Punto de Fisión

Los pobres no van al cielo

Un mendigo en la esquina del edificio de la Bolsa de Nueva York (NYSE, en sus siglas en inglés), en Wall Street. REUTERS/Shannon Stapleton
Un mendigo en la esquina del edificio de la Bolsa de Nueva York (NYSE, en sus siglas en inglés), en Wall Street. REUTERS/Shannon Stapleton

Los pobres sobran. No lo digo yo, lo dice un informe reciente de Oxfam Intermón que asegura que cada 33 horas hay un nuevo millón de pobres y cada 30 horas un nuevo multimillonario. Son datos tomados desde el comienzo de la pandemia, pero no parece que la proporción habitual haya cambiado mucho desde que Adán y Eva salieron del jardín del Edén y se inventó el rollo este de la economía. Hay un exceso de pobres, es un hecho, y los defensores a ultranza del capitalismo sostienen que es lógico que así sea, que lo que haría el mundo verdaderamente insostenible sería lo contrario, es decir, que cada 30 horas naciera un nuevo pobre y cada 33 un millón de multimillonarios. Piénsenlo un poco: no habría manera de aguantar eso. No iba a haber sitio en el cielo para tanto helicóptero privado, ni funcionario en los ayuntamientos para apañarles sus chanchullos, ni páginas desplegables en las revistas del corazón mostrando sus mansiones de lujo con sus piscinas en forma de riñón. Vista desde este ángulo, la riqueza sería una especie de miseria y los reporteros irían detrás de un flamante mendigo de la Gran Vía a preguntarle cómo le va con la lata de anchoas y si piensa adoptar otro perrete.

Sí, ya sé que el sentido del humor resulta de mal gusto sin techo sobre la cabeza y con la tripa vacía, pero afortunadamente vivimos en un país donde los pobres no existen. Hace un par de meses, Enrique Ossorio, portavoz del gobierno de la Comunidad de Madrid, ponía en duda un informe de Cáritas que señala que un 22% de la población de la región se halla en riesgo de exclusión social, aproximadamente un millón y medio de pobres a punto de estrenarse. "Oye, ¿y por dónde estarán?" se preguntaba el bueno de Ossorio, un hombre al que no hay que acusar de miopía ni de mala fe, ni siquiera de oligofrenia, sino más bien de sinceridad absoluta. Ossorio no ve pobres por ningún lado, ni en los chalets, ni en los alrededores de la Bolsa, ni en las recepciones con cincuenta invitados, ni siquiera a la salida de misa. Ossorio y la gente como Ossorio, es decir, Ayuso, Almeida y los demás prebostes del PP, únicamente ven ricos y eso explica sus políticas que crean riqueza al ritmo de un multimillonario cada 30 horas.

No es sólo que los ricos luzcan como elefantes, enormes y vistosos incluso de lejos, ni que los pobres sean como lombrices, que rara vez asoman la cabeza entre la hierba. Oliver Sacks cuenta la historia de un ciego que, gracias a un milagro médico, recobró la vista, pero tuvo que sufrir un largo aprendizaje hasta que entrenó su cerebro a distinguir aquellas formas amenazantes que él no sabía que eran edificios, camiones, automóviles y peatones. Cuando por fin aprendió a descifrarlas, el antiguo ciego se escandalizó al pasar por ciertas zonas de su ciudad donde había gente muy sucia viviendo en chabolas de cartón y comiendo bazofia. Preguntó cómo es que nadie más reparaba en tanta injusticia y alguien le indicó que, lo mismo que antes había educado a sus ojos en la tarea de ver el mundo, ahora tenía que enseñarles el delicado proceso de no ver ciertas partes del mundo: los vagabundos, las chabolas, los mendigos, la gente que malvive bajo un puente. Por eso para ser consejero de la Comunidad de Madrid hace falta, entre otras muchas cosas, un máster en ceguera selectiva. No digamos para ser presidenta.

El neoliberalismo salvaje ha triunfado hasta tal punto que se permite incluso corregir los Evangelios. Antes a los pobres les quedaba el consuelo de que al morirse iban al cielo, pero ya ni eso. El ministro del Interior ugandés, Kahinda Otafiire, se ha atrevido a decir en voz alta lo que muchos piensan: que los pobres son pobres porque quieren. Otafiire ha pedido a la población de Uganda que trabaje duro para salir de la pobreza, que los pobres no van a ir al cielo porque insultan a Dios con su desidia y sus recriminaciones diarias. Hay que ponerse las pilas, como los comisionistas de las mascarillas en Madrid, que no paraban de trabajar por el bien común -y, sobre todo, por el propio-, o como el rey Juan Carlos, que empezó en el exilio portugués, casi en pelotas, y se ha labrado una fortuna a base de ingeniería fiscal y de currar de relaciones públicas con jeques árabes y traficantes de armas.

Por eso algunos pobres han aprendido la lección y ejercen la mendicidad con métodos de mercadotecnia avanzada, porque extender la mano y aguardar la limosna ya no basta. En la puerta de El Corte Inglés había un joven de rodillas, llorando a lágrima viva, y un día que se acercó una señora a consolarlo, cambió de registro de inmediato y le espetó entre dientes: "Por favor, señora, no moleste, que estoy trabajando". Hace unos años solía pasar diariamente por una esquina donde había un mendigo muy alto al que yo no hacía ni caso, porque bastante tenía con ayudar a los tres o cuatro indigentes oficiales de mi barrio. El tipo me tenía fichado y, harto de mi indiferencia, me dijo con acento rumano que ya estaba bien, que todos los días lo veía y nunca le daba ni un céntimo. "Y yo no estoy aquí para perder el tiempo" concluyó, en un alarde que hubiera aplaudido Henry Ford. Con todo, ninguno de ellos habrá llegado tan lejos como aquel pobre que hace décadas prácticamente inventó lo de vender paquetes de pañuelos de papel a cien pesetas en los semáforos. El padre de un amigo mío, que le compraba día sí, día no, terminó por llegar a un acuerdo con él: lo llamaría cuando necesitara un paquete pero, mientras tanto, que hiciera el favor de dejarlo en paz. Así ocurrió, durante meses, hasta que una mañana el pobre rompió el trato y se le acercó corriendo a la ventanilla. Antes de que pudiera protestar, lanzó el eslogan: "Aproveche, hombre, que hoy tengo dos por uno".