Punto de Fisión

Duques y plebeyos

Luis Medina Abascal - Europa Press

Para ciertos personajes el dinero público es como el agua del grifo: lo dejan correr tranquilamente con la seguridad de que nunca se va a acabar. La diferencia es que el agua del grifo se va a la mierda mientras que el dinero público despilfarrado se va al bolsillo de estos personajes, desembocando en deportivos de lujo, yates, relojes de oro (pensándolo bien, no hay ninguna diferencia). Luis Medina Abascal dice no sólo que todos sus chanchullos estaban en orden sino que con su dinero hace lo que le da la gana: lo bueno aquí es que el posesivo no sólo incluye el dinero de Luis Medina Abascal sino el mío y el de usted.

En España siempre ha habido clases y por eso los bandoleros de alta cuna suelen estar bien vistos, aristócratas del pillaje que desvalijan al personal sin necesidad de despeinarse. Al populacho lo que le asusta es que le saquen de golpe una navaja, no una comisión por unas mascarillas o un hermano de la presidenta o un primo del alcalde. El Torete o el Vaquilla pegaban un palo empotrando un coche contra una joyería, pero resulta mucho más elegante descolgar el teléfono y decir las palabras mágicas. Para esta clase de timos millonarios no es necesario babear, ni poner los ojos bizcos, ni hacerse el gilipollas como Tony Leblanc con un maletín lleno de estampitas. No hace ninguna falta, porque los gilipollas somos nosotros.

Sí, es muy probable que no acabemos de entender el mecanismo mediante el cual un par de pijos pueden saltarse a la torera todos los controles burocráticos y sanitarios de los organismos municipales para acabar con unos cuantos millones de euros en la saca. Luis Medina Abascal podía haber fracasado estrepitosamente, igual que Luis José, el hijo del marqués del Leguineche, cuando quería pegar el pelotazo en el Mundial de España patentando una bandeja con una naranja, una ración de paella revenida y un vaso de gazpacho. Pero Luis José no pasó de la puerta, no le hicieron ni puto caso. Lo que pasa es que el pobre hombre no sabía a qué puerta debía llamar, ni quién era primo de quién, ni tenía los contactos adecuados.

Dicen que en los primeros meses de la pandemia se firmaron docenas de contratos con los precios inflados y que la falta de controles precipitó la picaresca de manga ancha, pero la verdad es que en este país, con pandemia y sin pandemia, siempre se forran los mismos. Da la impresión de que esos puestos de control del Ayuntamiento y de la Comunidad de Madrid -por no hablar del resto de España-, deben de estar menos vigilados que la Tesorería de Génova. Vete a saber, a lo mejor el que autorizó los contratos era un tonto de pueblo o el maniquí de unos grandes almacenes.


Lo que está claro es que Madrid es una capital lo bastante grande para no volver a tropezar con tu ex en la vida pero, si eres un pijo insaciable y vas a pillar cacho, a un familiar de Almeida o de Ayuso te los tropiezas en cada esquina. A Luis Medina Abascal y a Alberto Javier Luceño no era raro encontrárselos en las revistas del corazón o en las páginas de economía, pero ahora han dado el salto a la prestigiosa sección de tribunales. Por lo visto, no había mucho que se pudiera hacer para detenerlos; ya lo explicó Jaume Matas, otro grande de España con vocación de quinqui, en una entrevista en la que decía que no todos somos iguales, que él no habría recibido a cualquiera para hacer negocios, pero a Urdangarín, a la hora que él quisiera. "Porque es el duque de Palma" decía plebeyamente Matas. El título nobiliario a modo de ganzúa.