Punto de Fisión

Almeida, el rey del pepino

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, en la inauguración de la Estatua al Legionario. E.P/Fernando Sánchez
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, en la inauguración de la Estatua al Legionario. E.P/Fernando Sánchez

Es bastante extraño el lío que se ha montado con la mención del alcalde Almeida al general Millán-Astray durante la inauguración de un monumento a la Legión en Madrid. Parece que la gente no conociera los gustos de Almeida, un señor que lo mismo borra los versos de Miguel Hernández de un memorial a las víctimas de la guerra civil en el cementerio de la Almudena que desprecia el recuerdo de Almudena Grandes comentando que, ya que se trata de honrar a mujeres ilustres, podrían rebautizar el aeropuerto de Valencia con el nombre de Rita Barberá. El asco patológico que demuestra por las grandes manifestaciones de la cultura (poetas, novelistas, dramaturgos, músicos) se equilibra mediante su cariño al Señor Patata de la Legión, un señor que en un sonado encontronazo con Unamuno soltó un lema que es el santo y seña del pensamiento de Almeida: "Abajo la inteligencia, viva la muerte".

No hay que olvidar que el munícipe madrileño recordaba hace cosa de un año que "el franquismo no era una democracia, ahora bien, lo que es verdad es que había cierto ordenamiento jurídico". El ordenamiento lo siguen buscando ahora mismo en las miles de fosas comunes desperdigadas por campos y cunetas, aunque allí se fusilaba más bien sin ton ni son (maestros de escuela, aldeanos, pastores, lavanderas y otros enemigos del régimen). Resulta fascinante que Almeida retirase los versos de Miguel Hernández porque, según él, iban contra el espíritu de la Transición y despertaban las llamas del guerracivilismo, mientras que ahora reivindica la figura de Millán-Astray, un militar golpista, como símbolo de reconciliación nacional. Entre un poeta muerto en prisión que empezó como pastor de cabras y un general genocida que puso a la cabra como emblema del cuerpo legionario, Almeida prefiere identificarse con la cabra.

Dejando aparte a Millán-Astray, tampoco hay muchos motivos para que la capital se enorgullezca de un monumento a la Legión, una unidad militar cuyos éxitos se cuentan por atrocidades, desde las torturas brutales y la utilización de armas químicas a las cabezas cortadas con las que algunos soldados posaban orgullosos para la posteridad. Las barbaridades cometidas por los legionarios en el Rif y en la contienda de Marruecos sólo pueden compararse con el muestrario de infamias que demostraron en la represión del levantamiento minero en Asturias en 1934 y en las innumerables masacres perpetradas contra la población indefensa durante la guerra civil española.

Qué se puede esperar de un país que levanta un monumento a estos horrores con toda la pompa de una inauguración oficial justo una semana después de sacar con nocturnidad y alevosía los restos de Queipo de Llano, uno de más despiadados genocidas de la historia reciente, de la basílica donde reposaban. Qué se puede esperar de un país en el que el jefe de la oposición compara la carnicería de la guerra civil española con una pelea entre abuelos. Almeida dijo, no sin razón, que Millán-Astray había fundado Radio Nacional de España; también podía haber recordado las proclamas radiofónicas de Queipo de Llano ordenando asesinatos y violaciones en masa. "Seremos unos fascistas, pero sabemos gobernar" dijo también no hace mucho y tampoco le faltaba razón, al menos en la primera parte. Cada vez que se pone delante de un micrófono o una cámara, pega un balonazo en la jeta al incauto que se le ponga delante. Habrá que reírle las gracias.