Sin Egipto no hay primavera

Luis Matías López

Periodista

Aunque el deshielo se inició en Túnez, nadie habló de primavera árabe hasta que llegó a Egipto, país troncal de la región que se extiende de Marruecos a la Península Arábiga. Si la primavera pasa de largo por El Cairo, puede quedar en nada el cambio que llegó a compararse con el cataclismo que provocó en Europa el fin del imperio comunista.
El balance sólo invita a un prudente optimismo en Túnez y, si acaso, en Libia, aquí al precio de una intervención exterior y con muchas dudas en el horizonte. Ni los choques en Siria y Yemen, ni la cerrazón de la gerontocracia saudí a toda apertura, ni la represión en Bahrein, ni las tímidas reformas en Argelia o Marruecos vaticinan la oleada democrática con la que se soñó en la euforia de los primeros meses del año. Quienes luchan por la libertad en esos países miran en busca de guía hacia el faro de Egipto, donde hoy el clima político, a tono con la estación meteorológica, es otoñal, y con riesgo de tornarse invernal.
Lo más grave, con serlo mucho, de la matanza de coptos, no es que refleje un conflicto religioso que evoca el riesgo de auge del extremismo islamista y de marginación de las minorías, sino que el Ejército, garante teórico de la concordia en la transición, pero preocupado ante todo por mantener sus escandalosos privilegios, ha sido protagonista de una represión brutal e innecesaria. Eso amplifica el temor, ya antes clamoroso, de que se perpetúe en el poder a base de dilaciones y de presentarse como barricada contra el caos. Como con Mubarak, aunque sin él.
Los militares niegan tales intenciones, pero el peligro se ilustra con el dilatado calendario “para devolver la soberanía al pueblo” (comicios para las dos cámaras del Parlamento, elaboración de otra Constitución, elección presidencial, etc.). Ese proceso deja el poder al Ejército hasta entrado 2013, con el riesgo de que se tuerza en el camino. Un escenario nada improbable, y muy alejado del espíritu de la primavera árabe y el deseo de los candidatos presidenciales. Si Tantaui y sus generales no abrigan tales designios, ya saben lo que deben hacer: acelerar al máximo la transición, ser escrupulosamente neutrales y volver lo antes posible a sus cuarteles, de los que nunca debieron salir.