Punto de Fisión

La Feria de Abril y la máquina del tiempo

Un operario con mascarilla desmonta una caseta en las instalaciones de la Feria de Abril de Sevilla. EUROPA PRESS/María José López
Un operario con mascarilla desmonta una caseta en las instalaciones de la Feria de Abril de Sevilla. EUROPA PRESS/María José López

Después de dos años de parón forzoso, después de la pandemia, de los confinamientos y de la huelga de transportistas, la Feria de Abril en Sevilla se enfrenta a un enemigo inesperado en dos modalidades: el tiempo meteorológico y el cronológico. Los periodistas cursis hablan de "climatología adversa" en lugar de "mal tiempo", lo que viene a ser lo mismo que si hablaran de la guerra de Ucrania en términos de "historiografía aciaga" o de la bofetada de Will Smith en plan de "física con mala leche" (la adversidad, en este tipo de periodismo, suele venir de la gramática, la estética y la semántica).

Es el clima, no la climatología, el primer obstáculo al que se enfrentan los feriantes, ya que si en el norte y el centro de España hace un frío digno de enero en Finlandia, en Sevilla, de momento, se prevé un mes pasado por agua, una serie de lloviznas capaces de desmentir el forzado doblaje del profesor Higgins en My Fair Lady: "La lluvia en Sevilla es una pura maravilla". El mal tiempo puede hacer que los vestidos de faralaes se cambien por chubasqueros y los sombreros cordobeses por paraguas. Sin embargo, los problemas de chaparrones, fríos y ventoleras no son nada comparados con los problemas de los caseteros con el otro tiempo, el tiempo feroz de los relojes y calendarios.

Resulta que los caseteros -no todos, algunos- amenazan con dejar a los sevillanos sin Feria de Abril por tercer año consecutivo por culpa de una ministra comunista y de la reforma laboral recién aprobada, la cual no ha cambiado ni una coma los horarios, la normativa ni las condiciones de contratación referidas en el Estatuto de los Trabajadores. Esta gente opina que tiene que firmarse un convenio especial para alargar la jornada laboral de 8 horas, a 12 o a 16, las horas que hagan falta, que no van a estar los señoritos esperando que el currito que le pone los vinos cierre un rato la caseta para dormir la siesta.

Este convenio especial de libertad de horarios por el que abogan los caseteros ha sido todo un éxito desde tiempos inmemoriales: se llama esclavitud y gracias a él se levantaron las pirámides de Egipto, el Coliseo de Roma, la Gran Muralla China y, en tiempos más recientes, la Casa Blanca o el Valle de los Caídos. Al fin y al cabo, es mucho más fácil servir una copa de fino que colocar un ladrillo. Con sueldos de seis, cinco e incluso tres euros la hora y jornadas extenuantes de 15 o 16 horas diarias, muchas de ellas nocturnas, los caseteros de la Feria de Abril pretenden algo que ni los mayores especialistas en física cuántica habían soñado: una máquina del tiempo con la que retroceder uno o dos siglos en cuestión de derechos laborales.

Cuando creó su propio artefacto para viajar a través de los siglos, The Time Machine, la primera obra maestra de la ciencia-ficción, H. G. Wells imaginó un futuro remoto en el que los humanos se han dividido en dos ramales irreconciliables: los ociosos Eloi, que viven tumbados a la bartola, tocándose el higo y comiendo frutas silvestres, y los siniestros Morlocks, que habitan en cuevas subterráneas y se alimentan de los primeros. Este canibalismo atroz ha sido, por desgracia, la marca de fábrica de nuestra especie desde las cavernas hasta hoy, desde las canteras de Grecia hasta el tráfico de mujeres en los puticlubs de carretera, desde las plantaciones de algodón de Alabama hasta las minas de coltán en el Congo. Sin embargo, si el Viajero del Tiempo de Wells hubiese probado la máquina en Sevilla habría visto que, cientos de miles de años después, los Morlocks siguen trabajando en las casetas mientras son los Eloi quienes, entre manzanilla y manzanilla, prueban raciones de carne humana.