Punto de Fisión

Tony Leblanc se come una manzana

Tony Leblanc
Tony Leblanc

Para Álvaro Muñoz Robledano

En 1977 Tony Leblanc prometió a José María Iñigo que la semana siguiente en el programa Noche de fiesta iba a hacer algo que nadie había hecho jamás en televisión. El día señalado se presentó con un bongo y la funda de una guitarra; se sentó en una silla; carraspeó; golpeó el bongo para comprobar la afinación; abrió la funda de la guitarra; sacó una servilleta, un plato, una manzana y un cuchillo; los colocó encima del bongo; se puso a pelar la manzana y se la fue comiendo a trozos sin dejar de mirar al público muy serio y sin decir una sola palabra. Al concluir, se puso en pie gritando "ale hop" y la gente, que ya llevaba tres minutos partiéndose de risa, rompió a aplaudir entre un vendaval de carcajadas. Cuando Iñigo le preguntó si lo que había hecho tenía algún mérito, Leblanc respondió que, de momento, a él no le gustaban las manzanas; que se había jugado el físico; que su número era arte puro y que además había actuado desinteresadamente porque lo que cobrase iba a donarlo a su mujer para que pudiera comprar ropa a sus hijos.

Con este desparpajo irreverente, Tony Leblanc empuñó la palanca de cambios del humor para inaugurar una nueva era no sólo en la televisión sino en todo el país, algo así como la manzana de Adán y Eva sin Eva y sin Adán: la marcha atrás del pecado original. Como dicen las propias Escrituras, aquel árbol del que Dios prohibió comer el fruto, era la fuente del conocimiento, el árbol del bien y del mal, y en 1977, cuando en España llevábamos ya cuatro décadas hambrientos, agobiados, contando los mismos chistes y sin comernos una rosca, llega un señor con cara de pobre y se come una manzana sin inmutarse, sin aspavientos, sin exageraciones, sin el menor indicio de provocación sexual. Una manzana que, evidentemente, simbolizaba otra cosa. Vaya usted a saber cuál.

Con una manzana monda y lironda y varias décadas de adelanto, Tony Leblanc profetizó ARCO y el arte conceptual; profetizó a Mariano y sus performances de chichinabo; profetizó a Felipe leyendo en el periódico los desaguisados de su propio gobierno; profetizó a Aznar comiéndose las armas de destrucción masiva, mire usté; profetizó a Fernández Díaz condecorando a una Virgen de madera; profetizó los ERES andaluces, las comisiones por las mascarillas defectuosas, las comisiones de investigación que no investigan una mierda; profetizó a Zapatero, a Cospedal, a Matas, a Barrionuevo, a Guerra y a su hermano, a Rato tocando la campana, a Bárcenas y sus cuadernos de contabilidad, a Abascal haciendo la mili con veinte años de retraso, al rey Juan Carlos en bragas y a España entera en pelotas.

Pudo hacer todo eso porque se dedicaba al humor blanco, no a la crónica política ni a la crítica social, de manera que aquellas películas tontorronas de los cincuenta y los sesenta no sólo sorteaban impunemente la censura sino que iban pintando los episodios nacionales del franquismo con una fidelidad impensable en los documentales del NODO y los diarios lameculos del régimen. Este era un país de sinvergüenzas dando el timo de la estampita; un país de muertos de hambre intentando amañar un combate de boxeo; un país de pringados condenados a ver el fútbol en el bar y de mujeres sin más destino que el matrimonio; un país construido a mayor gloria del toreo donde unos desgraciados intentan lanzar un cohete a la Luna y el astronauta aterriza en el desierto de Almería en mitad de un spagueti western.

Al final, cuando hacía muchos años que había dejado el cine y también el teatro por culpa de un accidente de coche, Santiago Segura lo rescató del olvido para que participase en otro retrato imperecedero de la España eterna, Torrente, el brazo tonto de la ley, una película que tuvo varias secuelas en la ficción y en la realidad, con Roldán, Villarejo, el CNI y unos cuantos ministros del Interior que salían calcados del celuloide. Tony Leblanc siempre contó que había nacido -hace justo cien años- en el Museo del Prado, concretamente en la sala de tapices de Goya, aunque probablemente era una invención suya: forzosamente tenía que haber nacido junto a los Caprichos o a los Fusilamientos del 3 de mayo para redondear el asunto.

Fue botones, ascensorista, portero de fútbol, boxeador -campeón de Castilla del peso ligero- y luego actor, guionista, productor, escritor y hasta compositor de canciones que tarareaba de oído, antes de que un músico profesional las pasara a limpio en la partitura. Tuvo éxitos y fracasos, estrellatos y eclipses, aunque nunca actuó en una película mítica, tal vez porque no era uno de esos actores magistrales como Fernando Rey o Paco Rabal, tampoco uno de esos cómicos todoterreno que, al estilo de López Vázquez o Alfredo Landa, los ponías en una tragedia y te arrancaban las lágrimas. En su caso, la tragedia siempre estaba detrás, agazapada en una posguerra interminable en la que se vivía a salto de mata y de la que se escondió debajo de un peluquín. No era fácil saber cuando hablaba en serio, menos aún en aquel momento estelar en que no podía hablar porque tenía la boca llena, masticando una manzana que era, entre otras muchas cosas, la simple y puñetera libertad.