Punto de Fisión

Ayuso, Paz Padilla y la Patrulla Águila

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, junto al presidente de Murcia, Fernando López Miras (i), durante el desfile militar del 12 de Octubre. EFE/Chema Moya

Hace tiempo que el 12 de octubre -Fiesta Nacional, Día de la Hispanidad, Día de la Raza- ha adquirido en España las características de un happening colosal, con tanques, aviones, soldados e incluso una cabra, un happening de varias horas de duración en el que las Fuerzas Armadas se pasan meses enteros ensayando con el único fin de sorprender al personal cuando menos se lo espera. Un año es un paracaidista que se pega una hostia contra una farola, otro año un avión que suelta un chorro morado y la bandera desplegada en el cielo de Madrid sale mitad republicana, mitad gay. No es sencillo preparar un desfile al milímetro, con medio ejército marcando el paso, otro medio engrasando camiones y helicópteros, un entrenador coreografiando a la cabra, y que al final te quede siempre un ridículo en el telediario.

Este año la ceremonia empezó según la tradición, con vivas al rey y a la cabra y abucheos al presidente del gobierno, ya que el público que acude al desfile del 12 de octubre suele ser más o menos el mismo que el que va la noche del 5 de enero, sólo que con menos niños, menos bufandas y menos caramelos. Es decir: monárquico a tope, poco democrático y más bien tirando al monte. Rojo, lo que se dice rojo, ninguno de los aviones pudo emitir un chorro comparable al del vestido de la presidenta Ayuso, quien acabó con las existencias cromáticas hasta el punto de que los chicos de la Patrulla Águila tuvieron que cargar zumo de ciruela en las alforjas. En tierra Ayuso dio un cinturazo digno de von Richthofen en los cielos de Bélgica para esquivar a Pedro Sánchez, una maniobra de evasión lógica después de que el lunes declarase que el presidente odia Madrid y que lo que en realidad quiere es que los españoles odien España.

Entre los grandes éxitos que hay que reconocerle a Ayuso está su coraje al no cerrar los teatros de la capital durante la pandemia y su gestión sanitaria en las residencias en Madrid, que ha rejuvenecido la edad media de la Comunidad un porrón de años. No sólo tuvo el valor de no cerrar el teatro donde actuaba Paz Padilla sino que, además, ha ido a verla, tal vez la única manifestación cultural donde se recuerda su presencia, aparte de su apoyo incondicional a la tauromaquia y su intención de fabricarle una pirámide maya a Nacho Cano.

Tampoco es que la cartelera madrileña esté para tirar cohetes, pero al menos había un clásico de Arthur Miller, una dramatización de Pardo Bazán o una tragedia siciliana de Pablo Fidalgo, entre otras opciones. Pero Ayuso sabe muy bien quién es su público y lo que le gusta; por eso fue a aplaudir a Paz Padilla, una artista total cuya mejor actuación fue en el programa de Bertín Osborne, cuando consiguió hacer llorar a Chiquito de la Calzada al recordarle la muerte de su esposa, Pepita. Con Ayuso entre el público el título de la obra de Padilla -El humor de mi vida- alcanzó tintes inesperados, como la bandera republicana de propulsión a chorro de la Patrulla Águila. Para meterle más cultura y más hispanidad al asunto sólo faltaban una trompeta y una cabra.