El peligro de hacer cine en Irán

Luis Matías López

Periodista

Que la sentencia se conmutase tras la movilización internacional apenas disminuye el escalofrío que produce que un juez iraní castigase a la actriz Marzieh Vafamehr a 90 latigazos por “conducta contraria a la ley islámica”, tras aparecer en Mi Teherán a subasta simulando beber alcohol y con la cabeza afeitada. No tuvo tanta suerte Jafar Panahi, detenido en 2010 por rodar un filme sobre las protestas populares contra la reelección fraudulenta de Mahmud Ahmadineyad y cuya condena a seis años de prisión se confirmó en octubre.
Los dirigentes de la república islámica quieren silenciar toda voz crítica. La represión cultural se recrudece por el éxito de crítica y el prestigio ascendente del cine iraní en el exterior. El último ejemplo ha sido el Premio Especial del Jurado de la Seminci de Valladolid a Circunstancia, alegato contra la intolerancia que aborda el delito capital de la homosexualidad y que su directora, Maryam Keshavarz, tuvo que rodar en Líbano.
Es el enésimo mal ejemplo de un país sobrado de enemigos, el más peligroso de los cuales, Israel, busca coartada y espera una buena ocasión para lanzársele al cuello, como demuestran las interesadas filtraciones de que Netanyahu y sus aliados más extremistas (no menos intolerantes que los ayatolás) planean un ataque contra su programa nuclear.
El modelo iraní no ejerce hasta ahora una influencia notoria en la primavera árabe, donde tiene más crédito el islamismo moderado turco. Es lógico. En estas revoluciones la palabra clave es democracia y en Teherán ni siquiera se puede agitar ya esa bandera tras la burla a la voluntad popular que supusieron los comicios de 2009.
El magnífico resultado de Nahda
en Túnez apunta a que los partidos islamistas tendrán también un peso notable en Egipto y Libia. Es legítimo que, desde el Occidente laico y democrático, se intente influir para que surjan sociedades libres y tolerantes, pero sin presiones ni injerencias, ya que esos pueblos tienen derecho a trazar su destino sin que se repita el error cometido en Argelia y Palestina, donde primero se reclamó democracia desde fuera y, cuando eso se tradujo en triunfos islamistas, se aceptó que se desconociese el resultado, lo que provocó dos guerras civiles.