, policías, farolas, grietas en el cemento, niños jugando bajo chorros de agua, señoras coléricas, perros tumbados al sol, vendedores de globos.

Vivian Maier era un misterio absoluto, quizá lo era hasta para sí misma, de ahí que necesitara espiar su rostro una y otra vez incrustado en los márgenes del mundo, en los espejos, en las ventanas, en las cristaleras, en una bandeja de plata puesta en pie de donde surge su cara imperturbable, antigua y serena. Poco importa que luego no le alcanzara el dinero para revelar los carretes, que se le iban acumulando en montones prodigiosos: de algún modo Maier intuía que trabajaba para la eternidad, la misma eternidad que iba capturando en pequeños rectángulos de luz y penumbra. Tenía más de 70 años, hacia finales de los 90, cuando tuvo que vender la práctica totalidad de los rollos que llevaba guardando durante toda su vida. Terminaron en una subasta pública, junto a un montón de objetos inservibles de un guardamuebles, y el coleccionista que los compró por casi nada, un joven llamado John Maloof, se encontró de repente con un tesoro: un archivo fotográfico de más de cien mil negativos de valor incalculable.

Cuando el crítico Allan Sekula alertó sobre la significación de aquellas imágenes que circulaban por internet, Vivian Maier ya era una anciana de 80 años que vivía de la caridad en un apartamento financiado por varios jóvenes a los que había criado cuando eran niños. Murió el 21 de abril de 2009, después de una larga y tortuosa estancia en un centro psiquiátrico de Oak Park, Chicago, y la noticia de su fallecimiento apenas si alteró el creciente oleaje de la gloria que empezaba a apuntar en muestras y exposiciones. Por su curiosidad infatigable, por su constante experimentación técnica, por la profundidad y honestidad de su mirada, la comparaban de pronto con Robert Doisneau, con Diane Arbus, con Helen Levitt, con Robert Frank, con cualquiera de los grandes fotográfos que hicieron de la calle y de las muchedumbres anónimas su laboratorio y su feudo. Pero ninguno de ellos había pateado tantas calles durante tantos años, ninguno de ellos se había despojado hasta la miseria por devoción a su talento, ninguno se había fusionado con la muchedumbre hasta las últimas consecuencias, ninguno había llevado una existencia tan solitaria y austera.

Igual que los mendigos de quienes dio testimonio imperecedero, y quizá para no importunarlos, Maier habitaba en la periferia de la vida como una anacoreta, una virgen sin amistades ni vínculos ni relaciones íntimas ni medios de subsistencia. Dicen que padecía esquizofrenia; que había sufrido un trauma terrible del que no habló jamás y que la llevaba a coleccionar noticias de raptos, violaciones y asesinatos; que no mantenía conversaciones largas más que con los niños que cuidaba; que ella misma era una niña detenida para siempre al borde de una infancia que le permitió conservar la inocencia y la pureza. Es muy posible que todas esas explicaciones sean ciertas y, al mismo tiempo, sean falsas, porque al fin y al cabo, ¿qué otra cosa es el arte?