Punto de Fisión

The Sanxenxo Connection

El rey emérito Juan Carlos I, en Sanxenxo en 2019. (EFE)

Había rumores muy serios de que el rey Juan Carlos regresaba a España unos días, pero no pudieron confirmarse hasta que se supo que la reina Sofía abandonaba España esos mismos días. Este fin de semana Abu Dabi, Madrid, Sanxenxo y Miami trazan un continuo espacio temporal donde las peculiares andanzas de este matrimonio de sangre azul van a formar un corazón a reacción en el cielo. En cuanto supo que su esposo emérito venía a visitar a la familia en la capital -con parada en Galicia, que le pilla de paso por esos misterios del tráfico aéreo-, Sofía viajó a Miami a celebrar los fastos del quinto centenario de la primera circunnavegación del globo terrestre. Ha ido a Miami porque allí recala el buque-escuela Juan Sebastián Elcano, bautizado así en memoria del marino que redondeó el periplo de Magallanes, y también porque no había otro sitio más lejos. No tanto de Sanxenxo como de Abu Dabi.

Como tantas otras parejas longevas, Juan Carlos y Sofía no necesitan cruzar una palabra para decir lo que sienten el uno por el otro. De hecho, no necesitan ni verse. La suya es una alianza semejante a la de esas amistades británicas que alababa Borges, que empiezan por excluir las confidencias y terminan por evitar el diálogo. Los republicanos pueden decir misa si quieren, pero lo cierto es que las dos Españas de Machado, la que bosteza y la que muere, están perfectamente simbolizadas en este matrimonio de ficción. Gracias a su campechanía todoterreno, su blindaje constitucional, sus cuentas nada corrientes y sus barraganas en serie, el rey Juan Carlos sigue representando a un buen porcentaje de españoles, envidiosos de su currículum y prestos a aplaudirle a la primera de cambio y a la segunda de recambio. Mientras tanto, la reina Sofía, a la chita callando, representa al otro porcentaje, el que prefiere pirarse a cualquier otra parte, a Miami, por ejemplo, con tal de no aguantarlo.

En términos estrictamente aeronáuticos, aunque no lo parezca, Sanxenxo es el punto más corto entre Abu Dabi y Madrid. En la monarquía española hay muchas cosas que parecen una cosa y luego son otra, como han demostrado sobradamente la fiscalía, los historiadores, los analistas políticos y las revistas del corazón. Corinna Sayn-Wittgenstein, sin ir más lejos, era la amiga entrañable del rey Juan Carlos hasta que dejó de serlo y fue a engrosar la abultada lista de desaprensivos que se aprovecharon de su buena fe, un elenco cinco estrellas que incluye a banqueros, diplomáticos, yernos, traficantes de armas y generales de división. Harto de tanta inquina y tanta envidia, el rey Juan Carlos se marchó a Abu Dabi, donde lleva casi dos años separado de su familia. Tiene tantas ganas de verla que ha decidido detenerse primero en Sanxenxo a reponer fuerzas.

Las autoridades gallegas, desde el nuevo presidente de la Xunta, Alfonso Rueda, al alcalde de la localidad, Telmo Martín, celebran con entusiasmo el desembarco del rey emérito mediante el argumento geográfico de que va a poner a Galicia en el mapa. En efecto, Galicia no aparecía con tanto furor en los mapas desde la ola de incendios de 2017 o desde la emisión, un año después, de Fariña, la teleserie sobre narcos gallegos que también parece otra obra de ficción. Aparte de su amor incondicional por la tierra, el motivo principal de este transbordo en Sanxenxo, previo a su visita familiar del lunes, es disfrutar con sus amigos gallegos y asistir a una regata, aunque en la Zarzuela no ha sentado muy bien eso de que los haya dejado de segundo plato. Con el emérito nunca se sabe dónde acaba la devoción y dónde empieza la obligación, dónde acaba el hombre y dónde empieza el monarca, dónde acaba el árabe y dónde empieza el gallego. En Miami, de momento, no.