Punto de Fisión

El evangelio según Vangelis

El compositor griego Vangelis Papathanassiou
El compositor griego Vangelis Papathanassiou

Tenía un nombre grandioso, Evángelos Odysséas Papathanassíou, una tríada de notas griegas que él sintetizó en un solo acorde más grandioso todavía, Vangelis, un eco mesiánico que suena a profeta subiendo una montaña, a Moisés abriendo las aguas del Mar Rojo, caminando durante décadas por el desierto antes de entrar en la tierra prometida. En su barba solemne y en sus ojos claros también había algo de Moisés y de Odiseo, de heresiarca huraño descubriendo las puertas de un nuevo mundo, de héroe homérico regresando a casa, un reflejo facial de esa música que era también otra puerta abierta al infinito.

Creo que escuché por primera vez a Vangelis -o que tuve conciencia de escucharlo- ilustrando las galaxias y las estrellas de Cosmos, el prodigioso programa de divulgación científica de Carl Sagan que se abría con un fragmento insoportablemente hermoso de Heaven and Hell. La simbiosis entre imagen, texto y sonido era perfecta; no en vano Vangelis dijo una vez: "La música es una ciencia más que un arte, y es el código principal del universo". Al oír cualquiera de sus grandes composiciones, da la impresión de que Vangelis está poniendo música al mundo, está creando el mundo: el ritmo, la melodía y la armonía tejiendo una pirámide anterior a la palabra y al fuego, invocando las fuerzas que luego serán peso, gravedad, materia y energía. Como todos los grandes compositores, parece que lo hiciera sin esfuerzo alguno, que esa música lo hubiera estado esperando desde siempre, agazapada entre intervalos y leyes matemáticas, para desvelar un continente inexplorado llamado Vangelis.

Sin embargo, basta bucear un poco en sus primeros discos -los de Aphrodite´s Child, el trío que formó junto a Lucas Sideras y su primo Demis Roussos- para descubrir la sencillez de las melodías y armonías con que trabajaba desde sus comienzos: pop sesentero con toques de folklore griego que pronto derivaría hacia los laberintos de la psicodelia y el rock sinfónico en 666 (The Apocalypse of John 13/18), la despedida de la banda. En última instancia, también en la astronomía, la biología la física y la química, la complejidad termina reduciéndose a elementos muy simples, y en el estilo que Vangelis finalmente encontró a mediados de los setenta resuena un eco de ese principio básico de la naturaleza.

Tuvo la suerte de nacer en una familia acomodada y la aprovechó a fondo, repitiendo sin saberlo los experimentos vanguardistas de John Cage a fuerza de destripar el piano familiar a base de clavos y tachuelas. Del mismo modo, más adelante prescindió de profesores y lecciones de música, una formación autodidacta en la que tocaba lo que le daba la gana y cómo le daba la gana, sin partituras previas ni ideas preconcebidas. Desde muy niño supo que el piano se le quedaba pequeño, que necesitaba expandir y alargar las notas, y gracias a la fortuna paterna pudo hacerse con los primeros sintetizadores del mercado, con los que inició una búsqueda de espacios y timbres, una alquimia solitaria que culminó con la adquisición en 1977 del Yamaha CS-80, el instrumento con el que modeló ese sonido envolvente, tierno y glorioso al que estaba predestinado.

La cumbre de su discografía está formada por unos cuantos álbumes -Heaven and Hell (1973), Albedo 0.39 (1976), Spiral (1977), China (1979)- en los que logra conciliar opuestos aparentemente irreconciliables -frialdad y calidez, electrónica y espiritualidad, ciencia y sentimiento- en paisajes sonoros de fascinante belleza. Basta oír, por ejemplo, el vendaval de nieve y relámpagos con que inicia Himalaya, el penúltimo tema de China, hasta que el caos se organiza sobre el arrastre de un ritmo tranquilo e insistente, una caravana avanzando a través de las montañas. Esa mezcla entre lo humano y lo sobrehumano, lo sideral y lo terrestre, le permitió componer unas cuantas bandas sonoras que a menudo eclipsan por completo a las películas que acompañan: Ignacio (1972) o Opera Sauvage (1979). Casi nadie se acuerda de Carros de fuego más que por la música de Vangelis, mientras que de 1492, la conquista del paraíso, de Ridley Scott, o Alejandro Magno, de Oliver Stone, a las que dotó de frescos musicales soberbios, más vale no acordarse.

La conjunción perfecta entre imagen y sonido tuvo lugar en Blade Runner (1982), una película en estado de gracia donde el equipo técnico y artístico, el guión, el diseño de producción, el montaje, la fotografía, la interpretación y la dirección elevaron a la estratosfera la terrible distopía de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Era prácticamente imposible darle una tercera dimensión a aquel milagro pero Vangelis lo consiguió con una banda sonora que marcó época. Mucho menos famosos, aunque no menos impecables, fueron sus trabajos en Missing (1982), la angustiosa denuncia política de su compatriota Costa-Gavras y en Lunas de hiel (1992), la tragedia de amor loco de Roman Polanski.

En 1974 Rick Wakeman abandonó Yes, la imponente banda inglesa que era el buque insignia del rock sinfónico, y Jon Anderson propuso a Vangelis para reemplazarlo. Ya habían colaborado juntos en Opera Sauvage y, sobre todo, en Heaven and Hell, donde el cantante prestó a So Long Ago, So Clear su voz ultraterrena. El griego declinó la invitación por varias razones, principalmente el exceso de egos y su aversión a trabajar en equipo, pero se llevó muy bien con Anderson, no sólo en el aspecto musical, y acabaron formando un dúo durante los ochenta. Las ideas e improvisaciones de ambos cuajaron en cuatro magníficos álbumes de estudio en los que el tono dulce y angélico del vocalista brilla entre el tejido de acordes como una luna en la noche.

Fue una de las pocas ocasiones, junto a Odes (1979) y Rapsodies (1986) -los dos extraordinarios discos junto a Irene Papas- que Vangelis volvió a aceptar una colaboración ajena. Prefería seguir escarbando en solitario en su cueva, rastreando más horizontes, probando nuevos juguetes y equivocándose en experimentos tan arriesgados como Beaubourg (1978) o Invisible Connections (1985). En las últimas décadas rara vez llegó a alcanzar el esplendor incomparable de sus grandes obras, pero tampoco se le puede reclamar a alguien que ha descubierto un mundo que descubra otro. Es triste que las palabras, las metáforas, los símiles no alcancen siquiera a evocar la luz de sus teclados, el ímpetu de ese sonido majestuoso que, con solo dos notas de piano y un temblor de los vientos, podía dibujar el aire, el mar, el vuelo de un pájaro, la plegaria de un árbol, el océano infinito del cosmos.