Punto de Fisión

Ayuso y el hombre blandengue

Soy un hombre blandengue, no me cabe duda. Yo hubiera querido ser como John Wayne o, por lo menos, como aquel recluta del Gobierno Militar de Burgos que regresaba una noche al cuartel después de combatir en una pelea a cabezazos, se duchaba para limpiarse la sangre de la cara y se echaba un chorro de colonia en los calzoncillos. A nuestra generación nos marcó a fuego el modelo masculino importado de Hollywood, un icono de virilidad que consistía en beber alcohol a morro, rascarse el culo por delante y darse de hostias a la salida del cole. En el servicio militar había bastantes machos purasangre de esta ralea: una lástima que Aznar o Abascal, que reivindican al Cid o a Pizarro como prototipos varoniles, se perdieran este cursillo básico porque no tenían tiempo para hacerse hombres como Dios y la patria mandan. Pidieron una prórroga para la virilidad y todavía están en ello.

Todavía se celebraba la camiseta sudada de Marlon Brando y la bofetada en plena cara de Glenn Ford a Rita Hayworth como hitos de género (de género tonto, se entiende) cuando hizo su aparición el Fary para recordarnos que un hombre se iba desvirtuando y perdiendo testosterona cuanto más ayudaba en casa y se metía en cosas en propias de mujeres. La lavadora, la cocina, la fregona, la plancha. Tenía gracia que eso lo dijera el Fary, el Bruce Lee de La Elipa, el Humphrey Bogart de la copla, un tipo que acabaría convirtiéndose en ídolo para el otro gran referente macho de la ultraderecha española: José Luis Torrente.

Sin esforzarme mucho, yo podía haber protagonizado un par de escenas del video de la campaña del Ministerio de Igualdad, el hombre blandengue que va a la compra, cocina y hace la colada. No te digo nada si me llegan a sacar leyendo poesía romántica o intentando sacar al piano el Claro de luna de Debussy con dos dedos. Todavía recuerdo el mal rato que pasé cuando un par de amigos me descubrieron escuchando en el coche de mi padre la Serenata para cuerdas de Chaikovski. "¿Pero cómo te puede gustar eso?" decían, y eso que ni ellos ni yo teníamos la menor idea de que Chaikovski, además de componer música rara, era de la acera de enfrente, una vergüenza que todavía no han podido superar en la Rusia de Putin.

En esto que en mitad de la Interpalamentaria del PP celebrada en Toledo, cuando la plana mayor de su partido opta por el diálogo y los buenos modales, va Ayuso y se ríe de la campaña del Ministerio de Igualdad, reivindica al Fary y señala al presidente del gobierno como la nueva reencarnación del hombre blandengue. Para hacerse una idea del nivel conceptual de Ayuso basta reparar en el chiste que dedica a Irene Montero ("el ministerio que más igual da"), una perfecta demostración que Ayuso da pena cuando pretende dar risa y da risa cuando pretende cualquier otra cosa. Dice que la campaña está hecha "para decirnos a las mujeres cómo tenemos que comportarnos, sentir y convivir con nuestros compañeros", sin enterarse de que la campaña ha salido adelante precisamente en sentido contrario, para decirnos a los hombres que no hay ningún descrédito, ninguna merma en la virilidad, si lloramos, llevamos a pasear al niño o ayudamos en las tareas del hogar. Con Aznar detrás y Ayuso delante es difícil decidir cuál es ahora el modelo de macho alfa del PP, aparte de José Luis Torrente.