Punto de Fisión

'Blonde': cómo rematar a Marilyn

Un fotograma de la película 'Blonde'. NETFLIX

En Una hermosa criatura, un relato de su libro Música para camaleones, Truman Capote entabla un diálogo fantasmal con Marilyn Monroe el día del funeral por Constance Collier, una profesora de arte dramático a la que él presentó y que trabajó con ella durante sus últimos meses. La Marilyn que aparece en esas breves páginas -nerviosa, insegura, adicta a los barbitúricos- tiene muy poco que ver con la diosa resplandeciente de la pantalla, la rubia tonta de tantas películas, la vecina inaccesible del piso de arriba, sino más bien con una amiga muy querida a la que no supo ayudar: en un breve y emotivo párrafo, casi al final, Capote se despide de ella tal como se marchó, envuelta en el misterio, zarandeada por la miserias y los golpes de la vida.

Hay centenares, miles de retratos de Marilyn, que van desde las copiosas biografías de Donald Spoto o Norman Mailer al breve y bellísimo poema que le dedicó Ernesto Cardenal, incluida una novela de Joyce Carol Oates, Blonde, que ha sido la materia prima de la película homónima de Andrew Dominik para Netflix. No he leído la novela de Oates y por lo tanto ignoro hasta qué punto el resultado en la pantalla debe su peaje al modelo literario, pero lo primero que se me ocurre decir de Blonde es que cumple a rajatabla uno de los axiomas de Billy Wilder: "Lo más importante es un buen guión; los cineastas no son alquimistas, no se puede convertir la mierda de gallina en chocolate".

Ahora bien, decir que el guión de Blonde es mierda de gallina sería lo más aproximado a una crítica benevolente. Hay un diálogo de Marilyn con su hijo nonato -un feto que parece un anuncio de Hazte Oír y que aparece en pantalla muchos más minutos que Billy Wilder- que da entre asco, pena, risa y vergüenza, mucha vergüenza. La niña que aparece al principio, maltratada por su madre, es la mujer que aparece al final, maltratada y apaleada por todo el mundo, una pobre muchachita herida que no hace más que llamar a su papi ausente y que se suicida no tanto por las presiones de la Casa Blanca o su afición a las pastillas sino por culpa de unas cartas que lleva toda la vida escribiéndole un idiota haciéndose pasar por su padre. No hay desarrollo ni arco dramático para ningún personaje, ni siquiera una presentación mínima, de manera que Darryl F. Zanuck o Joe Di Maggio son monigotes sin nombre que están ahí sólo para encular a Marilyn o pegarle otra paliza.

Dominik ha intentado algo así como la antimateria de un biopic, desde la infancia hasta la tumba, y le ha salido un videoclip de casi tres horas, con ínfulas de gran autor, plagios de Terrence Malick, filtros de color, variedad de formatos, pinceladas de brocha gorda y una borrachera de cámara lenta. Ha cargado las tintas sobre el horror y los abusos que sufrió Marilyn sin tener en cuenta ni por un segundo a la muchacha que decidió transformarse sí misma en un mito del séptimo arte; que antes de ser famosa estudiaba diariamente tres horas de interpretación, una de canto, una de esgrima; que leía y escribía poesía; que se acostaba con quien le daba la gana, incluyendo agentes y productores que podían ayudarla en su carrera. Ha eludido no sólo las violaciones que sufrió de niña, sino sus amistades y amoríos con numerosos poetas, escritores y actores. Ha borrado su relación con su profesora, Natasha Lytess, que estuvo siete años modelando su voz y su presencia física, y que estaba celosa de su éxito con los hombres. Ha hecho de Marilyn una víctima propiciatoria en el altar de Hollywood, un pelele sin voluntad que sólo existe para que la pisoteen.

Cortázar escribió un relato en el que cifraba la biografía del gran saxofonista Charlie Parker bajo la égida de que un artista maldito no es una víctima, sino un héroe, no un perseguido, sino un perseguidor. Para mí, lo más intolerable de Blonde es que en ningún momento, en medio del extenuante viacrucis de trucos de cámara, surge la mujer que elevó el estrellato a la categoría de taumaturgia; la intérprete de la que John Huston dijo era capaz de bucear hasta el fondo de su alma para encontrar una emoción y hacerla aflorar a la conciencia; la mejor actriz del mundo, según Jean Paul Sartre. Una lástima que Dominik desperdicie una actuación sobrenatural de Ana de Armas con el fin de reducirla a un pedazo de carne humillada y sangrante, un hermoso animal triturado por los abusos sexuales, la denuncia del sistema de estudios, las ansias locas de maternidad y la conducta depravada de Kennedy. Qué triste resucitar a Marilyn Monroe únicamente para rematarla.