Punto de Fisión

Monarquía y asco en Las Vegas

No está muy claro si la crisis del coronavirus es una cortina de humo para ocultar el escándalo de la casa real española o si el descubrimiento de los trapicheos millonarios del rey emérito sirve de lenitivo al malestar generalizado por la pandemia. La sincronía entre ambas catástrofes viene a corroborar aquel célebre corolario de la teoría del caos: un murciélago bate las alas en Wuhan y un elefante se cae por las escaleras de la Zarzuela. Hablando de descubrimientos y de elefantes, la fiscalía suiza se ha atrevido a señalar por fin al paquidermo en medio del palacio, ese que lleva suelto décadas por la mente colectiva de los españoles entre paraísos fiscales, mordidas millonarias, cacerías africanas, regatas en yate, juergas con jeques árabes y querindongas más caras que un hijo tonto. Era muy difícil no pensar en el rey Juan Carlos cuando todo el mundo, desde jueces y presidentes hasta el último periodista palaciego, pasando por la Constitución y por El Jueves, nos decía que intentáramos no pensar en el rey Juan Carlos.

Hay muchos españoles, sobre todo los más campechanos, que aún seguían creyendo a pie juntillas en la bendita inocencia del rey emérito, un monarca con tan buena prensa que parecía salido de un cuento de hadas. Uno tras otro, sus más ilustres cortesanos -Javier de la Rosa, Manuel Prado y Colón de Carvajal, Mario Conde, los Albertos- iban cayendo del otro lado de la ley sólo por pura mala suerte. Después de Urdangarín y de su soberbio braguetazo a tres bandas con epílogo en traje de rayas hacía falta una fe de carbonero para seguir confiando en la honradez esencial de la institución monárquica, pero España, reserva espiritual de occidente, es también el principal productor mundial de fe borbónica. A Felipe VI no le ha quedado otro remedio que establecer un cordón sanitario en Zarzuela para evitar que se propague el corinavirus, una variedad de la gripe aviar que provoca la eclosión de testaferros y el regalo de cientos de millones a tontas y a locas. Para quienes no estábamos ciegos ni sordos el corte de amarras practicado en la casa real bien podía parafrasearse con un título cruzado entre García Márquez y Camus: Crónica de una peste anunciada.

Aun así, todavía quedan en el reino suficientes limpiabotas prestos a sacar brillo al buen nombre de una dinastía con más escándalos, adulterios, pelotazos y cadáveres en los armarios que una novela policiaca. Entre los más recalcitrantes, el antiguo ministro del Monólogo Interior, Jorge Fernández Díaz, quien ha despachado un artículo en OK Diario en el que, con una prosa casi impracticable, asegura que cuestionar la monarquía como forma de estado es más letal para España que el coronavirus. Decía yo antes que era imprescindible una fe de carbonero, a prueba de herejes, para creer en los borbones a estas alturas que más bien son profundidades abisales, pero si hay alguien sobrado de fe y luz sobrenatural en este país es Fernández Díaz. Un hombre que encontró a Dios en Las Vegas, entre imitadores de Elvis y tiradas de dados, que está en comunicación directa con la Virgen de Lourdes y que tiene a su ángel de la guarda, Marcelo, contratado de aparcacoches. Antes de su conversión religiosa, Fernández Díaz era, según confesión propia, un pecador de tomo y lomo, a lo Chiquito de la Calzada, tanto que Jorge Vestrynge contaba en una entrevista cómo, tras un congreso de AP en Barcelona, pretendía llevarles a él y a otros amigos a un bar que conocía donde trabajaban "unas amigas entrañables". Eran putas, sí, pero "muy limpias", decía. No se puede ser más campechano.