Relevo en la FAO

LUIS MATÍAS LÓPEZ

Periodista

Es un error considerar que la no elección de Miguel Ángel Moratinos como director general de la FAO es un fracaso más del Gobierno socialista, reflejo de la creciente irrelevancia internacional de España, un proceso que ya en 2006 tuvo supuestamente otra manifestación al no lograr Elena Salgado encabezar la Organización Mundial de la Salud.
Los mismos que defienden que el Fondo Monetario Internacional, máximo símbolo del capitalismo institucional a nivel planetario, debe tener siempre a un europeo al frente (una francesa en el último caso, Christine Lagarde), en virtud de un acuerdo no escrito con Estados Unidos (que se queda con el Banco Mundial), consideran como victoria del continuismo opuesto a la “necesaria” renovación que el candidato de un país emergente dirija el organismo de la ONU que se ocupa de la agricultura, la alimentación y, al menos en teoría, la lucha contra el hambre en el mundo.
Puede que el resultado de la elección responda a la aritmética de los bloques y a las intrigas de pasillo y despacho, pero obedece a una lógica implacable. Moratinos fue un magnífico enviado de la Unión Europea para el conflicto israelo-palestino (su huella como ministro de Exteriores no es tan marcada) y tiene acceso privilegiado a la elite política mundial. Habría sido un digno director general. Sin embargo, las credenciales y la nacionalidad de su triunfante rival, el brasileño José Graziano da Silva, se ajustan más a la especificidad del cargo.
Graziano, hasta ahora subdirector general y representante de la FAO para América Latina y el Caribe, fue ministro de Seguridad Alimentaria con Lula (padrino de su candidatura) y simboliza la lucha contra el hambre en Brasil con programas como Bolsa Familia, que benefició a 12 millones de hogares. Procede del país más dinámico del subcontinente, donde se ha hecho compatible la lucha simultánea contra el subdesarrollo y la desigualdad. Además, ya con Dilma Rousseff en la Presidencia, acaba de lanzar el Plan Brasil sin Miseria, cuyo objetivo, utópico pero encomiable, es erradicar la pobreza extrema.
Por todo ello, el resultado de la elección en la FAO es en principio una buena noticia para todos. Sería pecar de miope considerarlo un fracaso para España.