Punto de Fisión

Los reyes son los padres

El pasado año supuso un duro golpe para el juancarlismo, curiosa variante del fanatismo monárquico, ese guisote a mitad de camino entre la zarzuela y la fabada que estuvo cociéndose a fuego lento durante unas cuatro décadas. El juancarlismo surgió al unísono con el destape, ese cine bufo made in Spain repleto de señoras en pelotas, bingos, casinos, piscinas, yates y jeques árabes. Nadie se daba cuenta, pero en aquellas películas de brocha gorda se estaba escribiendo la verdadera historia de la Transición, una interminable españolada con su Jesús Gil y su Rumasa, su Mario Conde y sus Albertos, su Roldán y su Corcuera. La verdad, era muy difícil imaginarse a Alfredo Landa de ministro del Interior, ordenando la patada en la puerta, y más aun a Fernando Esteso de director de la Guardia Civil, en calzoncillos, borracho perdido y rodeado de putas.

A pesar de ser protagonista principal de la función, el juancarlismo ha tardado mucho más en incorporarse al elenco, probablemente porque el destape, en su caso, funcionaba a la inversa: mientras las señoras se destapaban enseñando hasta el peroné, al juancarlismo le iban tapando todas las vergüenzas una detrás de otra. Esta larga y complicada operación de cirugía estética iba funcionando bastante bien, demostrando la habilidad de los distintos poderes -legislativo, ejecutivo, judicial y periodístico- en el sutil manejo del bisturí y la palangana. No fue hasta la abdicación que el estriptís borbónico empezó a ir soltando lifting tras lifting y prenda tras prenda -un elefante tiroteado, un oso borracho apuntillado, una barragana pagada con dinero público- para terminar como suelen terminar los líos de los poderosos con la hacienda española: en Suiza.

Aun así, daban igual las pruebas de delito fiscal y comisiones más que dudosas, ya que los juancarlistas más recalcitrantes buscaron un refugio antiaéreo a prueba de evidencias: el felipismo. Es curioso porque la inmensa mayoría de juancarlistas habían dicho una y mil veces que ellos no eran exactamente monárquicos, sino juancarlistas, es decir, creyentes a pies juntillas en la ficción de un monarca bonachón y campechano que no se enteraba de nada, ni de los banqueros voraces que le rondaban alrededor ni de las amigas íntimas que se le colaban en la cama. Recurrían a la misma estrategia de esos niños que no quieren crecer y que siguen creyendo en los Reyes Magos, parapetados en una fe ciega y sordomuda.

Todavía recuerdo aquel día de Reyes en que mi hermano y yo descubrimos, a los pies de la cama, un trozo de carbón adornado con una tarjeta que señalaba donde podíamos encontrar los regalos. El mosqueo fue enorme porque la caligrafía, ya fuese de Melchor, Gaspar o Baltasar, era clavada a la letra de nuestro padre. Sin embargo, decidimos hacer caso omiso y al año siguiente volvimos a mandar la carta al triunvirato real, con un pequeño avance postal a Papá Noel, por si podía echar una mano. Tiene que ser agotador continuar manteniendo la fábula con hijos y nietos a cuestas, pero a Juan Carlos le sirve el recurso de que el 5 de enero, día en que se celebra la Epifanía del Señor, es su cumpleaños. Este año, además, desde Abu Dhabi.