Punto de Fisión

Antonio López y el membrillo al sol

El pintor Antonio López, cuando los policías hablan con él hace unos días.

La semana pasada, una pareja de policías municipales descubrió a un viejecito pintando un lienzo en la Puerta del Sol y se acercó a pedirle la documentación, no fuese que el pintor ocultase a un terrorista levantando el plano de un futuro atentado. Por si fuera poco, había un montón de gente rodeando al viejecito y se ve que la cosa podía degenerar de inmediato en un disturbio callejero, una huelga de botellones caídos o, peor todavía, un manifiesto artístico. La libertad tan cacareada por la presidenta Ayuso en su última campaña electoral tiene un límite marcado que llega exactamente hasta la última silla de la terraza.

En efecto, si el viejecito, en vez de ponerse a estrujar botes, a desplegar pinceles y a dar pinceladas, se hubiera sentado a beber cervezas y a degustar tapas como Ayuso manda, fijo que los policías lo hubiesen dejado en paz. Pero un pintor en la vía pública es un auténtico desafío para una ciudad tranquila y pacífica como Madrid y la autoridad puso en marcha de inmediato el consejo de Goebbels: en cuanto oyen la palabra "cultura" sacan la pistola, la libreta de poner multas y el rodillo de amasar. Hay agentes del orden que tienen un ojo privilegiado para detectar el peligro: entienden que es mucho mejor abortar una obra de arte que quemarla.

Excepto los policías, todo el mundo que se agolpaba a contemplar el trabajo del anciano sabía de sobra que el anciano era Antonio López, quien llevaba once años esperando el momento para bajar a la Puerta del Sol y concluir el lienzo comenzado hace una década. Es un misterio no sólo el tiempo que López deja transcurrir entre pincelada y pincelada, sino también la ocasión en que decidió coger los trastos y reanudar la tarea: en plena canícula, cuando el calor empieza a hervir en los termómetros y no hay quien pare ni al sol ni a la sombra. López había disfrutado de una primavera espléndida y de unos primeros compases de verano bastante benignos para los que suele gastar el mes de julio en la capital española, pero el arrebato de su inspiración no sabe de temperaturas.

Cuando algunos de los presentes les preguntaron a los policías si no sabían que el viejecito era Antonio López, uno de ellos replicó: "Puede ser Van Gogh o puede ser quien sea", una respuesta muy bien dada para rebatir ese tópico tan español de "no sabe usted quién está pintando". También es posible que los agentes de la ley, en realidad, quisieran salvar al viejecito de una insolación o a España de otro lienzo de Antonio López. De acuerdo, a mí tampoco me gusta mucho su pintura, pero no son maneras de ir por ahí haciendo crítica artística y pidiendo los papeles, como si el viejecito estuviese atracando una gasolinera. Víctor Erice hizo una película, El sol del membrillo, sobre el largo y complejo proceso creativo de Antonio López, pero Santiago Segura podía haber hecho otra con la anécdota de la policía interrumpiendo su labor y haberla titulado: El membrillo al sol. Libertades las justas, y con los artistas más, que se empieza pintando la Puerta del Sol y se acaba montando una reedición del Dos de Mayo.